Entre un cuarteto de cuerdas, fractales y enfermeras

La morfina es una potente droga que se extrae del opio (adormidera), de uso frecuente como analgésico en medicina. El nombre se lo dio su descubridor, el farmacéutico alemán Friedrich Wilhelm Adam Sertürner, en honor a Morfeo, el dios griego de los sueños. Su fórmula es C17H19NO3, en caso de que quieran ponerla en el juego de Scrable. Es una droga psicoactiva que provoca poderosos efectos relajantes, analgésicos y narcóticos. También leo en Wikipedia que suele generar sensaciones placenteras y alucinaciones: percepción de elementos que no encuentran correlato en el mundo real (pero también otros que sí lo tienen… me consta). La adormidera no es otra que la planta que conocemos con el nombre de amapola real y cuyo nombre científico es Papaver somniferum. Recuerdo que hace algunos años, por la belleza de sus flores, las amapolas solían habitar en muchos jardines de las casas. Pero ya nadie se anima a tenerlas.

Por otra parte, Bernard Herrmann (1911-1975) fue un músico estadounidense que se especializó en la composición de temas para películas, como Ciudadano Kane, Taxi driver y Farenheit 451. Pero quizá su composición más conocida sea la música que hizo para la película Psicosis (1960), dirigida por Alfred Hitchcock. Nota: sigue spoiler. A todos quienes la vimos, se nos quedó grabado en las profundidades de nuestros lóbulos temporales ese fragmento para la escena de la regadera, en la que Norman (Anthony Perkins) apuñala a Marion (Janet Leigh): esas notas chillonas y agudas de las cuerdas repetidas una y otra vez, al ritmo del cuchillo al clavarse en el cuerpo de la chica. La obra lleva el título de Psycho Suite y tiene una duración aproximada de 9 minutos. Está dividida en 11 mini-temas que corresponden a igual número de situaciones de la trama. Incluida, por supuesto, la terrible escena de la regadera. Si bien Herrmann compuso la obra para cuarteto de cuerdas, hay una versión interesante para orquesta sinfónica (secciones de cuerdas), que se puede ver en YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=fQwzJ6VvUD0. Nota: la parte de la regadera comienza a los 5:53 minutos.

Justo el día de mi cumpleaños ingresé al hospital, con dolores abdominales muy fuertes. Después de un largo y minucioso examen e interrogatorio, fui diagnosticado: lo que me aquejaba merecía por lo menos un par de semanas internado hasta que la crisis fuera superada. De ahí podría irme a casa para seguir recuperándome. Estuve en la sala de urgencias varias horas, después de las cuales me llevaron a mi cuarto. A partir de ese momento fui sometido a una medicación cronométricamente administrada día, tarde y noche, a una dieta muy rigurosa y a un poderoso analgésico que me aplicaron por vía intravenosa durante la primera semana. La dieta, debo decir, en verdad fue implacable. Nada de lo que me gustaba podía comer y todo lo que odiaba era precisamente lo que me servían: tés de yerbajos, atoles espesos, gelatinas con sabor artificial, consomés y ensaladas de zanahoria con chayote. ¡El temible chayote! Siempre he creído que fue una anomalía en los 3 900 millones de años de evolución de la vida en la Tierra. Cada vez que entraba alguno de los doctores (llegué a contar hasta 34), le preguntaba “¿Cuándo cree que pueda volver a comer unas enfrijoladas con huevo, chorizo de Las Vigas y salsa de chile seco?”. Nunca me contestaban. Se limitaban a sonreír, revisar mi bitácora y salir de la habitación tan rápido como habían entrado.

Es justo mencionar que el conjunto de enfermeras que me atendió durante 18 días constituyó un verdadero mecanismo de relojería las 24 horas del día. La aplicación de medicamentos vía intravenosa, el registro de la temperatura, la presión y otros signos vitales, así como asegurar que el catéter estuviera funcionando adecuadamente, se llevaba a cabo con precisión matemática. Su labor no solo la desempeñaban con profesionalismo sino también con sentido del humor. Debo confesar que la imagen que tenía de las enfermeras cambió por completo. Cuando estaba en la primaria, cada año, todos los niños teníamos que presentar un certificado de salud que incluía una radiografía de tórax y el temible análisis de sangre. Las enfermeras que nos atendían entonces en el Centro Gastón Melo disfrutaban viendo cómo casi nos desmayábamos ante la presencia de la jeringa. Nos trataban con rudeza y nos daban órdenes como “¡No te muevas, mocoso tonto, o te voy a volver a picar!”. Llegué incluso a pensar que si El Santo (el enmascarado de plata) iba a perder alguna vez en el ring, tenía que ser con las Enfermeras del Gastón Melo. Nunca tuve la menor duda.

