El Museo Soumaya… o lo que se puede hacer con las tarifas telefónicas

Advertencia # 1: “Oiga, usted no puede recargarse sobre las mamparas para tomar fotografías”

Uno de los objetivos de nuestro viaje a la Ciudad de México fue visitar el Museo Soumaya, construido por Carlos Slim en 2011, al norte de la Colonia Polanco. En este lugar se aloja parte importante de la colección personal de este personaje, que en algún momento fue el hombre más rico del planeta, según la revista Forbes. Las fotografías que había visto del edificio ya auguraban un encuentro interesante. Yo iba preparado con una discreta cámara Nikon Coolpix (con un zoom 18-x muy bueno), que cabe perfectamente en la palma de la mano, en caso de que estuviera prohibido tomar fotografías (se dan casos). Pero pronto descubrimos que, además de que la entrada es libre (bueno, ya la pre-pagamos con las tarifas del servicio telefónico), se pueden tomar fotos, con la condición de no usar tripié ni flash. Lo usual.

Fachada 2 Soumaya
Fachada del Museo Soumaya, Ciudad de México. © Arturo Guillaumín T. / 2017.
Fachada y Escalinata
Escalinata y parte de la fachada del Museo Soumaya. Ciudad de México.© Arturo Guillaumín T. / 2017.

Advertencia # 2: “Está usted pisando dentro de las líneas blancas que están en el suelo”

El edificio es obra del mexicano Fernando Romero, quien contó con la asesoría del arquitecto canadiense Frank Gehry (sí el mismo que tiene edificios que parecen que los golpeó un meteorito), de quien se nota su influencia. Por ejemplo, echar un ojo al Museo Guggenheim de Bilbao… bueno, más o menos. En realidad no es tan impresionante como el del País Vasco que, en verdad, es una maravilla. La fachada del Soumaya esta recubierta por más de 16 000 placas hexagonales de alumnio que no se tocan, semejando un panal. Por dentro, la colección se distribuye en seis pisos de dimensiones variables (el edificio es asimétrico) que se conectan por medio de una rampa perimetral y ascensores. Bajar esa rampa en patineta debe ser divertido, pero no creo que lo permitan.

Rampas
Rampas. Museo Soumaya. © Arturo Guillaumín T. / 2017.
Mural Baño en el Río
Mural “Baño en el Río”, de Diego Rivera. Museo Soumaya. © Arturo Guillaumín T. /2017.
Dama con velo, de Giovanni Battista Morelli. Museo Soumaya. © Arturo Guillaumín T. / 2017.

Advertencia # 3: “Su cámara está demasiado cerca de las obras. Va a disparar las alarmas”

El Museo (por cierto hay dos museos Soumaya: el de aquí en Polanco, y el otro en Plaza Loreto) tiene una colección de 70 000 piezas que incluyen obras de Rodin, Monet, Degas, Renoir, Van Gogh, Murillo y otros artistas europeos. También hay obras de maestros novohispanos, así como pintores como Velasco, Dr. Atl, Rivera, Orozco, Siqueiros, etc. Sí, la colección no es nada despreciable e incluye monedas, relojes, joyería, vajillas, relicarios, devocionarios, objetos decorativos, fotografía mexicana contemporánea, entre otras muchas cosas. Hay una amplia sección dedicada a Venecia, a sus artistas y a las películas que han sido inspiradas por esta ciudad, como “Muerte en Venecia”.  Quizá una de las secciones más interesantes es la que se dedica a obras orientales talladas en marfil (aunque a los pobres elefantes no debe hacerles mucha gracia).

Después de la tormenta 02
Después de la tormenta, de Vincent van Gogh. Museo Soumaya. © Arturo Guillaumín T. /2017.
Detalle de un colmillo de elefante tallado
Detalle de un colmillo de elefante tallado. © Arturo Guillaumín T. / 2017.
Juego de Ajedrez tallado en marfil
Juego de ajedrez tallado en marfil. © Arturo Guillaumín T. / 2017.
San Pedro
San Pedro en Penitencia (detalle), Giovanni Battista. © Arturo Guillaumín T. / 2017.

Advertencia # 4: “No puede tomar fotografías hacia abajo, por encima de estos muros. Su cámara puede caer al vacío”

No hay nada que le advierta al visitante que hay un cuadro que le va a “hacer ojitos” desde lejos. Se trata de una escena panorámica (66.3 cm x 128.6 cm) que atrae por su oscuridad que contrasta con la línea del horizonte. Un poco en la penumbra se puede ver un pastor con sus ovejas. Parece como si las acabara de reunir como para tomar una selfie. Se trata del óleo Después de la tormenta, de Vincent van Gogh. Lo pintó por encargo en 1884 para un tal Antoon Hermans, quien lo quería para adornar su comedor. Seguramente lo colgó entre el retrato de la abuela y el clásico bodegón de mal gusto. El Museo lo adquirió en una subasta en 1997 en Sotheby’s de Londres. ¿No hubo ese año hubo un incremento de tarifas?

Detalle La Piedad
Detalle de La Piedad, de Miguel Ángel. Museo Soumaya. (c) Arturo Guillaumín T. / 2017.
La Piedad
La Piedad, de Miguel Ángel. Museo Soumaya. © Arturo Guillaumín T. / 2017.
El Beso en bronce
El Beso, de Auguste Rodin. Museo Soumaya. © Arturo Guillaumín T. / 2017.

Advertencia # 5: “No está permitido tomar panorámicas de las salas de exhibición, sólo de las obras”

Después de tres horas y media de recorrido en el Museo Soumaya, me quedó una clara convicción y una sensación medio escurridiza. La primera se refiere a que cuenta con una colección de objetos de arte realmente extraordinaria y que vale la pena hacer el peregrinaje a esa zona de la Ciudad de México para ver y disfrutar esas obras en vivo. La segunda es un poco difícil de definir. Se trata de la combinación entre una arquitectura que no cuaja y la disposición de las obras. Si bien no tengo conocimientos de museografía y curaduría (sólo conozco el curado de nanche), me quedó la sensación de que algo no hace “click” en el Museo y que otra organización de los espacios habría sido mejor. Pero dada mi ignorancia sobre este asunto, quizá sea sólo eso: mi ignorancia… o quizá un cierto resentimiento por haber sido amonestado varias veces por los y las guardias de las salas de exhibición.

Venecia
Dos bancas con pantalla. Sala dedicada a Venecia, Museo Soumaya. © Arturo Guillaumín T. / 2017.
Muerte en Venecia
Una familia viendo una escena de Muerte en Venecia, Museo Soumaya. © Arturo Guillaumín T. / 2017.

