Luis Porter: Ocio o Negocio. Dos maneras de experimentar el tiempo y sus implicaciones en la universidad

[Esta contribución al blog de mi querido amigo, colega, socio y hermano gira en torno a la concepción del tiempo en la escuela. Es decir, trata de cómo concebimos, medimos y utilizamos nuestro tiempo, en este caso, en la universidad. – Luis Porter]

Introducción

En el mundo de todos los días, nos movemos en dos esferas: el mundo de los negocios y el mundo del ocio. Los psicólogos también le llaman a esta separación el mundo del trabajo y el mundo del afecto. De una u otra manera, la vida de todo ser humano, nuestra vida, se mueve en y entre esas dos esferas: la que ocurre fuera de la escuela, y la que ocurre dentro de ella. La de afuera, trabajo, mercado, producción, familia y vida social, le solemos llamar coloquialmente, la “escuela de la vida”, que corresponde a la vida pública activa, un mundo en constante negociación. Entre los educadores se le ha dado en llamar “educación informal” para contrastarlo con el escolarizado, como sistema escolar formal, que todos conocemos (y padecemos), porque hemos sido obligados a ingresar y sortear sus diferentes niveles. La universidad es un peldaño superior de ese sistema.

La escuela de la vida es un espacio lleno de imposiciones y restricciones que provienen de la diversidad de las instituciones que nos organizan, como la familia o las que se derivan de la realidad económica: las fuentes de trabajo y las costumbres o cultura popular heredada. De una u otra forma es el mundo de los negocios. La etimología de la palabra “negocio” es latina y está formada por nec y otium que significa sin-ocio. Es decir, alguien que debe estar activo y despierto, dejar la indolencia a un lado, y dedicarse a alguna ocupación, trabajo, actividad, cargo o deber. Un hombre o una mujer de negocios es una persona atareada, ocupada, dedicada a su trabajo y a sus quehaceres, que le toman todo el tiempo, que nunca le alcanza.

Ahora viene una revelación que para muchos o algunos resultará insólita e interesante. El mundo de la escuela fue concebido como un mundo drásticamente diferente al de los negocios, de hecho como un espacio opuesto. La etimología de la palabra “escuela”: school, en inglés; école, en francés; schule, en alemán; scuola, en italiano, etc., también viene del latín schola, y éste a su vez del griego, schole, que significa, ocio. Ocio entendido como tiempo libre, porque, ¡cuidado!… la bella palabra ocio ha sido deformada, denigrada, y desprovista de su verdadero significado, por frases como: “¡no estés de ocioso!” Pero en su concepción original no es una palabra negativa, simplemente se refiere al tiempo de inacción, de reposo, a ese tiempo libre, de placer, entretenimiento, vacación que compensa el tiempo de trabajo. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿cómo es eso de que la escuela es un lugar de tiempo libre, de ocio? ¿No se habrán equivocado los griegos o los latinos? ¿No es que para aprender, para formarnos, es necesario trabajar, estar ocupado?

Plaza Simétrica. (c) Arturo Guillaumín T./ 2014

Déjenme leer la definición de ocio que nos da Rommel Masaco, porque nos ayuda a entender esta común equivocación o concepto equivocado que tenemos (el énfasis es mío):

El ocio es un conjunto de ocupaciones a las que el individuo puede entregarse de manera completamente voluntaria tras haberse liberado de sus obligaciones profesionales, familiares, y sociales, para descansar, para divertirse, y sentirse relajado, para desarrollar su información o su formación desinteresada, o para participar voluntariamente en la vida social de su comunidad.

Entonces, pongamos las cosas claras:

  1. El mundo de los neg/ocios es el mundo que niega el ocio, el tiempo en que uno se dedica a cumplir con obligaciones, que no deja mayor espacio a la reflexión, a la cosecha que nos deja la experiencia.
  2. El mundo de la escuela es el tiempo que la misma sociedad creó, estableció, separó, para hacer un alto en el trabajo industrioso, productivo, y dedicarnos a lo que queramos, un tiempo libre dedicado a nuestra formación personal. Es libre porque no hay imposición sino espacio para jugar, reflexionar, cultivarnos. Un poco, como cuando Dios creó al mundo en seis días y el séptimo descansó. La escuela es el séptimo día que deberíamos utilizar para enriquecer nuestro espíritu.

En otras palabras, la escuela se creó para apartarnos de ese exterior en el que nuestro tiempo está dedicado a los demás (familia-trabajo-sociedad) y tener tiempo para crecer, pensar, conocernos a nosotros mismos. Eso requiere libertad, tiempo libre, una atmósfera especial, no muy lejana a la de un recinto sagrado, o al menos pacífico, o al menos relajado.

Pero ha pasado algo fatal y pernicioso. Algo que los docentes tenemos que ayudar a corregir. Nuestro mundo de los negocios ha enajenado de tal manera a los que conciben y dirigen el sistema educativo, que se han olvidado de las etimologías y del sentido del lenguaje. Han confundido los dos tiempos, han extendido el de los negocios dentro de la escuela, desplazando el ocio, o sustituyéndolo por entretenimientos y espectáculos, distracciones y espacios todo-pago, de tal forma que la escuela perdió su sentido, o se desvirtuó, tergiversando su papel. Los que descubrimos eso, porque estudiamos con maestros que nos han abierto las ventanas de la libertad, tenemos la enorme responsabilidad de devolverle a la escuela su cualidad de espacio relajado, afectivo, suntuoso, atractivo, elegante, lujoso, invitador a la reflexión, y estimulante de nuestros mejores virtudes, es decir, alimentador del alma y del espíritu, que son las mejores condiciones para nuestra formación.

