Las cascadas de Texolo y la comida de Xico

El pasado domingo enfilamos rumbo a las cascadas de Texolo, situadas a tres kilómetros de la localidad de Xico (estado de Veracruz). Se llega por un camino empedrado, rodeado (todavía) por una exuberante vegetación, donde predominan los cafetales y las plantas de plátano. Pudimos apreciar que han aparecido un buen número (nótese la exactitud del dato) de restaurantes y de posadas en el trayecto. La misión era tomar algunas fotos en un lugar que tenía por lo menos tres años que no visitábamos.

Después de un par de horas, después de caminar por veredas, miradores, despeñaderos y puentes, el hambre nos advirtió que ya era hora de suspender la sesión fotográfica. Emprendimos el regreso a Xico, donde constatamos lo que ya sabíamos: la variedad y exquisitez de la comida de esta región. Después de una pausada degustación (cursi eufemismo para encubrir un tremendo atracón), decidimos visitar la parroquia de Xico. Debo advertir que para entonces eran casi las siete de la noche.

Una de las corrientes que alimentan a las cascadas.

Lo primero que nos llamó la atención fue la iluminación de la iglesia: un conjunto de reflectores programados que iluminan su fachada en una insólita sucesión cromática. Así que durante un minuto es lila, el siguiente es rosa mexicano… amarillo, verde, azul… Extraña y hermosa visión al mismo tiempo. Más fotos (con tripié, por supuesto, y largas exposiciones).

La Parroquia de Xico.

El remozado parque de Xico (que se funde con el atrio de la iglesia) se veía muy animado: gente, puestos con comida, más gente, más puestos con comida, niños jugando (que son parte de la gente), músicos. Un locutor anunciaba que pronto iba a dar comienzo el baile: “esta es la primera llamada, primera llamada”. Un original toque teatral. Y entre anuncio y anuncio el sistema de sonido reproducía un disco de… ¡Ray Conniff! Un fondo musical improbable en una localidad pequeña de tradiciones vivas y ancestrales.

Regresamos a casa, después de una parada técnica en un café de Xalapa, para tomar un “lechero” acompañado de unas “banderillas”. La combinación perfecta para terminar un día de paisajes extraños, bellos e inesperados.

Rendezvous en París XIV (Au Renoir!… perdón… Au Revoir!)

Con esta entrada termino la serie “Rendezvous en París”. Han quedado fuera, por supuesto, muchos lugares, fotografías, anécdotas, comentarios. Pero mi propósito nunca fue dar cuenta pormenorizada de mis últimas andanzas en esa increíble ciudad. Más bien he querido picar la curiosidad, motivar el interés por conocerla, sea por medio de libros y películas, o de una visita en vivo y a todo color. Tiendo a pensar que París no es sólo de los parisinos y de los franceses (habría que preguntarle también a Sarcozy), sino de todos: allí se encuentran claves, testimonios, vivencias, gérmenes, corrientes, movimientos artísticos, sociales, filosóficos, científicos, religiosos, que han alimentado a la cultura occidental, que han nutrido nuestras sociedades. No nos es tan ajena como puede pensarse.

Los dejo, por ahora, con varias fotografías, un poco sin orden, sino como las voy sacando de mis archivos. Espero que las disfruten, pero sobre todo que les abran la perspectiva de visitar París en el futuro cercano. “Aikir”, como diría nuestro buen Germán Dehesa. Después de esa primera visita, ya podemos decir, como Humphrey Bogart le dijo al oído a la deliciosa Ingrid Bergman en Casablanca: “Siempre tendremos París”.

Vista desde La Madeleine
Museo del Louvre
Museo D’Orsay, antigua estación de tren.
Dibujante en la acera
Fuente en el Centro Pompidou.
Pirámide invertida en el Museo del Louvre.
Basílica del Sacre Coeur.

Rendezvous en París XIII (The River: una instalación asombrosa)

Encargado por el Musée du Quai Branly, The River (El Río) es una instalación del artista escocés Charles Sandison. Es una invitación al visitante a sumergirse en un flujo de palabras en movimiento a diferentes velocidades, simulando arroyos que alimentan a un gran río. Esto se logra con la sincronización de diversos proyectores dirigidos por una computadora. En lugar de agua lo que fluye son 16 mil 597 palabras que constituyen los nombres de las personas y lugares que conforman las colecciones del museo.

Cartel de la instalación en el Museo Quai Branly

El río es alimentado por el discurso que resulta de la combinación de software y los ciclos hidrológicos, mezclando técnicas de simulación para la creación de vida artificial y para demostrar las leyes de la física. El agua representa la riqueza de las culturas como el flujo de palabras en el tiempo y el espacio. Se puede apreciar la diversidad humana al ver la diversidad de lenguajes que aparecen en su superficie. En este medio ambiente, el visitante puede imaginar las relaciones, ser cautivado por los movimientos de cambio de estos signos, juntarlos, interpretar el sueño.

Puede dar click al mini-video que tomé en el Museo. No olvide reproducirlo en alta definición (oprimir botón que dice “HD”) y a pantalla completa.

La obra de Charles Sandison, hoy residente de Finlandia, puede apreciarse en su página en Internet: www.sandison.fi

Rendezvous en París XI (Museo de Quai Branly)

Como comenté en una entrada anterior, uno de los descubrimientos más conmovedores en París fue el Museo del Muelle de Branly (Musée du Quai Branly). Aquí se encuentra una  vasta colección del arte de las culturas tradicionales de todo el mundo en un ambiente realmente sobrecogedor. Más de 300,000 muestras ocupan sus numerosas salas y serpenteantes pasillos.