Advertencia # 6:  “Este es un baño, no una sala de exposición. Por favor no tome fotos aquí”

Sí, me amonestaron varias veces en el Museo. Respecto a recargarme en una de las mamparas, jamás sucedió tal cosa. Debe haber sido una ilusión óptica. Me declaro culpable de haber cruzado las líneas marcadas en el piso y de acercarme demasiado a las obras. Eso lo solucioné después con el zoom de la cámara. Eso de tomar fotos hacia el vestíbulo por encima del muro de protección es cierto. Vino a mi mente de inmediato la fórmula de la caída libre de los objetos, donde “h” es la altura, “t” es el tiempo de duración de la caída del objeto (en este caso, mi cámara), y, por supuesto, la aceleración de la gravedad, que se designa con “g” y que es de 9.81 metros/segundo. Le dije al vigilante que tenía razón y que podía causar un serio accidente. A lo que él respondió “Sí, imagínese, más con el peso de su cámara”. Y ahí fue cuando nos enfrascamos en una acalorada discusión, pues le dije que ni el peso del objeto ni su forma eran variables relevantes para la fórmula. Finalmente estuvo de acuerdo cuando le recordé el experimento de Galileo en la Torre Inclinada de Pisa. Eso de que no podía tomar fotografía panorámicas de las salas de exhibición fue algo que se sacó de la manga la señora vigilante. Cuándo se ha visto semejante restricción. Quizá sólo quería hacerme plática.

Los baños del Soumaya. Vista panorámica de los mingitorios. © Arturo Guillaumín T. / 2017.
Los baños del Soumaya. ¿Piezas de arte o aromatizadores? © Arturo Guillaumín T. / 2017.

Epílogo

Esta es la reacción, desde Canadá, de Luis Porter a la publicación de esta entrada dedicada al Museo Soumaya:

Estimado visitante del Pasumaya
que se cruza del borde de la raya
– ¡si no cumple las reglas con cuidado
tendrá que regresarse al otro lado! –
Un gusto encontrarte en este blog
y leer tus relatos con esmero
temprano en la mañana y sin esmog
entre Frank Ghery y el tal Equis Romero
No sé bien sobre tus inclinaciones
pero si la de las rampas en funciones
o la de los raros muros del museo
y no sé cual es peor, ni cual mas feo.
Todo puede ocurrir allá en Polanco
donde el capital asienta sus laureles
y cualquier edificio es como un banco
con forma de tamal o de pasteles
¡No importa! en el primer mundo vivimos
y como tal las leyes las cumplimos
mingitorios, abismos, primer plano
todo cabe en el blog de este mi hermano
Acá en Stratford, tan sin embargo
la nieve cae como por encargo
salirse de la casa es arriesgado
a menos que te disfraces de pescado
Y así las cosas, me gustó tu mofa
y ver tus fotos, (incluso la del baño)
y aprovecho la rima de esta estrofa
para desearte un festivo fin de año…
Luis
Panorámica Pinturas
Sala de pinturas, Museo Soumaya.(c) Arturo Guillaumín T. / 2017.

Arianna Dormida

No recuerdo dónde la vi por primera vez . Es probable que haya sido en una revista o en un diario en Internet. Inmediatamente supe que tenía que conocerla en vivo y a todo color. Ver de cerca su cara, su cuerpo, ¡su ombligo!, y los pliegues de su sensual vestimenta. Si pudiera también pasar la mano sobre ella para percibir mejor sus texturas sería mucho mejor. Pero dudo que tuviera oportunidad alguna de hacerlo sin ser detenido de inmediato y presentado a las autoridades (aparte de la vergüenza de aparecer en la prensa mundial… en estos tiempos de acosos y demandas millonarias).

Ya sabía dónde habitaba esta mujer de dos toneladas de peso: en la Galería Uffizi de Florencia, después de un “peregrinaje” de 220 años por diversas partes de Italia. El mismo Miguel Ángel la admiró y ahora la tenía de nuevo cerca (es un decir), en la Sala 35, dedicada a, precisamente, Miguel Ángel y los Florentinos. Arianna Durmiente (Arianna Addormentata) es una copia romana del siglo III antes de Cristo de una obra helénica. ¡Qué copia! Me imagino a la madre del escultor que la copió: “Hijo, ya te dije que tienes que deshacerte de esa fea manía tuya de copiar. Así no vas a llegar a ninguna parte y vas tener que dedicarte a la política”. Y vaya que si llegó a alguna parte… al menos la escultura.

Los Puentes desde Uffizi
Los puentes sobre el río Arno, desde la Galería Uffizi, Florencia. (C) Arturo Guillaumín T. / 2016.

Y llegó la hora. Entramos a la Uffizi temprano, pero ya había demasiada gente, cientos de visitantes (¿miles?). Uno quisiera entrar a los museos y las galerías con otras 20 o 25 personas, a lo sumo, para poder sentarse con calma a ver las obras y tomar fotografías a gusto y sin que nadie se atraviese a la hora de apretar el disparador. Cabe decir que en esa Sala 35 se encuentra, ni más ni menos, que el cuadro Tondo Doni de Miguel Ángel: una pintura redonda de 120 centímetros de diámetro, de alrededor de 1505, en la que aparecen la Virgen con el Niño y San José, con un marco que el mismo pintor diseñó. Para mí el famosísimo Tondo Doni estaba en segundo lugar: yo iba a ver a Ariannita (nótese ya cierta confianza con la chica).

“Mi scusi, dov’è la stanza trentacinque?”, me hubiera gustado haber preguntado así, con un fluido italiano a alguno de los asistentes de la galería. Pero no, sólo alcancé a balbucear algo incomprensible que me llevó a unos baños que se encontraban al final de un largo corredor. Después de un breve recorrido, al fin nos encontrábamos en el umbral de la Sala 35. Estaba preparado para el complicado encuentro con Arianna: tropiezos, empujones, piquetes de ojo, para abrirme paso y llegar a ella. Pero cuál sería mi sorpresa. Ni mi en mis más fantasiosos sueños lo hubiera imaginado… pero esto es lo que me encontré.

Arianna Dormida (Arianna Addormentata). Galería de los Uffizi, Florencia. © Arturo Guillaumin T. / 2016.

¡Arianna sola para mí! Sí, todo mundo estaba admirando el cuadro de Miguel Ángel y ni quien le echara un ojo a la escultura. Así que pudimos recorrerla centímetro a centímetro. Con una oportunidad como esta tuve que contener las ganas de pasar la mano sobre ella, sobre todo por el ombligo. Eso sí, tomé alrededor de 20 fotografías. Pero ninguna de ellas se compara con la emoción de estar frente a esta obra de arte (no importa que sea copia) de hace más de 2 200 años.