En la madrugada del día # 1 de mi estancia en el hospital, a las tres de la mañana para ser exactos, tuve la primera señal. La habitación estaba completamente oscura. De pronto, la puerta se abrió y entró un intenso haz de luz que provenía del pasillo que me obligó a entrecerrar los ojos. Fue cuando apareció la oscura silueta de una enfermera armada con una descomunal jeringa. En esos precisos momentos, comencé a escuchar el tema de la escena de la regadera de Psycho Suite. Entonces comprendí cómo iba a estar la cosa en el hospital: ¡Nada mal! Mi segunda experiencia sucedió cuando me llevaban a realizar un ultrasonido abdominal. El camillero empujaba con entusiasmo mi camilla por interminables corredores, sorteando con habilidad doctores, enfermeras y pacientes, a quienes solo les veía el torso. El recorrido por ese laberinto se me hizo interminable. De pronto, salido de no sé dónde, nos rebasó un ciclista enfundado en su malla ajustada, con su casco y goggles de carreras: llevaba el suéter amarillo de líder de la etapa, ¡como en el Tour de France! Me saludó con un movimiento de cabeza y me aventó una botella de agua sin darme tiempo a agradecerle el gesto. Y esto apenas comenzaba.

En efecto, eso fue apenas el comienzo. Durante una semana no supe si estaba despierto, dormido o alucinando. O todos estos estados superpuestos a la vez, parecido al caso del gato de Schrödinger (solo que en una caja más grande). Una de las experiencias más placenteras se repetía todas las noches antes de dormir: cientos de miles de hormigas salían de un pequeño orificio en la pared, frente a mi cama. Realizaban complejas formaciones que siempre terminaban reproduciendo figuras fractales, esas estructuras geométricas que consisten en la repetición del mismo patrón a distintas escalas. Pude corroborar, por otra parte, que mi tiempo transcurría más lentamente que el tiempo de los demás. Cuando yo creía que debían ser las cuatro o cinco de la mañana, apenas iban a ser las 9 o 10 de la noche. Estoy seguro que esto tiene que ver con la Teoría Especial de la Relatividad de Einstein, particularmente con la paradoja de los gemelos y sus relojes: según mis cálculos, salí del hospital unas 177 horas rejuvenecido (que finalmente me fueron descontadas por el padecimiento por el que fui internado en el hospital). También pude dialogar con algunos autores de libros que recién había leído. Con el artista chino Ai Wei Wei pude discutir acerca de la posibilidad de preparar un chilpachole con los cangrejos (He Xie) de porcelana de una de sus exposiciones. Con Stefano Mancuso (léase su The Revolutionary Genius of Plants, Atria Books, 2017) hablamos sobre el papel de las plantas en la construcción de territorios sustentables y el futuro de la especie humana, siempre y cuando no se incluyera al chayote.

Si bien la dieta, la comida y estar en cama (esta última experiencia, la más deshabilitante jamás experimentada) durante los 18 días que permanecí en el hospital fue realmente algo espeluznante, los poderosos efectos del analgésico que me aplicaron rescataron por completo la experiencia. Ahora sé todo de lo que me perdí durante la década de los años 60.

Friedrich Wilhelm Adam Sertürner, (c) AKG Images.

Esta entrada está dedicada a la memoria de Friedrich Wilhelm Adam Sertürner.

Universidad y mercados de trabajo. Comentario breve al borde de la risa

Un mito bastante difundido en el medio de la educación superior aconseja que las universidades adapten su oferta de profesionales a los requerimientos de los mercados de trabajo, y que su respuesta oportuna constituye uno de sus principales aportes al desarrollo económico y social de la nación. Se parte de un extraño principio en donde los mercados de trabajo se sitúan en otro plano de existencia, como algo ajeno a la universidad, que le exige su atención inmediata: “Necesito 90 000 egresados de leyes, 3 de geografía, 220 000 de negocios internacionales, 4 de ecología, 85 000 de administración de recursos humanos, 2 de filosofía… todo para llevar”. La noción de mercado ha sido personificada para atribuirle voluntad propia: “el mercado de trabajo deja fuera…”, “los mercados de trabajo exigen…”. Estamos frente a la mano invisible de Adam Smith que parece seguir gozando de buena salud y estar dotada de una extraña y caprichosa inteligencia.