Muchacha en la banca. (c) Arturo Guillaumín T. / 2017.

Las dos concepciones del tiempo: Cronos y Aion

Lo anteriormente dicho nos ayuda a tomar conciencia de lo importante que es recuperar la escuela como espacio de descanso para reflexionar, en forma auto-didacta, formativa-reflexiva, que es la forma constructiva de experimentar el tiempo para crecer, es decir, aprender a pensar bien y a desarrollarnos como seres humanos con criterio y capacidad de acción y reacción al regresar al mundo de los negocios. Otra vez los griegos nos pueden ayudar. Ellos tienen tres dioses que nos guían en el tema del tiempo. Cronos, que es el tiempo que nos devora y Aión, que es el tiempo que no pasa, que se conforma con el hoy. Hay un tercero, Kairós, que es el del tiempo imprevisto, la sorpresa o la oportunidad.

Cronos es el tiempo de los negocios, que nunca es suficiente, es el del caminar veloz, que devora el día, sin darnos oportunidad para pensar. Aion es el tiempo de la escuela, del caminar lento, que deja huella hoy, para meditar, darle sentido al día, como el poema: “caminante no hay camino, se hace camino al andar”. El movimiento lento es un buen representante de Aion. Sin embargo, la escuela, la universidad, ha dejado que penetre el tiempo que niega el ocio. En lugar de que fuera “Casa abierta al tiempo Aion” (como en la Universidad Autónoma Metropolitana -UAM-), han cambiado el slogan por “Casa abierta al tiempo que nos devora”. ¡Craso error! No será fácil regresarnos a los que habitamos la UAM. A estas alturas, hay algunas cosas en las que debemos ceder. Por ejemplo, podemos aceptar que en la universidad exista un orden, que en el modelo de universidad heredado de los franceses, el tiempo se conciba cronológicamente, fragmentado en períodos, del módulo 1 al 12, después el posgrado, más tarde un trabajo, una familia, negocios. Este pensamiento lineal y aparentemente realista, es un pensamiento que niega el tiempo libre, que niega el Aion. Nos pinta una secuencia atroz y deprimente: estudiar, recibirme, trabajar, tener una familia, envejecer y morir. ¿Dónde queda la belleza del descanso, el error y la sana indolencia?

La labor del maestro con conciencia y del alumno alerta será regresarle a la escuela ese halo de emancipación que sólo puede darse en la lentitud cotidiana del ocio como tiempo libre para vivir una manera diferente de experimentar el tiempo. La escuela podrá estar hoy estructurada en un tiempo lineal sucesivo, pero frente a esta realidad de calendario, el buen estudiante será aquél que sabe encontrar en las muchas fracturas y resquicios del sistema, espacios de libertad, de auto-didaxia, donde encontrarse con sus compañeros y con sus docentes… leer, pensar, cultivarse/nos. Un tiempo dedicado a la formación personal, que es muy diferente a cumplir tareas, a sentarse a escuchar la lección, a presentar ideas para que otro las “corrija”, a escuchar explicaciones de maestros que creen que necesitamos que alguien se entrometa en nuestro ocio para “explicarnos” algo. ¡Por favor!, no permitamos tanta intromisión. El buen estudiante es aquél que aprovecha el haber sido aceptado en una universidad para verla como un espacio suyo, donde puede jugar, reflexionar, contemplar, traer su propia experiencia, lo que aprendió fuera de la escuela, en la escuela de la vida, para utilizarla como materia prima de su propia formación a través de una cierta experiencia de tiempo libre.

Escritura en los muros. (c) Arturo Guillaumín T. / 2017.

Estar en la universidad es saber usar este tiempo libre, en el cultivo de sí mismo, y de la relación con los otros que comparten un modo de vida, un programa. Una prueba de lo que les estoy diciendo es una realidad, es la forma en que muchos padres reaccionan ante el hecho de que sus hijos hayan entrado a la escuela-ahora-universidad. Al mismo tiempo que se sienten orgullosos, sienten que sus hijos se les fueron de las manos… y claro que tienen razón, sí, se le fueron de las manos, porque han dejado el espacio de trabajo (negocios) para disfrutar la libertad del tiempo que ellos, sus padres, carecen o ni siquiera conocieron… Los jóvenes dirán, y espero que lo hagan, que en la escuela tampoco hay tiempo para nada, que hay imposiciones, que hay burocracia, rigidez, autoritarismo, rigor, etc. Que en suma, la escuela es otro negocio más. Y yo les doy la razón, pero… no puedo quedarme aquí sin hacer nada. Como maestro digo, y no soy el único, que hay que recuperar el sentido original de la escuela: “La educación es un proceso de emancipación” dijo Paulo Freire.

Ahora bien, ¿qué significa experimentar el tiempo de otra manera en la universidad? ¿Cómo podemos recuperar el ocio y darle a ese término su sentido original?

El tiempo cronológico -tiempo más cuantitativo, sucesivo, numérico- y el tiempo aiónico -cualitativo, durativo, experiencial

Walter Cohen, un filósofo argentino que vive en Brasil, nos hace ver en sus escritos que muy equivocadamente tanto docentes como alumnos hemos aprendido a confundir rigor, exigencia, demanda, intensidad de tareas, desveladas, estrés, como un indicador de la calidad y mejor nivel de una escuela. A más negocio más respeto. En la cultura del autoritarismo, del “con sangre la letra entra”, de la sumisión acrítica, de la obediencia para evitar asumir nuestra responsabilidad y nuestro trabajo, de plazos, evaluaciones, calificaciones, promedios que nos devoran, no hay lugar para experiencias formativas creativas que sólo pueden darse en la libertad.