Las sandalias y los pliegues de Arianna. Galería de los Uffizi, Florencia. © Arturo Guillaumin T. / 2016.
La mano, la nariz, de Arianna. Galería de los Uffizi, Florencia. © Arturo Guillaumin T. / 2016.

Después de una experiencia como esta, sólo queda reponerse con una bisteca alla fiorentina, un vinillo tinto y un helado para no cerrar en falso. Bueno, y apenas ese fue el comienzo en esa ciudad, cuna del Renacimiento y el Humanismo, y centro de la Toscana.

El ombligo de Arianna. Galería Uffizi, Florencia. © Arturo Guillaumín T. / 2016.

Universidad y mercados de trabajo. Comentario breve al borde de la risa

Un mito bastante difundido en el medio de la educación superior aconseja que las universidades adapten su oferta de profesionales a los requerimientos de los mercados de trabajo, y que su respuesta oportuna constituye uno de sus principales aportes al desarrollo económico y social de la nación. Se parte de un extraño principio en donde los mercados de trabajo se sitúan en otro plano de existencia, como algo ajeno a la universidad, que le exige su atención inmediata: “Necesito 90 000 egresados de leyes, 3 de geografía, 220 000 de negocios internacionales, 4 de ecología, 85 000 de administración de recursos humanos, 2 de filosofía… todo para llevar”. La noción de mercado ha sido personificada para atribuirle voluntad propia: “el mercado de trabajo deja fuera…”, “los mercados de trabajo exigen…”. Estamos frente a la mano invisible de Adam Smith que parece seguir gozando de buena salud y estar dotada de una extraña y caprichosa inteligencia.

Pero, ¿qué son los mercados de trabajo? Bueno, ya sabemos que en ellos confluyen la oferta (trabajadores dispuestos a trabajar) y la demanda (empleadores que necesitan trabajadores). Pero éstos están definidos por un conjunto de elementos y relaciones de la más heterogénea naturaleza. Están constituidos por una miríada de combinaciones de las siguientes cosas: instituciones con distintas historias, algunas honorables, otras no tanto; tomadores de decisiones con diversos grados de formación académica (o ninguna), sesgos políticos, ignorancias, prejuicios y fobias; burocracias, sindicatos y líderes (incluye a sus familiares) que modelan (deforman) la demanda de insospechadas maneras; normas escritas y curriculas ocultas; orden franciscano y dispendio discrecional de recursos; omisión y redundancia; personas brillantes, personas mediocres, personas decentes, personas corruptas, zombis; símbolos y rituales que mueven los hilos tras bambalinas; búsqueda y ejercicio del poder de jefes y subordinados; protocolos muy precisos y normas muy laxas (tanto que dejan de ser normas); innovación y resistencia al cambio; y por muchas otras cosas más que vienen en diferentes colores, tamaños y presentaciones. De todo esto están hechos los mercados de trabajo, de lo que constituye la naturaleza de las relaciones humanas, incluyendo las bajas pasiones (lo que da un toque interesante al asunto).

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Patio con columnas. (c) Arturo Guillaumín T. / 2017

Lejos está la realidad que nos describen los libros de texto de economía, sobre sistemas ideales donde se combinan óptima y milagrosamente la eficiencia, los perfiles de las personas con los puestos de trabajo, la productividad, el conocimiento perfecto de la realidad, las habilidades y las actitudes en mágicas proporciones, etc. Lo que queremos decir es que los mercados de trabajo son imperfectos, sesgados y en los que imperan diversas y contradictorias racionalidades: “Necesitamos gente de Biología, para que siembren arbolitos. Si son muchachas, mejor”; “¿Para qué queremos expertos en cambio climático o sustentabilidad? Contratemos mejor edecanes para que hagan unas encuestas”; “No necesitamos ingenieros expertos para la construcción de estas obras de comunicación de alta especificación. Podemos formar de volada una empresa que se haga cargo de este jugoso contrato”. Por supuesto, debe haber muchos ejemplos positivos, pero por el momento no se me ocurre alguno. Pienso: ¿Sabrán los mercados de trabajo qué hacen y pueden hacer los filósofos? Digo, aparte de dar clases de filosofía (para que los alumnos se pregunten para qué sirve).

Si los diagnósticos calificados de expertos acerca de los problemas que más nos aquejan sirvieran para algo, las universidades estarían formando los profesionales para resolver problemas tan acuciantes como la pobreza, la destrucción de los ecosistemas, el cambio climático, el hambre y la desnutrición (que no es cuestión de nutriólogos), la contaminación de tierra, aguas y atmósfera, y un largo etcétera. Nuestras instituciones estarían trabajando en los nuevos campos híbridos de conocimiento y formando transdisciplinariamente a los jóvenes, abriendo e innovando el panorama de las profesiones (que hoy ya huelen a formol). ¿Cuándo tendremos egresados (perdón, pero así les dicen nuestros expertos en educación) de Biomimética, de Metabolismo Social, de Bioarquitectura, de Permacultura, de Bioeconomía o de Análisis de Flujos Materiales. Pero no. La mayoría de nuestras universidades siguen entretenidas con modelos dizque innovadores y flexibles, anclados a una estructura napoleónica que enseña en disciplinas y facultades separadas. ¿Vale la pena seguir ciegamente los dictados de los mercados de trabajo? Yo creo que no, con el debido respeto a ellos, que podrían no estar de acuerdo conmigo.

Chica cruzando el patio
Chica de azul cruzando el patio. (c) Arturo Guillaumín T. / 2017

Prevalece la creencia de que la universidad debe responder a las “necesidades” de la economía convencional (sí, esa que destruye comunidades humanas y ecosistemas en todo el mundo). Esto equivale a afirmar que la universidad debe seguir con su actitud pasiva y acrítica frente al llamado desarrollo económico y social y ofrecer aquellos “recursos humanos” (perdón de nuevo, pero así dicen los economistas y los administradores) en cantidad y calidad que los mercados de trabajo demandan. Pero no sé si ya nos hemos dado cuenta que la universidad es también parte de la sociedad. Bueno, al menos es lo que ha tratado de demostrar en sus diez siglos de existencia. Según yo, la universidad debiera adoptar un papel proactivo en este sentido y no sólo de proveedor desinformado. La universidad debiera ser un factor muy importante en la construcción del futuro de las sociedades y atender a los problemas realmente importantes que ponen en peligro la viabilidad de la civilización y de las sociedades, y no a las siempre “prioritarias” demandas de los mercados.

NOTA : Esta entrada está dedicada a Gladis, mujer de extraordinaria creatividad e investigadora en ciernes en el campo de la ecología. No obstante, los mercados de trabajo decidieron que toda su formación científica y su perfil son los ideales para desempeñar un puesto burocrático, repetitivo y alienante. Al menos por el momento.