Pero, ¿qué son los mercados de trabajo? Bueno, ya sabemos que en ellos confluyen la oferta (trabajadores dispuestos a trabajar) y la demanda (empleadores que necesitan trabajadores). Pero éstos están definidos por un conjunto de elementos y relaciones de la más heterogénea naturaleza. Están constituidos por una miríada de combinaciones de las siguientes cosas: instituciones con distintas historias, algunas honorables, otras no tanto; tomadores de decisiones con diversos grados de formación académica (o ninguna), sesgos políticos, ignorancias, prejuicios y fobias; burocracias, sindicatos y líderes (incluye a sus familiares) que modelan (deforman) la demanda de insospechadas maneras; normas escritas y curriculas ocultas; orden franciscano y dispendio discrecional de recursos; omisión y redundancia; personas brillantes, personas mediocres, personas decentes, personas corruptas, zombis; símbolos y rituales que mueven los hilos tras bambalinas; búsqueda y ejercicio del poder de jefes y subordinados; protocolos muy precisos y normas muy laxas (tanto que dejan de ser normas); innovación y resistencia al cambio; y por muchas otras cosas más que vienen en diferentes colores, tamaños y presentaciones. De todo esto están hechos los mercados de trabajo, de lo que constituye la naturaleza de las relaciones humanas, incluyendo las bajas pasiones (lo que da un toque interesante al asunto).

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Patio con columnas. (c) Arturo Guillaumín T. / 2017

Lejos está la realidad que nos describen los libros de texto de economía, sobre sistemas ideales donde se combinan óptima y milagrosamente la eficiencia, los perfiles de las personas con los puestos de trabajo, la productividad, el conocimiento perfecto de la realidad, las habilidades y las actitudes en mágicas proporciones, etc. Lo que queremos decir es que los mercados de trabajo son imperfectos, sesgados y en los que imperan diversas y contradictorias racionalidades: “Necesitamos gente de Biología, para que siembren arbolitos. Si son muchachas, mejor”; “¿Para qué queremos expertos en cambio climático o sustentabilidad? Contratemos mejor edecanes para que hagan unas encuestas”; “No necesitamos ingenieros expertos para la construcción de estas obras de comunicación de alta especificación. Podemos formar de volada una empresa que se haga cargo de este jugoso contrato”. Por supuesto, debe haber muchos ejemplos positivos, pero por el momento no se me ocurre alguno. Pienso: ¿Sabrán los mercados de trabajo qué hacen y pueden hacer los filósofos? Digo, aparte de dar clases de filosofía (para que los alumnos se pregunten para qué sirve).

Si los diagnósticos calificados de expertos acerca de los problemas que más nos aquejan sirvieran para algo, las universidades estarían formando los profesionales para resolver problemas tan acuciantes como la pobreza, la destrucción de los ecosistemas, el cambio climático, el hambre y la desnutrición (que no es cuestión de nutriólogos), la contaminación de tierra, aguas y atmósfera, y un largo etcétera. Nuestras instituciones estarían trabajando en los nuevos campos híbridos de conocimiento y formando transdisciplinariamente a los jóvenes, abriendo e innovando el panorama de las profesiones (que hoy ya huelen a formol). ¿Cuándo tendremos egresados (perdón, pero así les dicen nuestros expertos en educación) de Biomimética, de Metabolismo Social, de Bioarquitectura, de Permacultura, de Bioeconomía o de Análisis de Flujos Materiales. Pero no. La mayoría de nuestras universidades siguen entretenidas con modelos dizque innovadores y flexibles, anclados a una estructura napoleónica que enseña en disciplinas y facultades separadas. ¿Vale la pena seguir ciegamente los dictados de los mercados de trabajo? Yo creo que no, con el debido respeto a ellos, que podrían no estar de acuerdo conmigo.

