Eduardo Ibarra Colado (1957-2013)

Estuve tentado, por algún tiempo, a ponerlo bajo la etiqueta de “nerd”. No me cabe la mínima duda que debió haber sido un buen estudiante, de esos que sacan puros dieces en todas las materias. No sólo en la primaria, en la secundaria y la prepa. También en la universidad y en el posgrado. Se ha de haber matado horas tras los libros, en las bibliotecas, sobre la mesa de su estudio en su casa. Con sus dudas y comentarios, debe haber puesto en aprietos a muchos de sus profesores. Ya en su vida profesional, como profesor e investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana, publicó copiosamente, fue editor de libros, participó y organizó cientos de eventos, acumuló reconocimientos y se colocó en el nivel III del sistema nacional de investigadores.

 Eduardo IbarraCon una producción científica impresionante (¿a qué hora dormía?, ¿sabía que había algo que se llamaba “vacaciones”?), se convirtió en una referencia obligada en materia de estudios organizacionales y en educación universitaria. No sólo en México, sino en muchas partes del mundo. Daba conferencias en universidades extranjeras. Y un largo etcétera. Uno podría decir que su vida ha sido muy “productiva”, palabra que, por cierto, le causaba aversión. Concibió, diseñó y puso en marcha uno de los proyectos más ambiciosos en el ámbito universitario nacional: el Laboratorio de Análisis Institucional del Sistema Universitario Mexicano (LAISUM). Contra corriente y marea, envidias y poderosos intereses políticos e institucionales, Eduardo Ibarra Colado consolidó lo que hoy es una de las fuentes de información y de intercambio más importantes para el estudio serio y sistemático de la universidad en nuestro país.

     Mi primer contacto con Eduardo fue en 2000, en un encuentro nacional que él había organizado con Daniel Cazés y Luis Porter, y que llevaba por título “Re-conociendo a la Universidad. Sus transformaciones y su Por-venir”. Desde entonces cultivamos una amistad a distancia, punteada con encuentros ocasionales alrededor de otros eventos académicos relacionados con la universidad, con sus profundos problemas y con la posibilidad de buscarles alguna salida. En estos trece años lo conocí un poco, pero ese poco me permitió corroborar que no se trataba de ese nerd cuya imagen me había formado en la mente. Era una persona obsesionada, no por la productividad y el reconocimiento, sino por estudiar y desmontar los serios problemas de su tiempo, lo que le llevó a hacerse de una cultura multidisciplinaria, que abrevaba tanto de las ciencias como de las humanidades. Con él tuve la oportunidad de participar en algunos proyectos, siendo el más reciente la obra colectiva El Libro de la Universidad Imaginada.

     Ibarra Colado acaba de morir. Contaba con sólo 56 años de edad. Creo que en parte fue víctima de sus ritmos de trabajo, de su falta de descanso. Hace algunos años nos dijo que iba a ir despejando paulatinamente su sobre-saturada agenda académica, a dejar de dar conferencias por todas partes, renunciar a la membresía de un sinnúmero de organizaciones, consejos y comités. Quería ir haciendo esa desconexión selectiva para dedicarse sólo a investigar y publicar. A imponer un tiempo más pausado. No más puestos universitarios. Lo hizo por algún tiempo, pero retomó de nuevo el ímpetu de antaño, y el LAISUM ocupó buena parte de su tiempo. No. No voy a decir que descanse en paz. Porque si hay un más allá (o un más acá, según se vea), estoy seguro que está organizando algo, que está cocinando algo subversivo, pues sabe que su misión en esta vida y en la otra es resistirse, resistirse a la injusticia, al abuso del poder, a la imposición del racional de la economía neoliberal en todos los ámbitos de la vida.