 

Luis Porter: Ocio o Negocio. Dos maneras de experimentar el tiempo y sus implicaciones en la universidad

[Esta contribución al blog de mi querido amigo, colega, socio y hermano gira en torno a la concepción del tiempo en la escuela. Es decir, trata de cómo concebimos, medimos y utilizamos nuestro tiempo, en este caso, en la universidad. – Luis Porter]

Introducción

En el mundo de todos los días, nos movemos en dos esferas: el mundo de los negocios y el mundo del ocio. Los psicólogos también le llaman a esta separación el mundo del trabajo y el mundo del afecto. De una u otra manera, la vida de todo ser humano, nuestra vida, se mueve en y entre esas dos esferas: la que ocurre fuera de la escuela, y la que ocurre dentro de ella. La de afuera, trabajo, mercado, producción, familia y vida social, le solemos llamar coloquialmente, la “escuela de la vida”, que corresponde a la vida pública activa, un mundo en constante negociación. Entre los educadores se le ha dado en llamar “educación informal” para contrastarlo con el escolarizado, como sistema escolar formal, que todos conocemos (y padecemos), porque hemos sido obligados a ingresar y sortear sus diferentes niveles. La universidad es un peldaño superior de ese sistema.

La escuela de la vida es un espacio lleno de imposiciones y restricciones que provienen de la diversidad de las instituciones que nos organizan, como la familia o las que se derivan de la realidad económica: las fuentes de trabajo y las costumbres o cultura popular heredada. De una u otra forma es el mundo de los negocios. La etimología de la palabra “negocio” es latina y está formada por nec y otium que significa sin-ocio. Es decir, alguien que debe estar activo y despierto, dejar la indolencia a un lado, y dedicarse a alguna ocupación, trabajo, actividad, cargo o deber. Un hombre o una mujer de negocios es una persona atareada, ocupada, dedicada a su trabajo y a sus quehaceres, que le toman todo el tiempo, que nunca le alcanza.

Ahora viene una revelación que para muchos o algunos resultará insólita e interesante. El mundo de la escuela fue concebido como un mundo drásticamente diferente al de los negocios, de hecho como un espacio opuesto. La etimología de la palabra “escuela”: school, en inglés; école, en francés; schule, en alemán; scuola, en italiano, etc., también viene del latín schola, y éste a su vez del griego, schole, que significa, ocio. Ocio entendido como tiempo libre, porque, ¡cuidado!… la bella palabra ocio ha sido deformada, denigrada, y desprovista de su verdadero significado, por frases como: “¡no estés de ocioso!” Pero en su concepción original no es una palabra negativa, simplemente se refiere al tiempo de inacción, de reposo, a ese tiempo libre, de placer, entretenimiento, vacación que compensa el tiempo de trabajo. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿cómo es eso de que la escuela es un lugar de tiempo libre, de ocio? ¿No se habrán equivocado los griegos o los latinos? ¿No es que para aprender, para formarnos, es necesario trabajar, estar ocupado?

Plaza Simétrica. (c) Arturo Guillaumín T./ 2014

Déjenme leer la definición de ocio que nos da Rommel Masaco, porque nos ayuda a entender esta común equivocación o concepto equivocado que tenemos (el énfasis es mío):

El ocio es un conjunto de ocupaciones a las que el individuo puede entregarse de manera completamente voluntaria tras haberse liberado de sus obligaciones profesionales, familiares, y sociales, para descansar, para divertirse, y sentirse relajado, para desarrollar su información o su formación desinteresada, o para participar voluntariamente en la vida social de su comunidad.

Entonces, pongamos las cosas claras:

  1. El mundo de los neg/ocios es el mundo que niega el ocio, el tiempo en que uno se dedica a cumplir con obligaciones, que no deja mayor espacio a la reflexión, a la cosecha que nos deja la experiencia.
  2. El mundo de la escuela es el tiempo que la misma sociedad creó, estableció, separó, para hacer un alto en el trabajo industrioso, productivo, y dedicarnos a lo que queramos, un tiempo libre dedicado a nuestra formación personal. Es libre porque no hay imposición sino espacio para jugar, reflexionar, cultivarnos. Un poco, como cuando Dios creó al mundo en seis días y el séptimo descansó. La escuela es el séptimo día que deberíamos utilizar para enriquecer nuestro espíritu.

En otras palabras, la escuela se creó para apartarnos de ese exterior en el que nuestro tiempo está dedicado a los demás (familia-trabajo-sociedad) y tener tiempo para crecer, pensar, conocernos a nosotros mismos. Eso requiere libertad, tiempo libre, una atmósfera especial, no muy lejana a la de un recinto sagrado, o al menos pacífico, o al menos relajado.

Pero ha pasado algo fatal y pernicioso. Algo que los docentes tenemos que ayudar a corregir. Nuestro mundo de los negocios ha enajenado de tal manera a los que conciben y dirigen el sistema educativo, que se han olvidado de las etimologías y del sentido del lenguaje. Han confundido los dos tiempos, han extendido el de los negocios dentro de la escuela, desplazando el ocio, o sustituyéndolo por entretenimientos y espectáculos, distracciones y espacios todo-pago, de tal forma que la escuela perdió su sentido, o se desvirtuó, tergiversando su papel. Los que descubrimos eso, porque estudiamos con maestros que nos han abierto las ventanas de la libertad, tenemos la enorme responsabilidad de devolverle a la escuela su cualidad de espacio relajado, afectivo, suntuoso, atractivo, elegante, lujoso, invitador a la reflexión, y estimulante de nuestros mejores virtudes, es decir, alimentador del alma y del espíritu, que son las mejores condiciones para nuestra formación.

Muchacha en la banca. (c) Arturo Guillaumín T. / 2017.

Las dos concepciones del tiempo: Cronos y Aion

Lo anteriormente dicho nos ayuda a tomar conciencia de lo importante que es recuperar la escuela como espacio de descanso para reflexionar, en forma auto-didacta, formativa-reflexiva, que es la forma constructiva de experimentar el tiempo para crecer, es decir, aprender a pensar bien y a desarrollarnos como seres humanos con criterio y capacidad de acción y reacción al regresar al mundo de los negocios. Otra vez los griegos nos pueden ayudar. Ellos tienen tres dioses que nos guían en el tema del tiempo. Cronos, que es el tiempo que nos devora y Aión, que es el tiempo que no pasa, que se conforma con el hoy. Hay un tercero, Kairós, que es el del tiempo imprevisto, la sorpresa o la oportunidad.