El tiempo del pensamiento, el tiempo de la formación personal, no va con esta lógica cronológica. Requiere un tiempo en otra dimensión, un tiempo que no puede ser acotado, numerado, es un tiempo similar al del juego, y jugar no tiene tiempo. Hay cosas que pasan rápido, y hay otras en las que el tiempo parece no pasar nunca. Hay minutos largos y hay horas cortas. Hay años que desaparecen, hay otros que no pasan y se quedan en nosotros. El tiempo en Aion, no es el movimiento que pasa, el tiempo que se va. El espacio para pensar, crear, formarse no tiene duración. Daré un ejemplo. Habiendo nacido en Argentina, de chico y de joven, jugábamos al fútbol, es parte de nuestra cultura. Sabemos diferenciar perfectamente bien un partido de fútbol profesional, de jugar al fútbol en la calle. El partido de fútbol profesional se ubica en el espacio de los negocios. Está acotado: 45 minutos, un intervalo, otros 45 minutos, etc. Con muchas reglas a cumplir. Cuando nosotros jugábamos al fútbol, jamás mirábamos el reloj. Jugábamos hasta cansarnos. El tiempo no nos preocupaba, el tiempo nos dejaba jugar, lo que nos detenía era el cansancio, o la voz de mi mamá, de alguna mamá, llamándonos a comer. Así debe ser la estancia en la escuela, en la universidad, hay que parar el tiempo, el del reloj, y entrar en un tiempo que no tiene que ver con el reloj, y tiene que ver con la experiencia que tiene un ser humano, niño o grande cuando juega. Jugar hasta acabar, hasta cansarse, tiempo libre, no hay límites, no se mira el reloj, imposible, porque al entrar a la universidad, tenemos la oportunidad de experimentar el tiempo de otra manera, porque es otro tiempo.

Tallos y Flores. (c) Arturo Guillaumín T. / 2017.

Para finalizar:

Hay dos tipos de estudiantes, que se corresponden a dos tipos de profesores: 1) el estudiante vasija (bancario) que viene a que lo llenen o le depositen conocimientos, que es un estudiante pasivo, inmóvil, silencioso y obediente; 2) el estudiante autodidacta, activo, que se da cuenta que va a la universidad a utilizar su tiempo a partir de sus propias experiencias y capacidades. El primer tipo es el estudiante que no ha salido de Cronos y que se acomoda con el tipo de maestro que parte de la idea de que sabe y debe enseñarle al estudiante que según este maestro, no sabe, y para ello plantea un camino lineal y veloz, por el que el estudiante corre azuzado por el maestro, obedeciendo, haciendo lo que le dice.

El maestro alternativo, el otro, el que cree en el ocio, es un maestro que parte de la idea de que sabe que no sabe, y está dispuesto a aprender junto al estudiante. No es una pose, sabe que lo que sabe es muy poco, y que va a la escuela igual que su estudiante a aprender… y lo hace caminando por un camino lento, que se va haciendo día con día, en los lapsos de tiempo libre y privilegiado que ofrece la universidad. Es el maestro que al ver que convirtieron el salón o sitio de encuentro, en un salón “de clases” es decir, que lo convirtieron en un sitio para negociar maestro-estudiante, prefiere salir al jardín para conversar con el estudiante en el espacio del ocio que es a cielo abierto, sabiendo que no tiene el poder ni la manera de resolver o eximir al estudiante de aprender jugando. El buen maestro rehúsa aceptar que sus estudiantes se sienten en pupitres alineados, frente a un pizarrón. Sabe que el estudiante estático, cuyo cuerpo permanece hundido fuera de la vista y su cabeza es lo único que pareciera servir de algo, es un estudiante pasivo, que se aburre, que no habla, que se resiste, que está en conflicto, porque se le está obligando a obedecer. Por eso lo invita a salir al aire libre, al campo abierto.

Lo principal en este tipo de maestro es el movimiento. Como decía Simón Rodríguez: “prefiero el aire el agua y el sol, todo lo que se mueve, a los árboles que se quedan quietos en un mismo lugar”. El docente se mueve, se mueve a través de la penumbra que comparte con el estudiante. No los pone abajo del sol o de un foco, sino que los guía por debajo de las sombras de los árboles, del bosque, que es el conocimiento. En la penumbra, es donde el estudiante aguza su visión, sus sentidos, se va con tiento, paso a paso, para no tropezarse y caer, para descubrir entre las sombras, la forma de las cosas. El maestro se mueve atentamente, abre su sensibilidad, su percepción, desde la experiencia que cada cual posee, lejos de imponer, de dar lecciones, sino simplemente, concentrado en las relaciones que se crean en el espacio del tiempo libre. Y de esa manera, atraviesan un bosque y el otro, disfrutando el tiempo de ocio que les permite descubrir a la Naturaleza, disfrutar de sus lecciones, ubicarse en el mundo.

Luis Porter

NOTA: Aunque Luis y yo creemos que los curriculum vitae producen monstruos, de todas maneras debo decir que él es arquitecto, diseñador, investigador-profesor de la UAM-Xochimilco, urbanista, innovador de pedagogías, restaurador de objetos perdidos, poeta, autor y coordinador de libros sobre educación y universidad, conferenciante, conspirador contra las burocracias universitarias… un artista pues.