Sombras de Tunguska

Durante las últimas semanas, la NASA ha estado proporcionando información sobre nuestro encuentro cercano con el asteroide 2012DA14, que tiene un peso de 130 toneladas y mide unos 50 metros de diámetro. Viaja a una velocidad de 28 100 kilómetros por hora, y está pasando, ¡en estos momentos!, a una velocidad relativa de la Tierra de 7.82 kilómetros por segundo. Lo realmente espeluznante es que el 2012DA14 se encuentra a sólo 27 700 kilómetros de la superficie de nuestro planeta (los satélites de comunicación y meteorológicos están a una altura de 35 800 kilómetros). ¡Gulp!

Recreación del Observatorio Astronómico de Mallorca
Recreación del Observatorio Astronómico de Mallorca

La propia NASA ha repetido cientos de veces que el asteroide en cuestión (ahora temporal fugaz meteorito) NO entraña peligro alguno para la integridad de la Tierra y de la especie humana, que no existe ningún riesgo de colisión. Vamos, todo apunta a que sólo los humanos somos un peligro real para nosotros mismos y para el planeta. La trayectoria del asteroide está bien definida, de acuerdo con precisos cálculos realizados por diversos grupos de científicos. En otras palabras, podemos respirar tranquilos, con toda nuestra confianza depositada en la Ciencia.

Trayectoria del 2012DA14. (C) NASA, Observatorio Astronómico de Mallorca, A. Alonso
Trayectoria del 2012DA14. (C) NASA, Observatorio Astronómico de Mallorca, A. Alonso

No obstante, esta mañana nos desayunamos con una noticia inquietante. La agencia de noticias Russia Today (rt.com) reporta que más de 500 personas han resultado heridas debido a la caída de fragmentos de un meteorito. Esto sucedió esta mañana en la provincia de Cheliábinsk, en la región de los Urales, Rusia. De acuerdo a la Academia de Ciencias rusa, el objeto interestelar ingresó a nuestra atmósfera con una velocidad de 15-20 kilómetros por segundo y estalló a una altura de entre 30 y 50 kilómetros de la superficie terrestre. Los daños materiales y personales se debieron a las ondas expansivas de las explosiones (los videos son en verdad impresionantes).

Video mostrado por la agencia Russia Today.

En un despliegue de extraordinaria agudeza intelectual, el primer ministro ruso, Dmitri Medvedev, quien se encontraba en un foro económico, declaró que la caída del meteorito es una muestra de que “no sólo la economía es vulnerable, también el planeta”. ¡Sabiduría pura! Por su parte, los científicos se apresuran a declarar que no existe ninguna relación entre el asteroide 2012DA14 y la explosión del meteorito en Rusia, cosa que no tranquiliza a los rusos (a mí tampoco). A 105 años de distancia, los rusos no han olvidado el “evento de Tunguska”: el 30 de junio de 1908 un objeto explotó (la hipótesis más probable alude a un cometa, pues no se encontraron sus restos) en la atmósfera terrestre con la fuerza de una arma termonuclear de alta potencia, ocasionando destrucción en un área de 2 mil 150 kilómetros cuadrados.

Tunguska
Tunguska

Con la inspiración del compañero Medvedev, podemos decir que no necesitamos de asteroides, cometas  y meteoritos para destruir la Tierra, ni los ecosistemas, ni las sociedades: la economía global se encarga de hacerlo de manera eficiente y racional. En todos nuestros países, en todas nuestras economías y en todas nuestras mentes tenemos instalados nuestros Tunguskas. No son muy espectaculares, pero vaya que son efectivos. Bueno, hay que ver el paso del 2012DA14 en vivo. La NASA transmite en tiempo real desde http://www.nasa.gov/multimedia/nasatv/index.html No olviden las palomitas.

De puentes, candados y meseros

Posiblemente los mismos parisinos no sepan cuándo comenzó todo. Al comienzo, la aparición de los candados fue casi imperceptible. Pronto, se dejaron sentir como una declaración multitudinaria al mundo. En una de las ciudades más bellas del planeta, un número creciente de visitantes dejaban pequeños candados unidos a los barandales de los puentes más simbólicos de la ciudad.