Cronos es el tiempo de los negocios, que nunca es suficiente, es el del caminar veloz, que devora el día, sin darnos oportunidad para pensar. Aion es el tiempo de la escuela, del caminar lento, que deja huella hoy, para meditar, darle sentido al día, como el poema: “caminante no hay camino, se hace camino al andar”. El movimiento lento es un buen representante de Aion. Sin embargo, la escuela, la universidad, ha dejado que penetre el tiempo que niega el ocio. En lugar de que fuera “Casa abierta al tiempo Aion” (como en la Universidad Autónoma Metropolitana -UAM-), han cambiado el slogan por “Casa abierta al tiempo que nos devora”. ¡Craso error! No será fácil regresarnos a los que habitamos la UAM. A estas alturas, hay algunas cosas en las que debemos ceder. Por ejemplo, podemos aceptar que en la universidad exista un orden, que en el modelo de universidad heredado de los franceses, el tiempo se conciba cronológicamente, fragmentado en períodos, del módulo 1 al 12, después el posgrado, más tarde un trabajo, una familia, negocios. Este pensamiento lineal y aparentemente realista, es un pensamiento que niega el tiempo libre, que niega el Aion. Nos pinta una secuencia atroz y deprimente: estudiar, recibirme, trabajar, tener una familia, envejecer y morir. ¿Dónde queda la belleza del descanso, el error y la sana indolencia?

La labor del maestro con conciencia y del alumno alerta será regresarle a la escuela ese halo de emancipación que sólo puede darse en la lentitud cotidiana del ocio como tiempo libre para vivir una manera diferente de experimentar el tiempo. La escuela podrá estar hoy estructurada en un tiempo lineal sucesivo, pero frente a esta realidad de calendario, el buen estudiante será aquél que sabe encontrar en las muchas fracturas y resquicios del sistema, espacios de libertad, de auto-didaxia, donde encontrarse con sus compañeros y con sus docentes… leer, pensar, cultivarse/nos. Un tiempo dedicado a la formación personal, que es muy diferente a cumplir tareas, a sentarse a escuchar la lección, a presentar ideas para que otro las “corrija”, a escuchar explicaciones de maestros que creen que necesitamos que alguien se entrometa en nuestro ocio para “explicarnos” algo. ¡Por favor!, no permitamos tanta intromisión. El buen estudiante es aquél que aprovecha el haber sido aceptado en una universidad para verla como un espacio suyo, donde puede jugar, reflexionar, contemplar, traer su propia experiencia, lo que aprendió fuera de la escuela, en la escuela de la vida, para utilizarla como materia prima de su propia formación a través de una cierta experiencia de tiempo libre.

Escritura en los muros. (c) Arturo Guillaumín T. / 2017.

Estar en la universidad es saber usar este tiempo libre, en el cultivo de sí mismo, y de la relación con los otros que comparten un modo de vida, un programa. Una prueba de lo que les estoy diciendo es una realidad, es la forma en que muchos padres reaccionan ante el hecho de que sus hijos hayan entrado a la escuela-ahora-universidad. Al mismo tiempo que se sienten orgullosos, sienten que sus hijos se les fueron de las manos… y claro que tienen razón, sí, se le fueron de las manos, porque han dejado el espacio de trabajo (negocios) para disfrutar la libertad del tiempo que ellos, sus padres, carecen o ni siquiera conocieron… Los jóvenes dirán, y espero que lo hagan, que en la escuela tampoco hay tiempo para nada, que hay imposiciones, que hay burocracia, rigidez, autoritarismo, rigor, etc. Que en suma, la escuela es otro negocio más. Y yo les doy la razón, pero… no puedo quedarme aquí sin hacer nada. Como maestro digo, y no soy el único, que hay que recuperar el sentido original de la escuela: “La educación es un proceso de emancipación” dijo Paulo Freire.

Ahora bien, ¿qué significa experimentar el tiempo de otra manera en la universidad? ¿Cómo podemos recuperar el ocio y darle a ese término su sentido original?

El tiempo cronológico -tiempo más cuantitativo, sucesivo, numérico- y el tiempo aiónico -cualitativo, durativo, experiencial

Walter Cohen, un filósofo argentino que vive en Brasil, nos hace ver en sus escritos que muy equivocadamente tanto docentes como alumnos hemos aprendido a confundir rigor, exigencia, demanda, intensidad de tareas, desveladas, estrés, como un indicador de la calidad y mejor nivel de una escuela. A más negocio más respeto. En la cultura del autoritarismo, del “con sangre la letra entra”, de la sumisión acrítica, de la obediencia para evitar asumir nuestra responsabilidad y nuestro trabajo, de plazos, evaluaciones, calificaciones, promedios que nos devoran, no hay lugar para experiencias formativas creativas que sólo pueden darse en la libertad.

El tiempo del pensamiento, el tiempo de la formación personal, no va con esta lógica cronológica. Requiere un tiempo en otra dimensión, un tiempo que no puede ser acotado, numerado, es un tiempo similar al del juego, y jugar no tiene tiempo. Hay cosas que pasan rápido, y hay otras en las que el tiempo parece no pasar nunca. Hay minutos largos y hay horas cortas. Hay años que desaparecen, hay otros que no pasan y se quedan en nosotros. El tiempo en Aion, no es el movimiento que pasa, el tiempo que se va. El espacio para pensar, crear, formarse no tiene duración. Daré un ejemplo. Habiendo nacido en Argentina, de chico y de joven, jugábamos al fútbol, es parte de nuestra cultura. Sabemos diferenciar perfectamente bien un partido de fútbol profesional, de jugar al fútbol en la calle. El partido de fútbol profesional se ubica en el espacio de los negocios. Está acotado: 45 minutos, un intervalo, otros 45 minutos, etc. Con muchas reglas a cumplir. Cuando nosotros jugábamos al fútbol, jamás mirábamos el reloj. Jugábamos hasta cansarnos. El tiempo no nos preocupaba, el tiempo nos dejaba jugar, lo que nos detenía era el cansancio, o la voz de mi mamá, de alguna mamá, llamándonos a comer. Así debe ser la estancia en la escuela, en la universidad, hay que parar el tiempo, el del reloj, y entrar en un tiempo que no tiene que ver con el reloj, y tiene que ver con la experiencia que tiene un ser humano, niño o grande cuando juega. Jugar hasta acabar, hasta cansarse, tiempo libre, no hay límites, no se mira el reloj, imposible, porque al entrar a la universidad, tenemos la oportunidad de experimentar el tiempo de otra manera, porque es otro tiempo.

Tallos y Flores. (c) Arturo Guillaumín T. / 2017.