La Defense: incursión fotográfica en el lado oculto de la luna

El chofer del servicio de traslados nos estaba esperando ya con un pequeño cartel con mi nombre. Bastó un breve intercambio de palabras para llegar a tres conclusiones importantes: 1) yo no hablo francés; 2) él no habla español ni inglés; 3) ninguno de los dos habla el macedonio ni el euskera. Le dije que íbamos a un hotel en La Defense y le proporcioné una tarjeta con la dirección exacta. La leyó y la introdujo a su sistema de GPS. Todo, aparentemente, bajo control. En unos veinte minutos llegamos a esta zona y nos introdujimos en un mundo de avenidas, pasos a desnivel y glorietas. El chofer veía con cierta preocupación la pantalla del GPS y parecía no comprender la situación. En su básico inglés me decía “it’s very complex”. Cosa que nos quedó bien clara después de otros veinte minutos de dar vueltas y tomar otras rampas y no llegar a nuestro destino. Me pidió de nuevo la tarjeta para ver el teléfono del hotel. Habló y pidió instrucciones para llegar. Escuchaba y repetía  “d’accord, d’accord” (frase que me tranquilizaba). Colgó y nos embarcamos en otro round de vueltas y retornos… y nada. Habló dos veces más y seguía con su “d’accord”, entre otras frases que denotaban una creciente desesperación. Después de diez minutos más de intentos al fin llegamos a la puerta de nuestro hotel. Respiró aliviado y se deshizo en disculpas y volvió a decir que la zona era “very complex”. Gracias a mi escaso francés de guía turística, pude captar ese “Desolé!… Desolé!”.

¡Al fin en La Defense!

Escultura After Olympia, de Anthony Caro, con el Gran Arco al fondo. La Defense, París. © Arturo Guillaumín T. / 2017.
Carpe Diem. La Defense, París. © Arturo Guillaumín T. / 2017.
Escultura la Araña Roja, de Alexander Calder. La Defense, París. © Arturo Guillaumín T. / 2017.
El Gran Arco de la Fraternidad. La Defense, París. © Arturo Guillaumín T. / 2017.

Pero, ¿qué carambas es La Defense (La Defensa, en español)? Se trata del barrio de negocios de París que, para no irrumpir en el corazón de la capital francesa ni romper con la arquitectura clásica, parques y bulevares haussmannianos que tanto nos atraen, se asentó a dos kilómetros de los límites externos de su centro, en el oeste, cruzando el río Sena. De esta manera, no se afectó ninguno de sus 20 distritos (arrondissements), dotados cada uno de su propio carácter e historia. Estamos hablando de una extensa zona de 160 hectáreas situadas en tres comunas: Nanterre, Puteaux y Courbevoie. Tiene una explanada peatonal (¡una maravilla!) de 31 hectáreas, que conecta los edificios y que incluye jardines colgantes, rampas y pasajes, además de ochenta obras de arte (que convierten al área en un museo al aire libre), áreas de descanso, diversión, salas de exposición, comercio  y mercados. La zona está perfectamente conectada con el resto de París por medio de la Línea 1 del metro y el RER (Réseau Express Regional), que es el sistema ferroviario regional. En solo 15 minutos se puede uno bajar en el Museo del Louvre, o en 5 minutos más en la Plaza de la Bastilla. A los habitantes y trabajadores de La Defense se les llama “Defénsois” que, por cierto, suena bien.

Ciclista, haciendo alto en la explanada. La Defense, París (foto tomada desde el cuarto del hotel). © Arturo Guillaumín T. / 2017.
Anuncio luminoso del enorme centro comercial Quatre Temps. La Defense, París. © Arturo Guillaumín T. / 2017.
Texting junto al espejo de agua Takis, adornado con ligeras esculturas coronadas con luces. La Defense, París. © Arturo Guillaumín T. / 2017.
Viva el Viento, de Michael Deverne (un ave posada en una lámpara me mira con desconfianza). La Defense, París. © Arturo Guillaumín T. / 2017.

La construcción de La Defense inició en la década de 1960, pero fue diez años después que la zona adquirió impulso. Si bien al comienzo los diseños eran más bien convencionales, poco a poco se hicieron más audaces y el único limite sería la creatividad de los arquitectos, urbanistas y artistas plásticos que, en conjunto, imprimieron un sello tan especial que hoy constituye un lugar que merece ser visitado, al igual que la Torre Eiffel, Montmartre o el Barrio Latino. Aquí coexisten perfectamente la escala de los grandes rascacielos con la de espacios acogedores “a ras del suelo” donde se puede convivir, hacer ejercicio, aprender a bailar o comprar quesos y verduras directamente de los productores locales. El centro de atención de todo el conjunto es el Gran Arco, situado en el extremo oeste de la explanada: un inmenso cubo de hormigón recubierto de cristal y mármol blanco de Carrara, de 110 metros de lado y con un peso de 300 mil toneladas. La catedral de Notre Dame cabe completamente entre las paredes del Arco. Por dentro, alberga diversas dependencias de gobierno y de empresas francesas e internacionales. Si se mira un mapa, se puede constatar que el Gran Arco está en alineación con el Arco del Triunfo, el obelisco de la Plaza de la Concordia, el Arco del Carrusel y la pirámide de cristal del Museo del Louvre. ¡Vaya si son obsesivos estos urbanistas con el orden!

Reflejos y texturas de los edificios. La Defense, París. © Arturo Guillaumín T. / 2017.
La Fuente de las Corolas, de Louis Leygue. La Defense, París. © Arturo Guillaumín T. / 2017.
Perspectiva de la explanada. La Defense, París. © Arturo Guillaumín T. / 2017.