Chica cruzando el patio
Chica de azul cruzando el patio. (c) Arturo Guillaumín T. / 2017

Prevalece la creencia de que la universidad debe responder a las “necesidades” de la economía convencional (sí, esa que destruye comunidades humanas y ecosistemas en todo el mundo). Esto equivale a afirmar que la universidad debe seguir con su actitud pasiva y acrítica frente al llamado desarrollo económico y social y ofrecer aquellos “recursos humanos” (perdón de nuevo, pero así dicen los economistas y los administradores) en cantidad y calidad que los mercados de trabajo demandan. Pero no sé si ya nos hemos dado cuenta que la universidad es también parte de la sociedad. Bueno, al menos es lo que ha tratado de demostrar en sus diez siglos de existencia. Según yo, la universidad debiera adoptar un papel proactivo en este sentido y no sólo de proveedor desinformado. La universidad debiera ser un factor muy importante en la construcción del futuro de las sociedades y atender a los problemas realmente importantes que ponen en peligro la viabilidad de la civilización y de las sociedades, y no a las siempre “prioritarias” demandas de los mercados.

NOTA : Esta entrada está dedicada a Gladis, mujer de extraordinaria creatividad e investigadora en ciernes en el campo de la ecología. No obstante, los mercados de trabajo decidieron que toda su formación científica y su perfil son los ideales para desempeñar un puesto burocrático, repetitivo y alienante. Al menos por el momento.

 

Sabático

Operadora del 911: 911, ¿cuál es su emergencia?

Arturo: Hola… estoy de año sabático.

Operadora: ¿Hay alguien con usted?

Arturo: ¿Mi gata Cuchi cuenta?

Operadora: No, me temo que no. Me refiero a un humano.

Arturo: No, no hay nadie conmigo.

Operadora: ¿Quiere decir que vive solo? Es decir, ¿no vive con su esposa, hijos, hermanos, tíos, otros parientes?

Arturo: No estoy seguro.

Operadora: Está bien. Le voy a pedir que en ningún momento cuelgue, que siga conmigo hasta que llegue el EEES (*) que ya va en camino a su casa.

Arturo: Bien.

Operadora: ¿Me podría dar su nombre, por favor?

Arturo: Arturo.

Operadora: Muy bien, Arturo. ¿Recuerda bajo qué modalidad solicitó su año sabático?

Arturo: No estoy seguro.

Operadora: Mire, a veces se solicita para hacer estudios de posgrado o para realizar una estancia de investigación en una universidad del país o del extranjero. ¿Le suena familiar esto?

Arturo: No, me temo que no.

Operadora: Entonces es muy probable que su sabático sea para escribir un libro.

Arturo: Tengo recuerdos vagos de algo así.

Operadora: No se preocupe, Arturo. Creo que nos estamos acercando. ¿Podría decirme qué estaba haciendo antes de llamar al 911?

Arturo: Veía algo en la computadora. Primero un documental sobre suricatas. Mmm… después algo sobre el bosón de Higgs, que explica la masa de las partículas elementales. Ya sabe, el Gran Colisionador de Hadrones en Ginebra.

Operadora: Sí, estoy al tanto de los avances de la teoría cuántica. Sobre todo del proceso mediante el cual los bosones vectoriales pueden obtener masa invariante sin romper explícitamente la invariancia de gauge, dentro de un modelo relativista.

Arturo: Bueno… y luego, usted sabe… eso me condujo a ver otros videos… ya ve cómo una cosa conduce a otra…

Operadora: ¿Por cuánto tiempo ha estado viendo pornografía?

Arturo: No estoy seguro. Quizá un par de horas… o días. Pero no puedo asegurarle nada… quizá una semana…

Operadora: No se preocupe, Arturo, es normal en estos casos. Recuerde que nuestro EEES ya está en camino y que llegará en cualquier momento.

Arturo: Gracias señorita… señora…

Operadora: Hemos hecho ya importantes avances, Arturo. Hemos establecido que su sabático es para escribir un libro. ¿Puede decirme si recuerda haber escrito algo? ¿Hay papeles en su escritorio que le den alguna pista sobre lo que está escribiendo?

Arturo: Déjeme ver… (pausa) Entre los papeles veo uno en el que se puede leer “Guión”.

Operadora: ¡Excelente! Es un hallazgo muy importante. Ahora, Arturo, ¿puede leer algo más después de la palabra “Guión”?