Para finalizar:

Hay dos tipos de estudiantes, que se corresponden a dos tipos de profesores: 1) el estudiante vasija (bancario) que viene a que lo llenen o le depositen conocimientos, que es un estudiante pasivo, inmóvil, silencioso y obediente; 2) el estudiante autodidacta, activo, que se da cuenta que va a la universidad a utilizar su tiempo a partir de sus propias experiencias y capacidades. El primer tipo es el estudiante que no ha salido de Cronos y que se acomoda con el tipo de maestro que parte de la idea de que sabe y debe enseñarle al estudiante que según este maestro, no sabe, y para ello plantea un camino lineal y veloz, por el que el estudiante corre azuzado por el maestro, obedeciendo, haciendo lo que le dice.

El maestro alternativo, el otro, el que cree en el ocio, es un maestro que parte de la idea de que sabe que no sabe, y está dispuesto a aprender junto al estudiante. No es una pose, sabe que lo que sabe es muy poco, y que va a la escuela igual que su estudiante a aprender… y lo hace caminando por un camino lento, que se va haciendo día con día, en los lapsos de tiempo libre y privilegiado que ofrece la universidad. Es el maestro que al ver que convirtieron el salón o sitio de encuentro, en un salón “de clases” es decir, que lo convirtieron en un sitio para negociar maestro-estudiante, prefiere salir al jardín para conversar con el estudiante en el espacio del ocio que es a cielo abierto, sabiendo que no tiene el poder ni la manera de resolver o eximir al estudiante de aprender jugando. El buen maestro rehúsa aceptar que sus estudiantes se sienten en pupitres alineados, frente a un pizarrón. Sabe que el estudiante estático, cuyo cuerpo permanece hundido fuera de la vista y su cabeza es lo único que pareciera servir de algo, es un estudiante pasivo, que se aburre, que no habla, que se resiste, que está en conflicto, porque se le está obligando a obedecer. Por eso lo invita a salir al aire libre, al campo abierto.

Lo principal en este tipo de maestro es el movimiento. Como decía Simón Rodríguez: “prefiero el aire el agua y el sol, todo lo que se mueve, a los árboles que se quedan quietos en un mismo lugar”. El docente se mueve, se mueve a través de la penumbra que comparte con el estudiante. No los pone abajo del sol o de un foco, sino que los guía por debajo de las sombras de los árboles, del bosque, que es el conocimiento. En la penumbra, es donde el estudiante aguza su visión, sus sentidos, se va con tiento, paso a paso, para no tropezarse y caer, para descubrir entre las sombras, la forma de las cosas. El maestro se mueve atentamente, abre su sensibilidad, su percepción, desde la experiencia que cada cual posee, lejos de imponer, de dar lecciones, sino simplemente, concentrado en las relaciones que se crean en el espacio del tiempo libre. Y de esa manera, atraviesan un bosque y el otro, disfrutando el tiempo de ocio que les permite descubrir a la Naturaleza, disfrutar de sus lecciones, ubicarse en el mundo.

Luis Porter

NOTA: Aunque Luis y yo creemos que los curriculum vitae producen monstruos, de todas maneras debo decir que él es arquitecto, diseñador, investigador-profesor de la UAM-Xochimilco, urbanista, innovador de pedagogías, restaurador de objetos perdidos, poeta, autor y coordinador de libros sobre educación y universidad, conferenciante, conspirador contra las burocracias universitarias… un artista pues.

La Defense: incursión fotográfica en el lado oculto de la luna

El chofer del servicio de traslados nos estaba esperando ya con un pequeño cartel con mi nombre. Bastó un breve intercambio de palabras para llegar a tres conclusiones importantes: 1) yo no hablo francés; 2) él no habla español ni inglés; 3) ninguno de los dos habla el macedonio ni el euskera. Le dije que íbamos a un hotel en La Defense y le proporcioné una tarjeta con la dirección exacta. La leyó y la introdujo a su sistema de GPS. Todo, aparentemente, bajo control. En unos veinte minutos llegamos a esta zona y nos introdujimos en un mundo de avenidas, pasos a desnivel y glorietas. El chofer veía con cierta preocupación la pantalla del GPS y parecía no comprender la situación. En su básico inglés me decía “it’s very complex”. Cosa que nos quedó bien clara después de otros veinte minutos de dar vueltas y tomar otras rampas y no llegar a nuestro destino. Me pidió de nuevo la tarjeta para ver el teléfono del hotel. Habló y pidió instrucciones para llegar. Escuchaba y repetía  “d’accord, d’accord” (frase que me tranquilizaba). Colgó y nos embarcamos en otro round de vueltas y retornos… y nada. Habló dos veces más y seguía con su “d’accord”, entre otras frases que denotaban una creciente desesperación. Después de diez minutos más de intentos al fin llegamos a la puerta de nuestro hotel. Respiró aliviado y se deshizo en disculpas y volvió a decir que la zona era “very complex”. Gracias a mi escaso francés de guía turística, pude captar ese “Desolé!… Desolé!”.

¡Al fin en La Defense!

Escultura After Olympia, de Anthony Caro, con el Gran Arco al fondo. La Defense, París. © Arturo Guillaumín T. / 2017.
Carpe Diem. La Defense, París. © Arturo Guillaumín T. / 2017.
Escultura la Araña Roja, de Alexander Calder. La Defense, París. © Arturo Guillaumín T. / 2017.
El Gran Arco de la Fraternidad. La Defense, París. © Arturo Guillaumín T. / 2017.

Pero, ¿qué carambas es La Defense (La Defensa, en español)? Se trata del barrio de negocios de París que, para no irrumpir en el corazón de la capital francesa ni romper con la arquitectura clásica, parques y bulevares haussmannianos que tanto nos atraen, se asentó a dos kilómetros de los límites externos de su centro, en el oeste, cruzando el río Sena. De esta manera, no se afectó ninguno de sus 20 distritos (arrondissements), dotados cada uno de su propio carácter e historia. Estamos hablando de una extensa zona de 160 hectáreas situadas en tres comunas: Nanterre, Puteaux y Courbevoie. Tiene una explanada peatonal (¡una maravilla!) de 31 hectáreas, que conecta los edificios y que incluye jardines colgantes, rampas y pasajes, además de ochenta obras de arte (que convierten al área en un museo al aire libre), áreas de descanso, diversión, salas de exposición, comercio  y mercados. La zona está perfectamente conectada con el resto de París por medio de la Línea 1 del metro y el RER (Réseau Express Regional), que es el sistema ferroviario regional. En solo 15 minutos se puede uno bajar en el Museo del Louvre, o en 5 minutos más en la Plaza de la Bastilla. A los habitantes y trabajadores de La Defense se les llama “Defénsois” que, por cierto, suena bien.

