Universidad y mercados de trabajo. Comentario breve al borde de la risa

Un mito bastante difundido en el medio de la educación superior aconseja que las universidades adapten su oferta de profesionales a los requerimientos de los mercados de trabajo, y que su respuesta oportuna constituye uno de sus principales aportes al desarrollo económico y social de la nación. Se parte de un extraño principio en donde los mercados de trabajo se sitúan en otro plano de existencia, como algo ajeno a la universidad, que le exige su atención inmediata: “Necesito 90 000 egresados de leyes, 3 de geografía, 220 000 de negocios internacionales, 4 de ecología, 85 000 de administración de recursos humanos, 2 de filosofía… todo para llevar”. La noción de mercado ha sido personificada para atribuirle voluntad propia: “el mercado de trabajo deja fuera…”, “los mercados de trabajo exigen…”. Estamos frente a la mano invisible de Adam Smith que parece seguir gozando de buena salud y estar dotada de una extraña y caprichosa inteligencia.

Pero, ¿qué son los mercados de trabajo? Bueno, ya sabemos que en ellos confluyen la oferta (trabajadores dispuestos a trabajar) y la demanda (empleadores que necesitan trabajadores). Pero éstos están definidos por un conjunto de elementos y relaciones de la más heterogénea naturaleza. Están constituidos por una miríada de combinaciones de las siguientes cosas: instituciones con distintas historias, algunas honorables, otras no tanto; tomadores de decisiones con diversos grados de formación académica (o ninguna), sesgos políticos, ignorancias, prejuicios y fobias; burocracias, sindicatos y líderes (incluye a sus familiares) que modelan (deforman) la demanda de insospechadas maneras; normas escritas y curriculas ocultas; orden franciscano y dispendio discrecional de recursos; omisión y redundancia; personas brillantes, personas mediocres, personas decentes, personas corruptas, zombis; símbolos y rituales que mueven los hilos tras bambalinas; búsqueda y ejercicio del poder de jefes y subordinados; protocolos muy precisos y normas muy laxas (tanto que dejan de ser normas); innovación y resistencia al cambio; y por muchas otras cosas más que vienen en diferentes colores, tamaños y presentaciones. De todo esto están hechos los mercados de trabajo, de lo que constituye la naturaleza de las relaciones humanas, incluyendo las bajas pasiones (lo que da un toque interesante al asunto).

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Patio con columnas. (c) Arturo Guillaumín T. / 2017

Lejos está la realidad que nos describen los libros de texto de economía, sobre sistemas ideales donde se combinan óptima y milagrosamente la eficiencia, los perfiles de las personas con los puestos de trabajo, la productividad, el conocimiento perfecto de la realidad, las habilidades y las actitudes en mágicas proporciones, etc. Lo que queremos decir es que los mercados de trabajo son imperfectos, sesgados y en los que imperan diversas y contradictorias racionalidades: “Necesitamos gente de Biología, para que siembren arbolitos. Si son muchachas, mejor”; “¿Para qué queremos expertos en cambio climático o sustentabilidad? Contratemos mejor edecanes para que hagan unas encuestas”; “No necesitamos ingenieros expertos para la construcción de estas obras de comunicación de alta especificación. Podemos formar de volada una empresa que se haga cargo de este jugoso contrato”. Por supuesto, debe haber muchos ejemplos positivos, pero por el momento no se me ocurre alguno. Pienso: ¿Sabrán los mercados de trabajo qué hacen y pueden hacer los filósofos? Digo, aparte de dar clases de filosofía (para que los alumnos se pregunten para qué sirve).

Si los diagnósticos calificados de expertos acerca de los problemas que más nos aquejan sirvieran para algo, las universidades estarían formando los profesionales para resolver problemas tan acuciantes como la pobreza, la destrucción de los ecosistemas, el cambio climático, el hambre y la desnutrición (que no es cuestión de nutriólogos), la contaminación de tierra, aguas y atmósfera, y un largo etcétera. Nuestras instituciones estarían trabajando en los nuevos campos híbridos de conocimiento y formando transdisciplinariamente a los jóvenes, abriendo e innovando el panorama de las profesiones (que hoy ya huelen a formol). ¿Cuándo tendremos egresados (perdón, pero así les dicen nuestros expertos en educación) de Biomimética, de Metabolismo Social, de Bioarquitectura, de Permacultura, de Bioeconomía o de Análisis de Flujos Materiales. Pero no. La mayoría de nuestras universidades siguen entretenidas con modelos dizque innovadores y flexibles, anclados a una estructura napoleónica que enseña en disciplinas y facultades separadas. ¿Vale la pena seguir ciegamente los dictados de los mercados de trabajo? Yo creo que no, con el debido respeto a ellos, que podrían no estar de acuerdo conmigo.

Chica cruzando el patio
Chica de azul cruzando el patio. (c) Arturo Guillaumín T. / 2017

Prevalece la creencia de que la universidad debe responder a las “necesidades” de la economía convencional (sí, esa que destruye comunidades humanas y ecosistemas en todo el mundo). Esto equivale a afirmar que la universidad debe seguir con su actitud pasiva y acrítica frente al llamado desarrollo económico y social y ofrecer aquellos “recursos humanos” (perdón de nuevo, pero así dicen los economistas y los administradores) en cantidad y calidad que los mercados de trabajo demandan. Pero no sé si ya nos hemos dado cuenta que la universidad es también parte de la sociedad. Bueno, al menos es lo que ha tratado de demostrar en sus diez siglos de existencia. Según yo, la universidad debiera adoptar un papel proactivo en este sentido y no sólo de proveedor desinformado. La universidad debiera ser un factor muy importante en la construcción del futuro de las sociedades y atender a los problemas realmente importantes que ponen en peligro la viabilidad de la civilización y de las sociedades, y no a las siempre “prioritarias” demandas de los mercados.

NOTA : Esta entrada está dedicada a Gladis, mujer de extraordinaria creatividad e investigadora en ciernes en el campo de la ecología. No obstante, los mercados de trabajo decidieron que toda su formación científica y su perfil son los ideales para desempeñar un puesto burocrático, repetitivo y alienante. Al menos por el momento.

 

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