Arturo: Sí, lo que veo está escrito en forma de lista: “Introducción”, “Desarrollo” y “Conclusiones”.

Operadora: ¿Eso es todo? No hay nada más que nos pueda proporcionar información acerca de los contenidos de esos capítulos?

Arturo: Me temo que no. El resto de los papeles son cuentas por pagar que se han acumulado sobre mi escritorio… luz, agua, cable, tarjetas de crédito… No hay nada más.

Operadora: No se preocupe, Arturo. Me informa el EEES que ya está frente a la casa de usted. Todo lo que tiene que hacer es abrir la puerta para que entren. Ellos se encargarán de todo: desde hacerle recordar el tema sobre el que tiene que escribir, hasta cómo se llenan esos absurdos reportes bimestrales de su año sabático.

Arturo: Muchas gracias señorita… señora.

Operadora: Hasta aquí llega mi labor Arturo. Ha sido un placer conversar con usted. Le deseo un feliz y agradable año sabático.

Arturo: Gracias de nuevo señorita… señora.

 

(*)  EEES: Equipo de Emergencia para Extravíos Sabáticos.

Nota: Esta entrada fue inspirada por el divertido artículo de Colin Nissan “I Work from Home”, aparecido en The New Yorker digital del 2 de febrero de 2017.

¿Qué WhatsApp?

Ya que nos encontrábamos en París, quise probar si el Whatsapp tenía un alcance de más de veinte metros (que es la distancia promedio a la que yo lo utilizo), enviando un mensaje al otro lado del charco. Tomé una foto del maravilloso edificio de la Fundación Louis Vuitton (ver entrada anterior) y se la envié a José Luis, con el siguiente texto: “Saludos desde París, mi querido amigo”. En verdad no creí que resultara la prueba. Más bien esperaba un aviso que me informara algo como: “Lo sentimos mucho. Su mensaje no pudo ser enviado. Por favor, haga una recarga extra de 50 € y ya veremos”.

Cuál sería mi sorpresa cuando de mi celular brotó la melodía que me anunciaba la recepción de un mensaje: “♬ tit-ta-ra-tit-tit ♬ B♭”. ¡Sí funciona! José Luis me había respondido en menos de tres minutos. Su respuesta fue: “Querido amigo rabelesiano –por la anterior alusión a Gargantúa–, es un extraordinario gusto recibir tu mensaje icónico desde la Ciudad de la Luz. Y ya que andas elongando el espíritu con la exquisita frivolidad parisina (¡Vuitton!), espero una imagen de los escaparates de las Galerías Lafayette. Enardece tu vivencia paseando por el Boulevard Clichy (¡Oh Pigalle!). Te abrazo desde esta ciudad, con menos calor que el de París, ¡pero también con menos belleza! Cuídate”.

Estoy ya acostumbrado a las referencias literarias y a ese lenguaje churrigueresco (tardío) que utiliza en estos intercambios por el celular. Desencripté lo que tenía que desencriptar y pasé al resto del mensaje. Allí había una petición y una recomendación. La primera, una fotografía de los aparadores de la famosa tienda Galerías Lafayette. La segunda, la sugerencia de recorrer el Boulevard Clichy, con especial atención al barrio de Pigalle, conocido ampliamente por las ofertas nocturnas que ofrece en sus calles y esquinas. Respecto a la primera, no tomé una, sino varias fotografías de las Galerías, pero no de los aparadores. Decidí mejor captar la impresionante cúpula que remata el edificio.

La cúpula de las Galerías Lafayette.
La cúpula de las Galerías Lafayette.

No sólo fotografié la cúpula desde el interior de los almacenes, que es como se aprecia la belleza de sus vitrales. También decidí mostrar su cara oculta. Así que subimos a la azotea. Allí descubrimos que este último nivel ha sido acondicionado para… ¡hacerse las ilusiones de que uno está en la playa! (versión francesa de “Acapulco en la azotea”). Sólo faltaban los vendedores de coco con ginebra. Una inspección detallada del lugar nos llevó a una pequeña placa en la que se puede leer que el piloto aviador Jules Védrine aterrizó su aeroplano allí mismo, el 19 de enero de 1919.

La cúpula por afuera.
La cúpula por afuera.

Azotea de las Galerías
Azotea de las Galerías, con la “playa” verde.

La placa qye recuerda la hazaña.
La placa que recuerda la hazaña.