La Defense cuenta con un sitio oficial en Internet (www.ladefense.fr) muy bien organizado donde podemos encontrar información de primera mano para visitar y conocer mejor este barrio. Incluso tiene un catálogo pormenorizado de las obras de arte que están distribuidas en distintas partes de la explanada. Por cierto, ésta extensa superficie se puede recorrer con un mapa o una guía en la mano o, como nosotros, dejándonos llevar por la curiosidad y descubrir sus inesperados rincones, que pueden incluir un cultivo de vides, árboles con una estructura de madera para que los visitantes observen de cerca sus copas (con la benevolencia de los pájaros que los habitan), agradables bares al aire libre donde se puede disfrutar la “hora feliz”, una visita a la cubierta del Gran Arco con vistas espectaculares de París… Aunque se intente, es casi imposible perderse en La Defense, debido a que se encuentra muy bien señalizada. Una de las cosas que descubrimos es que los turistas aún son una minoría entre la gente que recorre esta área. Nada de filas interminables o grupos conducidos por sus guías, indicándoles que miren a la derecha o a la izquierda, lo cual es de agradecer, sobre todo en verano. No hay que olvidar que París es visitada por más de 18 millones de turistas extranjeros cada año.

Conjunto de árboles con rampa para explorar sus copas. La Defense, París. © Arturo Guillaumín T. / 2017.
La Fundación Louis Vuitton en el bosque de Bolonia (izq.), y la Torre Eiffel al fondo (foto tomada desde la ventana del hotel). La Defense, París. © Arturo Guillaumín T. / 2017.
Espejismos fotográficos. La Defense, París. © Arturo Guillaumín T. / 2017.
Jugando con los reflejos de los edificios. La Defense, París. © Arturo Guillaumín T. / 2017.

Alojarnos en un hotel de La Defense, nos permitió explorar y conocer una nueva dimensión de la ya alucinante ciudad de París. Desde nuestra habitación teníamos una gran panorámica que incluía no sólo la explanada central, sino también la Fundación Louis Vuitton, en medio del Bosque de Bolonia, y la Torre Eiffel al fondo. Por cierto, si el lector o lectora de esta entrada observa la foto correspondiente a esta vista (dos fotos arriba) podrá advertir una edificación enorme que se levanta y oculta mínimamente la Fundación en el extremo izquierdo. He consultado mapas y fotos satelitales (incluyendo Google Earth) y no encuentro ni una pista de cuál puede ser. ¿Alguna sugerencia? Por lo pronto queda como un enigma a resolver.

Finalmente, si se están preguntando quién vino a recogernos para llevarnos de vuelta al aeropuerto al final de nuestra estancia (yo sí lo hice, y con cierta preocupación)… sí, justamente el mismo chofer que nos trajo. Llegó cinco minutos antes de lo convenido y con una amplia sonrisa que claramente significaba “Not very complex!”. Salimos sin contratiempo alguno y llegamos rápido al CDG.

¿Platillo volador aterrizando? La Defense, París. © Arturo Guillaumín T. / 2017.
Parque La Danza, de Shelomo Selinger. La Defense, París. © Arturo Guillaumín T. / 2017.
Fuente de agua potable, de Claude Torricini. Dentro de la boca de la rana hay otra más pequeña por donde sale el agua. La Defense, París. © Arturo Guillaumín T. / 2017.
Escultura que inspiró el nombre del barrio: La Defensa de París, 1883, de Louis Ernest Barrias. La Defense, París. © Arturo Guillaumín T. / 2017.

Surrea-Grafías

Veo que mi entrada más reciente es del 5 de febrero. Es decir, han pasado 5 meses y 4 días sin que haya escrito nada nuevo en este blog. Sin embargo, debo decir que las fotografías que aparecen en esta entrada han estado listas para publicarse desde hace más de seis meses. El problema consistía en que no sabía qué texto debía acompañarlas. Una primera idea fue la de simplemente dejar que las fotografías hablaran por sí solas. Después de varios días con sus noches, bajo una observación muy rigurosa y científica, descubrí que las fotografías no hablan, a pesar de la extendida creencia de que sí lo hacen.

Mujer bailando en el Tate Modern.

Mujer bailando en el Tate Modern, Londres. © Arturo Guillaumín T. / 2014.

Calle a la boloñesa
Calle a la boloñesa. (C) Arturo Guillaumín T. / 2016

El problema parecía ser la escritura misma. Después de meditarlo un rato, me di cuenta que lo que yo sufría era lo que en inglés se denomina writer’s block, es decir “bloqueo del escritor”. Pero después de extender mi meditación por unos cinco segundos adicionales, caí en la cuenta de que yo no soy escritor y que, por tanto, no podía sufrir de esa interesante aflicción. Así que inmediatamente se me ocurrió consultar el terminajo en Wikipedia. Allí encuentro que el susodicho bloqueo también se da en “otros autores creativos” cuando están faltos de ideas que les permita avanzar sus obras. Decido acogerme a la Quinta Enmienda de la Constitución de Maui y considerarme dentro de esos “otros” autores creativos.

Notre Dame

Notre Dame en la tarde-noche, La Cité. © Arturo Guillaumin T. / 2016.

Puertas y ventanas
Puertas y ventanas escherianas, Bolonia. © Arturo Guillaumin T. / 2016.
Estatua de Dante
Dante a la entrada de Santa Croce, Florencia© Arturo Guillaumin T. / 2016.