Ciclista, haciendo alto en la explanada. La Defense, París (foto tomada desde el cuarto del hotel). © Arturo Guillaumín T. / 2017.
Anuncio luminoso del enorme centro comercial Quatre Temps. La Defense, París. © Arturo Guillaumín T. / 2017.
Texting junto al espejo de agua Takis, adornado con ligeras esculturas coronadas con luces. La Defense, París. © Arturo Guillaumín T. / 2017.
Viva el Viento, de Michael Deverne (un ave posada en una lámpara me mira con desconfianza). La Defense, París. © Arturo Guillaumín T. / 2017.

La construcción de La Defense inició en la década de 1960, pero fue diez años después que la zona adquirió impulso. Si bien al comienzo los diseños eran más bien convencionales, poco a poco se hicieron más audaces y el único limite sería la creatividad de los arquitectos, urbanistas y artistas plásticos que, en conjunto, imprimieron un sello tan especial que hoy constituye un lugar que merece ser visitado, al igual que la Torre Eiffel, Montmartre o el Barrio Latino. Aquí coexisten perfectamente la escala de los grandes rascacielos con la de espacios acogedores “a ras del suelo” donde se puede convivir, hacer ejercicio, aprender a bailar o comprar quesos y verduras directamente de los productores locales. El centro de atención de todo el conjunto es el Gran Arco, situado en el extremo oeste de la explanada: un inmenso cubo de hormigón recubierto de cristal y mármol blanco de Carrara, de 110 metros de lado y con un peso de 300 mil toneladas. La catedral de Notre Dame cabe completamente entre las paredes del Arco. Por dentro, alberga diversas dependencias de gobierno y de empresas francesas e internacionales. Si se mira un mapa, se puede constatar que el Gran Arco está en alineación con el Arco del Triunfo, el obelisco de la Plaza de la Concordia, el Arco del Carrusel y la pirámide de cristal del Museo del Louvre. ¡Vaya si son obsesivos estos urbanistas con el orden!

Reflejos y texturas de los edificios. La Defense, París. © Arturo Guillaumín T. / 2017.
La Fuente de las Corolas, de Louis Leygue. La Defense, París. © Arturo Guillaumín T. / 2017.
Perspectiva de la explanada. La Defense, París. © Arturo Guillaumín T. / 2017.

La Defense cuenta con un sitio oficial en Internet (www.ladefense.fr) muy bien organizado donde podemos encontrar información de primera mano para visitar y conocer mejor este barrio. Incluso tiene un catálogo pormenorizado de las obras de arte que están distribuidas en distintas partes de la explanada. Por cierto, ésta extensa superficie se puede recorrer con un mapa o una guía en la mano o, como nosotros, dejándonos llevar por la curiosidad y descubrir sus inesperados rincones, que pueden incluir un cultivo de vides, árboles con una estructura de madera para que los visitantes observen de cerca sus copas (con la benevolencia de los pájaros que los habitan), agradables bares al aire libre donde se puede disfrutar la “hora feliz”, una visita a la cubierta del Gran Arco con vistas espectaculares de París… Aunque se intente, es casi imposible perderse en La Defense, debido a que se encuentra muy bien señalizada. Una de las cosas que descubrimos es que los turistas aún son una minoría entre la gente que recorre esta área. Nada de filas interminables o grupos conducidos por sus guías, indicándoles que miren a la derecha o a la izquierda, lo cual es de agradecer, sobre todo en verano. No hay que olvidar que París es visitada por más de 18 millones de turistas extranjeros cada año.

Conjunto de árboles con rampa para explorar sus copas. La Defense, París. © Arturo Guillaumín T. / 2017.
La Fundación Louis Vuitton en el bosque de Bolonia (izq.), y la Torre Eiffel al fondo (foto tomada desde la ventana del hotel). La Defense, París. © Arturo Guillaumín T. / 2017.
Espejismos fotográficos. La Defense, París. © Arturo Guillaumín T. / 2017.
Jugando con los reflejos de los edificios. La Defense, París. © Arturo Guillaumín T. / 2017.

Alojarnos en un hotel de La Defense, nos permitió explorar y conocer una nueva dimensión de la ya alucinante ciudad de París. Desde nuestra habitación teníamos una gran panorámica que incluía no sólo la explanada central, sino también la Fundación Louis Vuitton, en medio del Bosque de Bolonia, y la Torre Eiffel al fondo. Por cierto, si el lector o lectora de esta entrada observa la foto correspondiente a esta vista (dos fotos arriba) podrá advertir una edificación enorme que se levanta y oculta mínimamente la Fundación en el extremo izquierdo. He consultado mapas y fotos satelitales (incluyendo Google Earth) y no encuentro ni una pista de cuál puede ser. ¿Alguna sugerencia? Por lo pronto queda como un enigma a resolver.

Finalmente, si se están preguntando quién vino a recogernos para llevarnos de vuelta al aeropuerto al final de nuestra estancia (yo sí lo hice, y con cierta preocupación)… sí, justamente el mismo chofer que nos trajo. Llegó cinco minutos antes de lo convenido y con una amplia sonrisa que claramente significaba “Not very complex!”. Salimos sin contratiempo alguno y llegamos rápido al CDG.

¿Platillo volador aterrizando? La Defense, París. © Arturo Guillaumín T. / 2017.
Parque La Danza, de Shelomo Selinger. La Defense, París. © Arturo Guillaumín T. / 2017.
Fuente de agua potable, de Claude Torricini. Dentro de la boca de la rana hay otra más pequeña por donde sale el agua. La Defense, París. © Arturo Guillaumín T. / 2017.
Escultura que inspiró el nombre del barrio: La Defensa de París, 1883, de Louis Ernest Barrias. La Defense, París. © Arturo Guillaumín T. / 2017.

Surrea-Grafías

Veo que mi entrada más reciente es del 5 de febrero. Es decir, han pasado 5 meses y 4 días sin que haya escrito nada nuevo en este blog. Sin embargo, debo decir que las fotografías que aparecen en esta entrada han estado listas para publicarse desde hace más de seis meses. El problema consistía en que no sabía qué texto debía acompañarlas. Una primera idea fue la de simplemente dejar que las fotografías hablaran por sí solas. Después de varios días con sus noches, bajo una observación muy rigurosa y científica, descubrí que las fotografías no hablan, a pesar de la extendida creencia de que sí lo hacen.

Mujer bailando en el Tate Modern.

Mujer bailando en el Tate Modern, Londres. © Arturo Guillaumín T. / 2014.