La historia es esta. Las Galerías Lafayette organizaron una competencia para desafiar a los pilotos más atrevidos de la época, la Era Dorada de la Aviación: aterrizar un avión en la azotea de los famosos almacenes. El premio consistía en la jugosa cantidad de 25 mil francos (supongo que hace casi cien años esa era una buena cantidad de dinero). Las autoridades parisinas prohibieron de inmediato la competencia, por el peligro que representaba intentar tal cosa en el centro de París, a 33 metros de las concurridas calles y con numerosos edificios aledaños (entre ellos, el de la Ópera Garnier). Tal prohibición le valió bolillo (para utilizar una frase ya en desuso) a nuestro buen Jules. Eso sí, tuvo que pagar una multa de seis francos por la hazaña tan temeraria. Supongo que los 24 994 francos que le quedaron valieron la pena.

Jules Védrines
Jules Védrines

El aterrizaje sobre las Galerías Lafayette.
El aterrizaje sobre las Galerías Lafayette.

Respecto a la sugerencia de José Luis de visitar Pigalle, debo decir que las cosas no salieron como yo quería. Inventar que iba a comprar un poco de pan en una famosísima boulangerie de aquel barrio… a las once de la noche, no dio resultado. Será para la próxima vez. Con una excusa un poco más elaborada.

Nota: hacer click sobre las fotos para ver los detalles.

A excepción de las últimas dos fotos (Biblioteca Nacional de Francia), las demás son mías: © Arturo Guillaumín T. / 2015.

Panqué con nueces para el desayuno

Esta mañana he decidido desayunar un panqué con nuez, acompañado de una taza de café. Abro la lustrosa y colorida bolsa de plástico. Leo que ha sido enriquecido con vitaminas B1, B2 y B12 (¡mis favoritas!). Mientras remojo una rebanada en el café me pregunto de dónde viene. De la tienda, por supuesto. Pero, ¿cuál es su historia?, ¿qué es lo que ha tenido que pasar para que el panqué esté sobre mi mesa? Me sumerjo mentalmente en un complejo proceso que comprende desde la extracción de sus insumos hasta la disposición final del producto (o de lo que quede de él).

Para simplificar mi reflexión, me centro en uno de sus ingredientes: la harina. Ésta proviene del trigo (que es el segundo grano que más importamos en México) que se cosecha en grandes extensiones de agricultura industrial, esto es, en grandes monocultivos (que han alterado tanto los ecosistemas). Su producción está muy tecnificada y depende de la industria petroquímica, particularmente de los pesticidas y los fertilizantes (mercado controlado por unas cuantas corporaciones globales: Syngenta, Bayer CropScience, BASF, Dow AgroSciences, Monsanto). El trigo es cosechado y transportado a la fábrica de harina, ya sea por avión, barco, tren o carretera (con el correspondiente gasto de energía y el uso de combustibles fósiles). Las distancias recorridas pueden ser de miles de kilómetros. En la planta de producción se le somete a su limpieza, acondicionamiento (grado de humedad), molienda, trituración, cribado (tamizado), purificación (eliminación del salvado), reducción (moler sémolas y semolinas), blanqueo (la industria ha decidido que es muy desagradable su color amarillo natural) y empaque (bolsas de diferentes tamaños, costales). La harina tiene que ser transportada ahora a la fábrica de panqués, sea por carretera o ferrocarril (más gasto de energía y uso de combustibles fósiles).

En la fábrica de panqués, la harina se reúne con otros ingredientes: leche, levadura, azúcar, gluten, colorantes (amarillo 5 y rojo 40), conservadores, las nueces, aditivos (como las vitaminas), sulfato y fosfato de aluminio, saborizante artificial (?), goma xantana, ácido sórbico, etc. También podríamos preguntarnos cuál es la historia de cada uno de estos insumos (dónde se obtienen, cómo se transforman). Los ingredientes se combinan y procesan en las proporciones exactas indicadas en la receta de la empresa. Se les somete a un proceso altamente mecanizado que incluye el paso por mezcladoras, amasadoras, cortadoras, hornos, cintas transportadoras y empaquetadoras. Por supuesto, todo esto significa más gasto de energía, principalmente eléctrica y de gas. Siendo más refinados en nuestra descripción, podríamos incluir la participación de diversos tipos de operadores humanos, que a su vez utilizan medios de transporte para desplazarse de sus casas a la planta y viceversa.