En resumen, me ha costado mucho trabajo decidir qué texto podía acompañar la serie de fotografías que presento en esta entrada. La primera opción que se me ocurrió, como ya se dijo, fue desechada. Tampoco sabía si describir técnicamente el método que seguí para lograr estos efectos van goghianos… O mejor contar acerca de las condiciones ambientales en las que tomé cada una de ellas: temperatura, presión atmosférica, humedad, emisiones de CO2, etc. Una cuarta opción me resultó más atractiva: tejer una mini-historia alrededor de cada foto. Pero eso podría resultar excesivo y llevaría demasiado espacio. Por supuesto, también sopesé la opción de escribir una sola narrativa que ligara las nueve fotografías en un solo tiro: la misteriosa mujer que baila en una de las inmensas salas del Tate Modern huye por la puerta trasera (no sabemos de qué) que la lleva a un embarcadero donde secuestra la tripulación de una embarcación, a la que obliga a llevarla hasta La Cité, en el río Sena, donde conoce a un extraño obispo que… Mentalmente todo encajaba a la perfección, de no ser por el perro que deambulaba felizmente por una placita de Guanajuato.

Fuente con perro.
Fuente con perro, Guanajuato. © Arturo Guillaumin T. / 2013
Plaza de los Milagros
Plaza de los Milagros, Pisa. © Arturo Guillaumin T. / 2016.
Portón
Portón a contraluz, Bolonia© Arturo Guillaumin T. / 2016.
Nenúfares a la Monet
Nenúfares a la Monet, Giverny, Francia. (C) Arturo Guillaumin T. 2015.

Bueno, finalmente decidí no escribir nada y dejar que ocurriera el milagro: que en verdad las fotografías hablaran por sí solas.

Sabático

Operadora del 911: 911, ¿cuál es su emergencia?

Arturo: Hola… estoy de año sabático.

Operadora: ¿Hay alguien con usted?

Arturo: ¿Mi gata Cuchi cuenta?

Operadora: No, me temo que no. Me refiero a un humano.

Arturo: No, no hay nadie conmigo.

Operadora: ¿Quiere decir que vive solo? Es decir, ¿no vive con su esposa, hijos, hermanos, tíos, otros parientes?

Arturo: No estoy seguro.

Operadora: Está bien. Le voy a pedir que en ningún momento cuelgue, que siga conmigo hasta que llegue el EEES (*) que ya va en camino a su casa.

Arturo: Bien.

Operadora: ¿Me podría dar su nombre, por favor?

Arturo: Arturo.

Operadora: Muy bien, Arturo. ¿Recuerda bajo qué modalidad solicitó su año sabático?

Arturo: No estoy seguro.

Operadora: Mire, a veces se solicita para hacer estudios de posgrado o para realizar una estancia de investigación en una universidad del país o del extranjero. ¿Le suena familiar esto?

Arturo: No, me temo que no.

Operadora: Entonces es muy probable que su sabático sea para escribir un libro.

Arturo: Tengo recuerdos vagos de algo así.

Operadora: No se preocupe, Arturo. Creo que nos estamos acercando. ¿Podría decirme qué estaba haciendo antes de llamar al 911?

Arturo: Veía algo en la computadora. Primero un documental sobre suricatas. Mmm… después algo sobre el bosón de Higgs, que explica la masa de las partículas elementales. Ya sabe, el Gran Colisionador de Hadrones en Ginebra.

Operadora: Sí, estoy al tanto de los avances de la teoría cuántica. Sobre todo del proceso mediante el cual los bosones vectoriales pueden obtener masa invariante sin romper explícitamente la invariancia de gauge, dentro de un modelo relativista.

Arturo: Bueno… y luego, usted sabe… eso me condujo a ver otros videos… ya ve cómo una cosa conduce a otra…

Operadora: ¿Por cuánto tiempo ha estado viendo pornografía?

Arturo: No estoy seguro. Quizá un par de horas… o días. Pero no puedo asegurarle nada… quizá una semana…

Operadora: No se preocupe, Arturo, es normal en estos casos. Recuerde que nuestro EEES ya está en camino y que llegará en cualquier momento.

Arturo: Gracias señorita… señora…

Operadora: Hemos hecho ya importantes avances, Arturo. Hemos establecido que su sabático es para escribir un libro. ¿Puede decirme si recuerda haber escrito algo? ¿Hay papeles en su escritorio que le den alguna pista sobre lo que está escribiendo?

Arturo: Déjeme ver… (pausa) Entre los papeles veo uno en el que se puede leer “Guión”.

Operadora: ¡Excelente! Es un hallazgo muy importante. Ahora, Arturo, ¿puede leer algo más después de la palabra “Guión”?

Arturo: Sí, lo que veo está escrito en forma de lista: “Introducción”, “Desarrollo” y “Conclusiones”.

Operadora: ¿Eso es todo? No hay nada más que nos pueda proporcionar información acerca de los contenidos de esos capítulos?

Arturo: Me temo que no. El resto de los papeles son cuentas por pagar que se han acumulado sobre mi escritorio… luz, agua, cable, tarjetas de crédito… No hay nada más.

Operadora: No se preocupe, Arturo. Me informa el EEES que ya está frente a la casa de usted. Todo lo que tiene que hacer es abrir la puerta para que entren. Ellos se encargarán de todo: desde hacerle recordar el tema sobre el que tiene que escribir, hasta cómo se llenan esos absurdos reportes bimestrales de su año sabático.

Arturo: Muchas gracias señorita… señora.

Operadora: Hasta aquí llega mi labor Arturo. Ha sido un placer conversar con usted. Le deseo un feliz y agradable año sabático.

Arturo: Gracias de nuevo señorita… señora.

 

(*)  EEES: Equipo de Emergencia para Extravíos Sabáticos.

Nota: Esta entrada fue inspirada por el divertido artículo de Colin Nissan “I Work from Home”, aparecido en The New Yorker digital del 2 de febrero de 2017.