Lo que en un principio era un acto discreto y un tanto subversivo, después se volvió un ritual que se realizaba a plena luz del día. Las parejas se retrataban frente a sus candados o grabando el momento cuando tiraban las llaves al río Sena. Son dos los puentes donde se ha concentrado esta actividad: Pont de l’Archevêché (Puente del Arzobispo) y Pont des Arts (Puente de las Artes), ambos cerca de La Cité (exacto, la isla donde comenzó todo).

El Pont des Arts, donde Oliveira frecuentemente se encontraba con La Maga (Lucía), en la célebre nóvela de Julio Cortázar: Rayuela. Allí nos confía: “Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos. Oh Maga, en cada mujer parecida a vos se agolpaba como un silencio ensordecedor, una pausa filosa y cristalina que acababa por derrumbarse tristemente, como un paraguas mojado que se cierra”.

En una ocasión, las autoridades municipales, ante lo que para ellas era una actividad vandálica en contra de la integridad arquitectonica del paisaje parisino, cortó los alambres de los barandales para quitar todos los candados. En unas cuantas semanas aparecieron candados de todos los tamaños, formas y colores posibles, multiplicados en forma inusitada. No se volvió a insistir en la medida.

Este curioso ritual expresa la fantasía o deseo del amor eterno, de tener a la otra persona al lado para siempre. Y ciertamente esta práctica ha prendido en otras ciudades como expresión de pasión: Seúl, Budapest, Roma y Tokio. Pero el símbolo del candado como el ideal del amor ha sido cuestionado. Como declaró un mesero de un restaurant cercano, cuando fue cuestionado acerca de esta práctica: “El amor verdadero consiste en querer la libertad del otro, y esto incluye la libertad de dejarnos. El amor no tiene que ver con posesión o propiedad”. Sea lo que sea, nosotros vamos a dejar nuestro candado el verano próximo. Estos meseros.

Ha muerto un sabio

Hoy, lunes 10 de septiembre, a las cinco de la mañana, falleció Ernesto de la Peña (1927-2012) en su cama. El escritor, lingüista, estudioso de las religiones y poeta había recibido este año la Medalla Mozart y el Premio Menéndez y Pelayo. Un hombre con una capacidad extraordinaria para aprender idiomas: treinta y tres en total, incluyendo el árabe, el chino y el sánscrito.

Ernesto de la Peña.

Su enorme curiosidad lo llevó a estudiar las religiones y fue una autoridad enorme acerca de lo que hay después de la vida. Sus largos años de estudio lo llevaron a concluir de que todo termina en esta vida. Que no hay más allá. El enigma es: ¿con qué se habrá encontrado hoy?

Urbanidad mínima en la era de la comunicación

Vivimos la misma estupidez, una y otra vez. Nunca falta una persona cuyo teléfono celular suena en medio de un concierto de la sinfónica. En esos casos, el o la portadora recibe ipso facto su castigo: la mirada de “seca-papayo” (como diría mi abuelita) de asistentes enardecidos, el “¡shh!” de otros más. En ocasiones, el director detiene la orquesta y espera a que el ruido cese. Segundos interminables. Esas ya son vergüenzas mayores. Y quizá no sea suficiente. Sigue sucediendo una y otra vez. Yo votaría por una requisa de los aparatejos esos antes de entrar a una sala de conciertos.

Pero, ¿qué hacer en otras situaciones? Seguramente les ha sucedido que en medio de una conversación el o la interlocutora recibe una llamada y, sin pedir disculpas, contesta y se enfrasca una conversación que uno se ve forzado a (medio) escuchar. En otros casos, la persona simplemente se da la media vuelta y se aleja, haciendo elegantes ademanes con las manos en el aire, para atender asuntos urgentes que no pueden esperar.