Calle a la boloñesa
Calle a la boloñesa. (C) Arturo Guillaumín T. / 2016

El problema parecía ser la escritura misma. Después de meditarlo un rato, me di cuenta que lo que yo sufría era lo que en inglés se denomina writer’s block, es decir “bloqueo del escritor”. Pero después de extender mi meditación por unos cinco segundos adicionales, caí en la cuenta de que yo no soy escritor y que, por tanto, no podía sufrir de esa interesante aflicción. Así que inmediatamente se me ocurrió consultar el terminajo en Wikipedia. Allí encuentro que el susodicho bloqueo también se da en “otros autores creativos” cuando están faltos de ideas que les permita avanzar sus obras. Decido acogerme a la Quinta Enmienda de la Constitución de Maui y considerarme dentro de esos “otros” autores creativos.

Notre Dame

Notre Dame en la tarde-noche, La Cité. © Arturo Guillaumin T. / 2016.

Puertas y ventanas
Puertas y ventanas escherianas, Bolonia. © Arturo Guillaumin T. / 2016.
Estatua de Dante
Dante a la entrada de Santa Croce, Florencia© Arturo Guillaumin T. / 2016.

En resumen, me ha costado mucho trabajo decidir qué texto podía acompañar la serie de fotografías que presento en esta entrada. La primera opción que se me ocurrió, como ya se dijo, fue desechada. Tampoco sabía si describir técnicamente el método que seguí para lograr estos efectos van goghianos… O mejor contar acerca de las condiciones ambientales en las que tomé cada una de ellas: temperatura, presión atmosférica, humedad, emisiones de CO2, etc. Una cuarta opción me resultó más atractiva: tejer una mini-historia alrededor de cada foto. Pero eso podría resultar excesivo y llevaría demasiado espacio. Por supuesto, también sopesé la opción de escribir una sola narrativa que ligara las nueve fotografías en un solo tiro: la misteriosa mujer que baila en una de las inmensas salas del Tate Modern huye por la puerta trasera (no sabemos de qué) que la lleva a un embarcadero donde secuestra la tripulación de una embarcación, a la que obliga a llevarla hasta La Cité, en el río Sena, donde conoce a un extraño obispo que… Mentalmente todo encajaba a la perfección, de no ser por el perro que deambulaba felizmente por una placita de Guanajuato.

Fuente con perro.
Fuente con perro, Guanajuato. © Arturo Guillaumin T. / 2013
Plaza de los Milagros
Plaza de los Milagros, Pisa. © Arturo Guillaumin T. / 2016.
Portón
Portón a contraluz, Bolonia© Arturo Guillaumin T. / 2016.
Nenúfares a la Monet
Nenúfares a la Monet, Giverny, Francia. (C) Arturo Guillaumin T. 2015.

Bueno, finalmente decidí no escribir nada y dejar que ocurriera el milagro: que en verdad las fotografías hablaran por sí solas.

Sabático

Operadora del 911: 911, ¿cuál es su emergencia?

Arturo: Hola… estoy de año sabático.

Operadora: ¿Hay alguien con usted?

Arturo: ¿Mi gata Cuchi cuenta?

Operadora: No, me temo que no. Me refiero a un humano.

Arturo: No, no hay nadie conmigo.

Operadora: ¿Quiere decir que vive solo? Es decir, ¿no vive con su esposa, hijos, hermanos, tíos, otros parientes?

Arturo: No estoy seguro.

Operadora: Está bien. Le voy a pedir que en ningún momento cuelgue, que siga conmigo hasta que llegue el EEES (*) que ya va en camino a su casa.

Arturo: Bien.

Operadora: ¿Me podría dar su nombre, por favor?

Arturo: Arturo.

Operadora: Muy bien, Arturo. ¿Recuerda bajo qué modalidad solicitó su año sabático?

Arturo: No estoy seguro.

Operadora: Mire, a veces se solicita para hacer estudios de posgrado o para realizar una estancia de investigación en una universidad del país o del extranjero. ¿Le suena familiar esto?

Arturo: No, me temo que no.

Operadora: Entonces es muy probable que su sabático sea para escribir un libro.

Arturo: Tengo recuerdos vagos de algo así.

Operadora: No se preocupe, Arturo. Creo que nos estamos acercando. ¿Podría decirme qué estaba haciendo antes de llamar al 911?

Arturo: Veía algo en la computadora. Primero un documental sobre suricatas. Mmm… después algo sobre el bosón de Higgs, que explica la masa de las partículas elementales. Ya sabe, el Gran Colisionador de Hadrones en Ginebra.

Operadora: Sí, estoy al tanto de los avances de la teoría cuántica. Sobre todo del proceso mediante el cual los bosones vectoriales pueden obtener masa invariante sin romper explícitamente la invariancia de gauge, dentro de un modelo relativista.

Arturo: Bueno… y luego, usted sabe… eso me condujo a ver otros videos… ya ve cómo una cosa conduce a otra…

Operadora: ¿Por cuánto tiempo ha estado viendo pornografía?

Arturo: No estoy seguro. Quizá un par de horas… o días. Pero no puedo asegurarle nada… quizá una semana…

Operadora: No se preocupe, Arturo, es normal en estos casos. Recuerde que nuestro EEES ya está en camino y que llegará en cualquier momento.

Arturo: Gracias señorita… señora…

Operadora: Hemos hecho ya importantes avances, Arturo. Hemos establecido que su sabático es para escribir un libro. ¿Puede decirme si recuerda haber escrito algo? ¿Hay papeles en su escritorio que le den alguna pista sobre lo que está escribiendo?

Arturo: Déjeme ver… (pausa) Entre los papeles veo uno en el que se puede leer “Guión”.

Operadora: ¡Excelente! Es un hallazgo muy importante. Ahora, Arturo, ¿puede leer algo más después de la palabra “Guión”?

Arturo: Sí, lo que veo está escrito en forma de lista: “Introducción”, “Desarrollo” y “Conclusiones”.

Operadora: ¿Eso es todo? No hay nada más que nos pueda proporcionar información acerca de los contenidos de esos capítulos?

Arturo: Me temo que no. El resto de los papeles son cuentas por pagar que se han acumulado sobre mi escritorio… luz, agua, cable, tarjetas de crédito… No hay nada más.

Operadora: No se preocupe, Arturo. Me informa el EEES que ya está frente a la casa de usted. Todo lo que tiene que hacer es abrir la puerta para que entren. Ellos se encargarán de todo: desde hacerle recordar el tema sobre el que tiene que escribir, hasta cómo se llenan esos absurdos reportes bimestrales de su año sabático.

Arturo: Muchas gracias señorita… señora.

Operadora: Hasta aquí llega mi labor Arturo. Ha sido un placer conversar con usted. Le deseo un feliz y agradable año sabático.

Arturo: Gracias de nuevo señorita… señora.

 

(*)  EEES: Equipo de Emergencia para Extravíos Sabáticos.

Nota: Esta entrada fue inspirada por el divertido artículo de Colin Nissan “I Work from Home”, aparecido en The New Yorker digital del 2 de febrero de 2017.