Una vez que el panqué ha sido empacado y almacenado, tiene que ser transportado a los centros de distribución de la empresa. Esta operación involucra el traslado del producto a todas partes del país por miles de kilómetros (más combustibles fósiles). De los centros de distribución, los panqués son llevados a las tiendas y supermercados de las ciudades y pueblos (donde han desplazado la producción local y artesanal del pan): una amplia red que penetra todos los rincones de nuestra geografía. Toda esta distribución está acompañada por un fuerte apoyo de la mercadotecnia en diversos medios de comunicación masiva (más gasto material y energético). Cuando el panqué está al fin en los anaqueles, lo único que tenemos que hacer es ir a comprarlo a la tienda más cercana. En mi caso, a una de estas franquicias que operan las 24 horas del día y que está a solo un par de cuadras de casa. Ahí me han proporcionado una conveniente bolsita de plástico que me servirá para poner algo de basura y después meterla en la gran bolsa negra de basura. Finalmente, el eficiente servicio de recolección se llevará el empaque de propileno (hidrocarburo) de mi panquecito a algún “relleno sanitario” (mejor conocidos como “tiraderos”) donde se reunirá con otras bolsas hechas del mismo material y constituir así el ocho por ciento de toda la basura.

Debido al tiempo que me tomó hacer esta breve reflexión, mi panqué descansa ahora en el fondo de la taza. Mientras realizo algunas maniobras para rescatarlo con una cuchara, me pregunto qué pasa con otros productos: ropa, zapatos, juguetes, adornos de Navidad, celulares, palillos de dientes, computadoras, baterías, focos “ahorradores”, bolsas de plástico, autos, gas para uso doméstico, casas, etcétera. ¿Cuál es la historia de cada uno de los productos que consumimos y utilizamos todos los días? Esta debe ser, sin duda, una tarea compleja y complicada que requiere de mucha investigación: seguir la pista por todo el planeta de cada uno de los insumos y de los procesos de transporte y transformación que intervienen en la producción, distribución y consumo de cada una de las mercancías. No sólo eso. También se trata de saber la cantidad de materia y de energía que se ocupa y consume, así como de conocer los efectos que tienen todos estos mega-procesos sobre los ecosistemas, las personas y las comunidades. ¡Vaya tarea!

Por fortuna existe una disciplina que se dedica a realizar esta meticulosa labor: el análisis de flujos materiales (AFM, o MFA por sus siglas en inglés: material flow analysis). Abel Wolman publicó en 1965 un artículo en la revista Scientific American en el que proponía un nuevo concepto: metabolismo urbano (Wolman, 1965). Es decir, pensaba en la ciudad como un gran organismo viviente que requiere insumos, que cuenta con existencias y que transforma y desecha materia y energía para su funcionamiento. Desde hace 50 años se ha desarrollado el campo del AFM para estudiar los sistemas antropogénicos mediante un método robusto, transparente y útil. Éste puede definirse como “una evaluación sistemática de los flujos de la materia dentro de un sistema definido en espacio y tiempo” (Brunner y Rechberger, 2004: 3). Debido a la ley de la conservación de la materia, los resultados de este método pueden ser verificados mediante un balance material que compara todos los insumos, los almacenamientos y los productos en un proceso (1).

El AFM se ha sofisticado y refinado tanto que podemos saber no sólo cuánta materia y energía se ha utilizado en la producción de un bien en particular. También se puede conocer bajo qué condiciones se producen. Es decir, a qué condiciones físicas y laborales son sometidos los trabajadores. Si participan niños y mujeres y cuántas horas trabajan. Del mismo modo, se investigan los efectos que tienen los procesos productivos en los ecosistemas y cuánto contaminan el agua, la tierra y la atmósfera. En otras palabras, contamos con una poderosísima herramienta que nos permite evaluar los daños de la economía global, una economía que sólo puede sostenerse mediante el crecimiento indefinido de la producción y, por supuesto, del consumo. Entre las investigaciones que nos pueden ayudar a comprender toda esta red de interacciones y efectos está la que realizó Annie Leonard por todo el mundo y que se publicó en un libro: The Story of Stuff (La historia de las cosas) y que lleva como subtítulo El impacto del sobreconsumo en el planeta, nuestras comunidades y nuestra salud, y cómo podemos mejorar la situación (Leonard, 2011).