Este tipo de situaciones me ha convertido en un interesado observador de las conductas humanas (es un decir) alrededor del celular. Quizá uno de los casos más desagradables sea aquel en el que la persona, hombre o mujer, adopta esa actitud de mírenme-y-escuchen-que-tan-importante-soy. A pesar de que tienen el celular a escasos dos milímetros de la boca, levantan la voz para asegurarse de que todo ser viviente a cincuenta metros a la redonda escuche y se percate de su voz de mando: “Sí, ahora salgo a Nueva York a cerrar ese jugoso contrato”… o cualquier otra sandez por el estilo, aunque del otro lado no haya nadie, o se trate del perro de la casa.

Pero hay situaciones peores. Usted va a desayunar o comer con alguien, mujer u hombre, y lo primero que hace su acompañante es poner su celular sobre la mesa. ¿Qué clase de mensaje nos está enviando? Creo que no hay mucho que especular. El mensaje es muy claro “Mira, mis llamadas son más importantes que tú; no puedo hacer esperar a las otras personas; hay jerarquías… o sea”.

Es increíble, pero una vez que se popularizaron los celulares, las personas creen que es más urgente atender lo que no está frente a ellas. Hay algunas, muy pocas por desgracia, que tienen la sensatez de apagar su celular cuando entran a una sala de conciertos, cuando van a comer con alguien, cuando tienen una cita, cuando dan clases, cuando hacen algo con alguien por quien sienten respeto.

Cabreo Masivo

El título de esta entrada proviene del encabezado del periódico digital El Huffington Post, donde se reseña la protesta masiva que se realizó hoy (19 de julio) en más de 80 ciudades españolas. Por su parte, el diario El País cabeceaba: “La indignación contra los recortes desborda las calles de España”. Ambos medios presentaban la misma foto, impresionante por cierto, tomada en la Puerta del Sol, en Madrid.

La protesta en la Puerta del Sol, Madrid. Foto: Sergio Pérez (REUTERS).

La policía calculó 25 mil personas. El gobierno, 40 mil. El diario El País, 100 mil. Mientras que los organizadores aseguraron que había no menos de 800 mil personas congregadas allí. A ojo de buen cubero, ¿cuántas calcula usted? Y mientras en el Congreso se debatía acerca del recorte de 65 mil millones de euros, Rajoy estaba… ¿Dónde estaba el Señor Presidente? Extraño en verdad, sobre todo cuando en la página de La Moncloa no se advierte otra actividad en su agenda que coincidiera con dicho debate.

Universidad Pública vs Desarrollo

El 22 de abril de 2012, el Laboratorio de Análisis Institucional del Sistema Universitario Mexicano (Laisum) publicó mi artículo “Universidad Pública vs Desarrollo”, en su sección Voz de los Universitarios. Lo reproduzco hoy aquí. El Laisum es coordinado por el investigador  de la UAM Dr. Eduardo Ibarra Colado, y su portal en Internet está en: laisumedu.org/

I. El desarrollo como visión del mundo

Un tema recurrente de discusión en el ámbito educativo es el que se refiere a la privatización de los fines de la universidad pública. Es decir, su conversión progresiva para que opere como una empresa productora de conocimientos y de “recursos humanos”[1] que alimenten a la economía neoliberal. De ahí todo ese sistema operativo y conceptual que domina el ambiente y que incluye aspectos tales como competitividad, acreditación, certificación, productividad, liderazgo, ranking, competencias, etc. Para quienes defendemos la naturaleza humanista de la universidad pública la cosa pinta difícil. El asunto es que detrás de este proceso de privatización hay un argumento legitimizador poderoso: la universidad debe contribuir al desarrollo (del país, de las regiones, del mundo). ¿Quién en su sano juicio puede oponerse al aparentemente bienintencionado propósito de promover el desarrollo? Al parecer, un creciente número de académicos, científicos y pensadores de todas partes del mundo.