Bicicletas

De los regalos que recibí durante mi infancia, recuerdo tres con especial gusto: un juego de sheriff, un patín del diablo y mi primera bicicleta. El primero consistía en dos pistolas, varias tiras de chinampines(as), un cinturón con un par de fundas y, lo mejor, una placa plateada de plástico que me daba la autoridad correspondiente para imponer el orden en el barrio. Durante las vacaciones, el uso de la bici rayaba en la obsesión. Antes de acostarme, la estacionaba junto a la cama para que al día siguiente estuviera a la mano para subirme a ella y salir lo más temprano posible en la mañana. Está de más decir que pasaba muchas horas al día con ella… hasta que entraron en escena los patines.

Bicicleta que no va a ninguna parte.
Bicicleta que no va a ninguna parte© Arturo Guillaumin T. / 2016.
Bici con flores.
Bici con flores. © Arturo Guillaumin T. / 2016.
Bicicleta blanca.
Aventurera blanca. © Arturo Guillaumin T. / 2016.

¿A quién no le gustan las bicicletas? Es un artefacto muy versátil y lo podemos ver como juguete, para hacer deporte, como medio de transporte y de trabajo, e incluso como un objeto bello y simple (aunque hoy se tengan materiales como la fibra de carbono y algunas partes computarizadas). En varios sentidos se le ve hoy como símbolo de la protección ambiental, una vida saludable, la humanización de las ciudades y la sustentabilidad. Después de todo, de tantos deslumbrantes adelantos tecnológicos durante los últimos 200 años, quizá constituya una de las invenciones modernas más importantes para la humanidad. Quiero pensar, al igual que un creciente numero de personas, que constituye una de las claves para un futuro mejor, a pesar de su sencillez de formas y diseño básico.

bicicleta-con-angelBicicleta con ángel de la guarda. © Arturo Guillaumin T. / 2016.

Bicicleta todo-terreno.
Bicicleta todo-terreno. © Arturo Guillaumin T. / 2016.
Dos bicicletas en blanco y negro.
Dos bicicletas en blanco y negro. © Arturo Guillaumin T. / 2016.
Bicicleta verde con flores.
Bicicleta verde con flores. © Arturo Guillaumin T. / 2016.

A los autos se les clasifica como “transporte personal”, debido a que un individuo los posee y controla y generalmente lleva a un ocupante o a un número pequeño de pasajeros ocasionales. Las bicicletas son también un transporte personal, pero son impulsadas por la energía humana (que a final de cuentas es de flujo) y no por la liberada por los hidrocarburos. El mundo tiene más de 1 000 millones de bicicletas y duplica el número de autos y, desde la década de los 1970, su producción sobrepasa a la de los autos. Las cifras son alentadoras pero un poco engañosas: las bicicletas pesan aproximadamente una centésima del peso de los autos. Así que en términos de los materiales utilizados en su construcción, un auto representa una relación de 100 a 1 respecto a la bici.

Bici con hombre sentado.
Bicicleta con hombre sentado y crepas de autor. © Arturo Guillaumin T. / 2016.
Bicicleta, restaurant y autorretrato.
Bicicleta, restaurant y autorretrato. © Arturo Guillaumin T. / 2016.

Recuerdo que las primeras bicicletas con las que me relacioné en mi vida estaban impresas en las cartas (naipes) con las que la familia jugaba poker (siempre haciendo trampa): un par de ángeles regordetes montados en bici atravesaban un campo con sus alas extendidas (¿por qué no las plegaban para reducir la resistencia del aire?) y con las manos sobre un manubrio que parecía no tener palancas de frenos (supongo que los ángeles no las necesitan). Por cierto, los países con más bicicletas per capita son: 1) Holanda (con el 99.1% de bicis respecto a su población total); 2) Dinamarca (80.1%); 3) Alemania (75.8%); 4) Suecia (63.7%); 5) Noruega (60.7%); 6) Finlandia (60.4%); 7) Japón (56.9%); 8) Suiza (48.8%); 9) Bélgica (48%); y 10) China (37.2%, aunque en términos absolutos tiene el mayor número de bicicletas en el mundo).

Tricicleta.
Tricicleta un tanto inútil. © Arturo Guillaumin T. / 2016.
Bicicleta complicada y sin asiento.
Octocicleta complicada y sin asiento. © Arturo Guillaumin T. / 2016.

Las bicicletas han sido motivo de relatos y novelas, así como de objetos de fotografía. Siempre me impresionó mucho aquella foto en blanco y negro tomada en 1932 por Henri Cartier-Bresson. Se titulaba simplemente “Hyères, Francia”. Cartier se posicionó en la parte superior de una escalera de piedra con pasamanos de metal (seguramente a la entrada de una casa) y esperó a que algo sucediera. El resultado sigue siendo hoy motivo de numerosos análisis de composición: un ciclista un tanto borroso cruza la escena de derecha a izquierda, describiendo una curva en perfecta armonía con las líneas de la escalera y la calle. Esta extraordinaria foto se puede admirar en la siguiente liga:

http://pro.magnumphotos.com/C.aspx?VP3=SearchResult&VBID=2K1HZO6QQX0QSR&SMLS=1&RW=1280&RH=711

Bicicletas frente a Santo Spirito, Florencia, Italia. © Arturo Guillaumin T. / 2016.
Nel blu dipinto di blu.
© Arturo Guillaumin T. / 2016.

Escaparates, aparadores y vitrinas

La palabra “escaparate” proviene del neerlandés schaprade, que significa armario. Lo mismo se utiliza para designar un espacio en las fachadas de las tiendas, con cristal por la parte exterior, donde se exponen las mercancías. También se le conoce como “aparador”, que originalmente significa armario ancho de mediana altura, en el que se guarda todo lo necesario para el servicio de la mesa en el comedor. De igual forma se utiliza la palabra “vitrina”: mueble cerrado y acristalado que se usa para exponer artículos frágiles o valiosos, como suele hacerse en los museos, por ejemplo. Escribo todo esto no como breviario cultural sino porque no tenía idea de cómo comenzar esta entrada sobre escaparates, aparadores y vitrinas.