Con tanta reflexión, mi segunda rebanada de panqué fue a parar también al fondo de la taza de café. Será mejor que aquí deje de pensar en estas cosas y dedicarme mejor a disfrutar de este panecillo que ha sido hecho tal y como lo hacían nuestras abuelitas, según puedo leer en su bolsa. Pero he aprendido una cosa: que contamos con el análisis de flujos materiales como una herramienta muy poderosa para ver qué tan derrochadores son nuestros procesos de producción, consumo y estilos de vida.

Nota:

(1) El análisis de flujos materiales se utiliza también en la industria alimentaria para propósitos de control, supervisión, identificación de riesgos y, sobre todo, seguridad sanitaria. Esto es lo que se conoce como “trazabilidad” y se le define como: “la capacidad para seguir el movimiento de un alimento a través de etapas especificadas de la producción, transformación y distribución” (Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición, 2009: 15).

Referencias

Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición. (2009). Guía para la aplicación del sistema de trazabilidad en la empresa agroalimentaria. Madrid: Gobierno de España.

Brunner, Paul H. y Helmut Rechberger, (2004). Practical Handbook of Material Flow Analysis. Boca Raton (Flo.): Lewis Publishers.

Leonard, Annie. (2011). The Story of Stuff. The Impact of Overconsumption on the Planet, Our Communities, and Our Health. And How We Can Make it Better. Nueva York: Free Press.

Wolman, Abel. (1965). “The Metabolism of Cities”. Scientific American, Vol. 3, No. 213, pp. 179-190.

Phubbing

La palabra no es muy atractiva que digamos, pero recientemente ha cobrado inusitada fuerza en los medios de comunicación. Se trata de un neologismo acuñado por Alex Heigh, un joven australiano de 23 años de edad. Pero, ¿qué significa? Es un verbo que combina dos palabras en inglés: phone (teléfono) y snub (desairar, desdeñar, rechazar). Desdeñar por medio del teléfono. Su equivalente en español se oiría incluso peor, algo como “celdeñar” o “teledeñar”. Así que mejor dejamos el término en inglés.

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En la página stopphubbing, del propio Heigh, se nos brinda la definición formal de phubbing: Acto de desdeñar a alguien en una situación social, mirando el celular en lugar de prestarle atención. ¿Suena conocida esta práctica? Por supuesto: la vemos y experimentamos a diario en cafés, restaurantes, parques, cines, calles, salones de clase, campus universitarios, etc. El problema ha alcanzado tales proporciones (se dice que el 87% de los jóvenes prefiere comunicarse por texto –texting– que cara-a-cara) que ya existe un movimiento internacional para parar estas prácticas poco sensibles y abiertamente groseras.

No Wi Fi

“Si el phubbing fuera una plaga, ya habría diezmado a 6 Chinas juntas”, se nos dice en la página de Heigh. La mayoría de los phubbers utiliza su celular, mientras están con otras personas, para: actualizar su red social (quizá para decir, paradójicamente, que están en esos momentos con… ¡un amigo!); escribirle a alguien que es mucho mejor que tú; comprar música o, mejor aún, pirateándola; buscar el significado de “conversar” en Google; jugar juegos en línea; tener “relaciones sexuales” mediante texto (sexting); reírse (lol*) de un chiste que no es tuyo; etc.

(*) lol = laughling out loud = reírse a carcajadas.

Poster 02 Stop Phubbing

La página stopphubbing alienta a hacer algo para detener al creciente número de phubbers, desde el envío de una carta al perpetrador o perpetradora, hasta la colocación de posters en bares, cafés y restaurantes. Incluso un conocida compañía de refrescos ha ofrecido una solución: un dispositivo alrededor del cuello que impide mirar el celular, pero no a la persona que está junto a nosotros.

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Si usted ha sido víctima de los phubbers, seguro ha pensado alguna vez cómo pararlos ahí mismo, en el acto. Yo también. ¿Qué tal tirar al suelo su celular y aplastarlo con los pies? ¿Una cachetada… con el puño cerrado? ¿Arrebatarles el celular para ver qué están haciendo? Las posibilidades son casi infinitas y todas ellas divertidas (para nosotros, por supuesto). Habrá que comenzar a practicar desde hoy.