El desarrollo no es sólo un concepto que utilizan los economistas, los políticos y los expertos. Es una manera de ver el mundo y de vernos en ese mundo. Modela nuestras “necesidades”, deseos y consumos. Determina el diseño de nuestras instituciones (incluyendo las educativas) y la organización de nuestras vidas. El desarrollo ha establecido una racionalidad que nos dicta lo que es bueno, conveniente y deseable. Está fundado en términos dicotómicos, como éxito-fracaso, riqueza-pobreza, productivo-improductivo, etc. La racionalidad del desarrollo está tan arraigada en nuestras mentes y acciones, que pocas veces o nunca sometemos a un examen crítico sus consecuencias. El desarrollo ha creado un conjunto de categorías que se imponen en los sistemas de conocimiento, los cuales se reproducen por medio de la educación. Como dice Ashis Nandy, la dominación se ejerce hoy no tanto mediante la fuerza, sino a través de categorías, incrustadas en los sistemas de conocimiento:

Durante las últimas décadas, las definiciones hicieron que por lo menos dos mil millones de seres humanos se vieran a sí mismos como subdesarrollados, no sólo económicamente, sino también cultural y educativamente (Nandy 2003: 143).

El desarrollo, con la ayuda de la educación, convirtió lo local en algo irrelevante. Si queríamos progresar teníamos que poner los ojos en lo que estaba fuera de nuestras vidas, experiencias y saberes. La educación se encargó de que aprendiéramos el nuevo alfabeto único del desarrollo al tiempo que nos hacía olvidar los alfabetos propios. Dejamos de ver lo que las comunidades y las personas pensaban y hacían en sus lugares (Fasheh, 2002), para aprender que la felicidad y el bienestar se encuentran más allá del horizonte.

La universidad forma los “recursos humanos” para el desarrollo: mano de obra, profesionales, especialistas, administradores y “líderes” que requiere el funcionamiento de la economía global. Prepara a los científicos y tecnólogos que proveen los conocimientos y sus aplicaciones para hacer más provechosas las inversiones[2]. El conocimiento que vale es aquel que sirve a los fines de la economía. Pero no sólo eso. La educación forma a los futuros consumidores y ciudadanos de McWorld, como Benjamin Barber bautizó a la civilización occidental. La educación se privatiza en sus fines y métodos y adopta un enfoque empresarial. Así, se enseña la eficiencia económica y no el bienestar o el equilibrio de la biosfera. Se promueve la competitividad en detrimento de la cooperación. Se privilegia la especialización y la estandarización, y se atenta contra la diversidad.

La educación de hoy alienta a los jóvenes a encontrar carrera antes de que puedan encontrar una vocación (Orr 2004). Una carrera es un trabajo, una manera de ganarse el sustento, una forma para hacerse de un curriculum. Es símbolo de movilidad social y de un “estilo de vida” (medible en niveles de consumo). En cambio, una vocación tiene que ver con propósitos más trascendentales en la vida, con valores más profundos, con lo que uno quiere legar al mundo. La escolarización deja impreso un paradigma disciplinario en las mentes de los jóvenes, con la creencia de que el mundo está organizado en campos separados, como en el curriculum. Llegan a creer que la economía no tiene nada que ver con la física o con la biología. No se puede mantener esta creencia sin causar daño, tanto al planeta como a las mentes y vidas de las personas que lo creen así.

II. La historia que no se cuenta en las universidades

Un alud de crecientes evidencias científicas ha corroborado que nuestro planeta tiene una “habilidad” extraordinaria para mantener las condiciones habitables (Lovelock, 2010). La temperatura del planeta nunca ha estado demasiado fría o demasiado caliente (a pesar de periodos muy fríos y muy calientes) en los últimos 3 000 millones de años. Esta estabilidad es extraordinaria en virtud de que la temperatura del sol se ha incrementado sostenidamente y, actualmente, es ¡25 por ciento más caliente que hace 3 500 millones de años! (Harding, 2010: 72). La vida, por medio de un proceso autopoiético (que se produce a sí misma) y de continuas emergencias ha construido un mega-sistema con capacidades de auto-organización: la Tierra.