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Exhibición de la moda. Palacio Pitti, Florencia. © Arturo Guillaumin / 2016
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Exhibición de instrumentos antiguos: violas da gamba. Palacio Pitti, Florencia. © Arturo Guillaumin / 2016.
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Exhibición de la moda. Palacio Pitti, Florencia. © Arturo Guillaumin / 2016.
Vestido con alas, en el Pitti.
Vestido con alas, en el Pitti. © Arturo Guillaumin / 2016.

En los viajes uno se encuentra con aparadores que bien merecen una fotografía. Ya sea por los objetos individuales que se exponen, por la composición que ofrecen en conjunto o por el contexto que los rodea. No se diga en los museos en los que se despliega el arte de la curaduría, esa interesante actividad que incluye la investigación, selección, disposición espacial y exhibición de piezas de una colección. El escaparatismo (no confundir con escapismo, hoy un deporte de moda entre los políticos), por su parte, es una disciplina que se dedica al diseño de escaparates, mediante la combinación de los objetos expuestos, los materiales y la decoración. Todo para incitar el deseo del observador.

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Aparador en la noche. Florencia. © Arturo Guillaumin / 2016.
Dulces de mazapán.
Dulces de mazapán. © Arturo Guillaumin / 2016.
Aparador con reflejos enigmáticos.
Aparador con reflejos enigmáticos y chica al lado. Florencia. © Arturo Guillaumin / 2016.
Exhibición de porcelana en el Palacio Pitti.
Museo de la Porcelana, Jardínes Boboli, Florencia. © Arturo Guillaumin / 2016.

A veces la fotografía “ayuda” a ver los objetos con más detenimiento, con más tiempo del que le dedicamos a las cosas cuando las tomamos con una cámara. Nos permite descubrir detalles en los que no habíamos reparado antes, como en el grupo de esculturas miniatura de arriba. Fue en el momento de procesar la foto cuando pude percibir mejor las cualidades de la obra: los delicados pliegues de la ropa, las facciones de las caras, el ramillete de flores, las vasijas…  Como  las cosas que se exhiben en los escaparates más atractivos están fuera de mi rango de compra (o no se venden), me conformo con una foto. Ese es el caso de la bellísima medusa de cristal de abajo, elaborada en la isla de Murano. Esto me recuerda los escaparates del Barrio Rojo de Amsterdam… pero esa es otra historia: no me dejaron tomar fotografías.

Medusa de cristal, en Venecia.
Medusa de cristal de Murano, en Venecia. © Arturo Guillaumin / 2016.
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Mirada fría y enigmática. Florencia. © Arturo Guillaumin / 2016.
Estudio en rojo.
Estudio en rojo. © Arturo Guillaumin / 2016.

El científico y divulgador catalán Jorge Wasenberg dice que sabemos mucho del mundo físico, pero poco de las emociones sensoriales. En un divertido ensayo asevera que nuestros cinco sentidos dan para 325 combinaciones de emociones sensoriales. Agrega que ha encontrado una experiencia donde se combinan los cinco sentidos a la vez: el disfrute de un buen vino (¡tenía que ser!): se mira, se huele, se acaricia, se escucha y sobre todo se degusta. En el otro extremo, afirma, se encuentra el caso de la vitrina donde la percepción se reduce a la unidad: ver. No se puede tocar, oler, escuchar ni saborear. ¿Será? Yo tengo ya algunas dudas sobre esto último.

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Piazza dei Miracoli, desde el Baptisterio. Pisa. © Arturo Guillaumin / 2016.

¿Bailar con Beethoven?

Hace muchos años, el tío Jaime me regaló (¿nos regalo?.. . ¿incluyó al resto de la familia?) las nueve sinfonías de Beethoven, dirigidas por Herbert von Karajan. El año de grabación, si no mal recuerdo, fue 1966. Las escuchaba una y otra vez,   hasta que el surco llegó al otro lado de los discos de vinilo. Una de mis favoritas era la número siete: alegre, saltarina (concepto musical muy profundo), con extraordinarios cambios de ritmo y estados de ánimo. Había partes del tercer movimiento que parecían invitar a bailar una tarantella. Era prácticamente imposible escucharlo sin mover los pies.

Y ahora me encuentro con una composición que parece confirmar mis intuiciones de aquellos años: Apotheosis of the Dance. Es una obra escrita en 2012 por el compositor sueco Mats Larsson Gothe. El título obedece a una frase de Richard Wagner para describir la Séptima de Beethoven, por la gran variedad de ritmos de danza desplegados en sus movimientos. Lo curioso de Apotheosis es que Larsson toma compases completos de la séptima para metamorfosearlos y darles nuevas e inesperadas sonoridades mediante ingeniosos cambios en la orquestación, en los acordes (disonancias, por ejemplo) y énfasis en el ritmo. El resultado es una manera interesante de hace honor a la genial obra de Beethoven. ¿Qué tal si la escuchamos… y vemos? Den click a la liga de abajo.

Apotheosis of the Dance

La obra del compositor sueco Mats Larsson Gothe es interpretada por la Orquesta Sinfónica de Gotemburgo, bajo la dirección de Alain Altinoglu. Dura aproximadamente 11 minutos.

Mats Larsson Gothe.
Mats Larsson Gothe. © Mats Larsson Gothe. Tomada de su página en Internet (sin fines comerciales).