La autorregulación y la capacidad autopoiética de individuos, especies y biosfera son posibles gracias a la cooperación y a la dependencia mutua. El resultado es una creatividad sistémica que les permite coevolucionar. El fenómeno de la simbiosis constituye un proceso cognitivo global[3], y nuestro cálido planeta es expresión de constantes creaciones locales y emergencias globales entre organismos vivos y su ambiente no vivo. Esta compleja dinámica se ha venido perfeccionando durante 4 600 millones de años, con la participación de individuos y especies de los cinco reinos: monera (bacterias), protoctista (algas, moho, protozoa), animales, plantas y hongos.

La teoría del planeta como un sistema complejo auto-organizado llevó a otro nivel la teoría evolutiva de Darwin, con un giro inesperado: la vida no se tuvo que adaptar a las azarosas fuerzas de la geología, la química y la física planetarias, sino que la vida creó su propio entorno que mantiene y regula las condiciones ambientales. El nivel de oxígeno, la formación de las nubes y la salinidad de los océanos, por ejemplo, son todos regulados por procesos químicos, físicos y biológicos en constante interacción. La auto-regulación del clima y la composición química emerge de la estrecha evolución acoplada de rocas, aire, océanos y organismos (Harding, 2009).

La organización de lo vivo, fundada en relaciones y acciones locales, no es jerárquica (no hay un elemento central que organice o controle los procesos), sino holárquica: cada parte del todo se comporta como totalidad y como parte (Margulis y Sagan, 2005). La paulatina diferenciación dentro de la biosfera a partir de variables geográficas, climáticas, oceanográficas, edafológicas y biológicas, hizo emerger una gran variedad de hábitats, los ecosistemas, cuyas interacciones locales siguieron modificando la biosfera para seguir creando mejores condiciones para la vida.

Pongamos las cosas en perspectiva. Durante 4 600 millones de años el proceso evolutivo produjo un sistema que se comporta como un mega-organismo con capacidades de auto-regulación. Todas las especies forman un tejido bio-cognitivo por medio de procesos autopoiéticos, de acoplamiento estructural y de intercambios energéticos, materiales e informacionales. La biodiversidad, la verdadera riqueza con la que contamos (Margulis y Sagan, 2005), es la diversidad de la vida a varios niveles de organización, desde los átomos constituidos en moléculas y cadenas orgánicas, hasta especies, ecosistemas, bio-regiones, biosfera y planeta.

III. Lo peligroso del desarrollo

El problema es que las expresiones concretas del desarrollo económico, contrario a lo que predica su discurso y su teoría, constituyen hoy la principal causa de destrucción de la naturaleza, de las relaciones ecológicas y sistémicas de las que depende la integridad del planeta y, por tanto, de la integridad de la especie humana. El desarrollo, el proyecto del progreso de la Modernidad, no sólo no ha resuelto los problemas de desigualdad social, pobreza, hambre e injusticia, sino que los ha agravado. Hoy podemos constatar que ningún avance científico y tecnológico ha ayudado a eliminar, o al menos disminuir, ninguno de los grandes flagelos de la humanidad.

En nombre del desarrollo se ha venido desmantelando, racional y eficientemente, el tejido bio-cognitivo de la Tierra (que tomó 4 600 millones de año de evolución). Con cada acción destructiva (deforestación, contaminación de océanos, extinción de especies, etc.) se disminuyen las capacidades de auto-regulación del planeta, debido a la destrucción de cadenas y ciclos bio-físico-químicos a partir de los cuales se crea la diversidad y la riqueza que sustenta nuestra especie. Con el incremento de la pobreza, el agotamiento de los combustibles fósiles del que depende la economía global, y la escasez de alimentos,[4] nos encontramos en una senda de colapso civilizacional.

No se trata de una catástrofe futura. La catástrofe ya se ha producido (Latouche y Harpagès, 2011). Estamos acabando con las especies a una tasa 10 000 veces la tasa de extinción natural (Wilson, 2002). Dicho de manera prosaica: cada día perdemos 80 especies, principalmente en los bosques tropicales, gracias a nuestro insaciable apetito de madera, soya, aceite de palma y carne (Harding, 2010). En un día típico en el planeta, se pierden 300  kilómetros cuadrados de bosques lluviosos, otros 190 kilómetros cuadrados se convierten en desiertos, como resultado de programas de “desarrollo”. Se lanzan 2 700 toneladas de clorofluorocarbonos y 15 millones de toneladas de dióxido de carbono a la atmósfera (Orr, 2004). Es decir, cada día la Tierra es un poco más caliente, su agua más ácida y el tejido de la vida más débil.

El tetramotor del desarrollo globalizado, identificado por Edgar Morin, constituido por el acoplamiento entre la ciencia, la tecnología, la industria y el interés económico, es hoy en realidad un penta-motor: ciencia-tecnología-industria-interés económico-universidad. Lo que quiero decir es que la universidad es parte hoy de la maquinaria de un desarrollo a escala global intrínsecamente destructivo. Desde nuestra perspectiva, el problema va más allá de la privatización de la educación: lo que está en juego detrás de todo esto es el futuro y la viabilidad de nuestra civilización.

IV. La Universidad Pública y una otra concepción del desarrollo

Se habla de una pretendida “sociedad del conocimiento”, pero paradójicamente la teoría del desarrollo, en pleno siglo XXI, está fundada en retazos de teorías científicas, imposturas intelectuales (Smith y Max-Neef, 2011) y en supuestos que se han mantenido desde el siglo XVIII (Rifkin y Howard, 1980). La “nueva economía” descansa sobre principios que están en conflicto flagrante con los procesos y fenómenos de la vida. La visión del desarrollo no sólo está equivocada en sus fundamentos científicos (Smith y Max-Neef, 2011), sino que es la visión que se enseña y reproduce en las universidades (Kumar, 2009; Orr, 2004). Éstas ofrecen un conjunto de conocimientos fragmentados (competencias) que satisfacen las necesidades propias de cada mercado laboral, pero que son ajenos a una comprensión sistémica de la realidad humana. David Orr lo expresa de manera contundente:

La verdad es que sin las precauciones necesarias, la educación sólo va a habilitar a las personas para convertirlas en vándalos de la Tierra más eficaces. Si uno presta la debida atención, es posible escuchar a la Creación quejarse cada vez que un nuevo lote de jóvenes Homo sapiens, astutos y deseosos de tener éxito, pero ecológicamente analfabetos, son lanzados a la biosfera. (Orr, 2004: 5)

Se habla de la necesidad de repensar y replantear la Universidad pública. Pero para ello es necesario también repensar y replantear la idea del desarrollo. No podemos hacer avances significativos en este sentido si nuestras instituciones no emprenden un esfuerzo individual y colectivo de análisis crítico a fondo del desarrollo y sus consecuencias, no sólo económicas, sino también culturales, psicológicas, espirituales, entre otras dimensiones.[5] No podemos salir de la caja si no sabemos cuál es la caja en la que estamos encerrados.

Hoy contamos con suficientes evidencias científicas acerca del fracaso del proyecto de la Modernidad: el control de la naturaleza por el hombre para beneficio del hombre mismo. Hemos vivido demasiado tiempo con la idea arrogante de que la humana es la especie más evolucionada, cuando en realidad somos los recién llegados. En tan solo 0.00000086 por ciento de la historia evolutiva de la Tierra estamos a punto de destruir lo que tomó 4 600 millones de años en crearse. Hoy ya nos queda claro que no somos el centro del universo ni somos más inteligentes que las bacterias (de quienes descendemos y a quienes debemos el acondicionamiento de nuestro planeta). Es hora de adoptar una visión más humilde y más realista y comprender que nuestra integridad depende de la integridad de cada una de las demás especies.

Es por ello que aún me siguen inquietando esos ampulosos discursos sobre la “sociedad del conocimiento” y esos carteles que están pegados en los muros de nuestras facultades, en los que expresan su misión y que, palabras más, palabras menos, rezan más o menos así: “Formar profesionistas que sean capaces de insertarse exitosamente al proceso de globalización”. Estoy seguro de que hay otro desarrollo  que se pueda evaluar a escala local, a la luz de principios que tienen que ver con el tejido físico-químico-biológico-social de la biosfera y el incremento de la habitabilidad. Es decir, que recupere la autonomía perdida en aras de un desarrollo que nunca llegó y, al parecer, nunca llegará. Ahí está el verdadero reto de las universidades públicas.

Referencias

Fasheh, Munir. (2002). “Abundance as a central idea in ecological approaches in education”. En Jean-Paul Hautecoeur (ed.) Ecological Education in Everyday Life. Toronto: Toronto University Press. Pp. 44-50.

Harding, Stephan. (2010). “Gaia and Biodiversity”. En Eileen Crist y Bruce Rinker (eds.) Gaia in Turmoil. Climate change, biodepletion, and Earth ethics in an age of crisis. Cambridge (MA): The Massachussetts Institute of Technology Press. Pp. 107-124.

Harding, Stephan. (2009). Animate Earth. Science, Intuition and Gaia. Totnes: Green Books.

Kumar, Satish. (2009). Earth Pilgrim. Totnes: Green Books.

Latouche, Serge y Didier Harpages. (2011). La hora del decrecimiento. Barcelona: Ediciones Octaedro.

Lovelock, James. (2010). “Our Sustainable Retreat”. En Eileen Crist y Bruce Rinker (eds.) Gaia in Turmoil. Climate change, biodepletion, and Earth ethics in an age of crisis. Cambridge (MA): The Massachussetts Institute of Technology. Pp. 21-24.

Margulis, Lynn y Dorion Sagan. (2005). ¿Qué es la Vida? Barcelona: Tusquets Editores.

Nandy, Ashis. (2003). “Recuperación del conocimiento autóctono y futures contrapuestos de la Universidad”. En Sohail Inayatullah y Jennifer Gidley (comp.) La universidad en transformación. Perspectivas globales sobre los futuros de la universidad.  Macanet de la Selva (Girona): Ediciones Pomares. Pp. 143-154.

Orr, David W. (2004). Earth in Mind. On education, environment, and the human prospect. Washington: Island Press.

Rifkin, Jeremy y Ted Howard. (1980). Entropy. A new world view. Nueva York: The Viking Press.

Smith, Philip B. y Manfred Max-Neef. (2011). Economics Unmasked. From power and greed to compassion and the common good. Totnes: Green Books.

NOTAS:


[1] Vale la pena preguntarse en qué momento los sujetos nos convertimos en “recursos”. El concepto mismo nos hace saber que nos hemos convertido en instrumentos de algo que nos supera y está por encima de nuestras vidas: la economía global.

[2] La ciencia y sus aplicaciones está guiada por las ganancias, sin importar los “efectos secundarios”, como los daños ambientales y sociales. Así, las corporaciones alimentaria y farmacológica (las más rentables del mundo, junto con el negocio de la guerra) dedican miles de millones de dólares anuales  a la investigación en biotecnologías de manipulación genética para obtener ganancias en tiempos cada vez más cortos.

[3] Simbiosis significa “convivir”, de acuerdo a su etimología griega. En la teoría evolutiva, se refiere a la estrecha y persistente relación entre dos organismos de diferentes especies, con efectos benéficos para ambos (Margulis, 1998).

[4] Escasez provocada por la pérdida diaria de millones de toneladas de suelo fértil, el incremento de la población, y el uso de cosechas para producir biocombustibles y forrajes.

[5] Yo propondría un proyecto académico-científico de alcance nacional (incluso internacional) en el que las universidades públicas no sólo realizaran una crítica al desarrollo y sus principios, sino también aportaran propuestas alternativas, con fundamentos en las aportaciones científicas recientes en campos como la biología, la ecología profunda, la teoría de la evolución, la física, la permacultura, la biomimética, el estudio de los sistemas complejos con capacidades de auto-regulación, etc.