Una de las fachadas del Museo Quai Branly.

Si bien el Museo tiene especial énfasis en las culturas asiáticas, africanas y de Oceanía, igualmente se pueden admirar obras de América Latina y los pueblos indígenas de Norteamérica. El edificio, diseñado por Jean Nouvel, es en sí ya un motivo para visitarlo, con sus formas curvas e irregulares y su increíble integración a los enormes jardínes que lo rodean.

Esculturas en madera.

El ingenioso empleo del cristal incorpora de manera creativa el entorno como telón de fondo a las exposiciones. El interior, compuesto de diversos niveles irregulares y pasillos, permite al expectador elegir la secuencia y ruta que quiera. No hay un orden impuesto por la arquitectura, sino que hay una libertad que tiende a crear orden dentro de un caos aparente.

Espíritu volador.
Tambores africanos.
Esculturas en cerámica.

El Museo de Quai Branly no sólo cuenta con espacios para las exposiciones, sino también con una mediateca, diversos nichos donde se pueden ver videos y escuchar grabaciones de música, salas de espectáculos, conferencias y proyecciones, áreas para actividades culturales, educativas y de investigación. No menos importante es su extraordinaria colección de instrumentos musicales.

Canoa.

París no es sólo el Museo del Louvre. La ciudad ofrece una cantidad y variedad inimaginable de museos. Algunos son pequeños y engañosamente modestos. Unos están en las principales avenidas, mientras que otros se encuentran en pequeñas calles, como si quisieran evitar la vista de los turistas. El Museo del Muelle de Branly es uno de esos lugares que hay que visitar. El visitante no va a encontrar las obras de artistas famosos, como Monet, Picasso o Dalí. Va a descubrir, en cambio, las extraordinarias obras de artistas anónimos cuyas culturas hemos tenido por “subdesarrolladas” por mucho tiempo. Este museo nos hace preguntar si dichas culturas no son los últimos vestigios de la cordura humana.

Rendezvous en París X (Allez enfants de la Patrie…)

Nuestro vuelo llega a París a las tres de la tarde del 14 de julio. Por esta razón no pudimos ir al desfile del Día de la Bastilla que se celebra en la Avenida de los Campos Elíseos. No es que me gusten los desfiles (de hecho los evito a toda costa), pero me atraía la idea de tomar fotos interesantes de las fuerzas armadas, del presidente Charles de Gaulle… perdón, Nicolas Sarkozy (con todo y Carla Bruni)… ah y los aviones caza que pasan volando a ras de suelo (es un decir), dejando sus estelas azules blancas y rojas.

Apenas terminamos de instalarnos en nuestro hotel (a unos 678 metros con 36 centímetros de la Torre Eiffel), nos dirigimos al Campo Marte, donde tradicionalmente se junta la gente a comer, beber, conversar y esperar la noche y junto con ella los fuegos artificiales que se lanzan desde Trocadero. Alrededor de las cinco de la tarde el Campo Marte estaba a reventar, pues se celebraba un festival de música por la igualdad, en el que desfilaron un gran número de artistas franceses (de los cuales sólo pude identificar a uno).

Mi instinto me dice que los fuegos artificiales se podrán ver y disfrutar mejor del otro lado del Sena, es decir, en Trocadero. Asi que nos dirigimos al puente d’Iéna para cruzar el río: imposible, hay una inexpugnable barrera metálica y un fuerte resguardo de policía y ejército. Nos dirigimos río arriba por el muelle Branly y el siguiente puente está igualmente cerrado al paso. El mismo instinto mencionado líneas arriba me dice que tendríamos que caminar mucho antes de poder cruzar. Desistimos. Pero quizá el destino quiso que hiciéramos uno de los descubrimientos más sensacionales del viaje: el Museo del Muelle Branly (Musée du Quai Branly). Por supuesto, estaba cerrado. Pero la sola fachada del edificio, rodeado de altos muros de cristal y un increíble jardín, nos hizo decidir regresar, alterando nuestros cuidadosos planes trazados semanas antes.

Cartel en el Museo del Muelle Branly

En nuestro camino de vuelta al Campo Marte, nos topamos con un jardín vertical en un edificio de tres niveles. Seguramente este jardín se conecta con un “techo verde”. Me da gusto ver por todas partes este tipo de respuestas a la actual crisis ambiental, aunque sean pequeñísimos granos de arena. Sabemos que no es suficiente y que lo más difícil está aún pendiente: cambiar nuestros patrones de consumo y de conducta. Algo que representa un giro radical de nuestra cultura depredadora.

Jardín vertical en el muelle Branly

Regresamos al Campo Marte. Está mucho más lleno. ¿De dónde sale tanta gente? Apenas se puede caminar sin tropezar con algún ciudadano francés. Navegamos entre las multitudes hacia lo que se conoce el Pabellón de la Paz, que es, como su nombre lo indica, un lugar dedicado a la paz: un monumento de Jean-Michel Wilmotte en el que se puede ver la palabra “paz” escrita un muchos idiomas sobre una superficie de plexiglás transparente. Después de varias horas de espera, incursiones fotográficas, tentempiés y derivas, dan las 11 de la noche y comienza el impresionante espectáculo de fuegos artificiales. Ha valido la pena. Una hora de música y luces. A medianoche emprendemos la retirada, junto con varios miles de personas. Con tanta emoción el apetito hace su presencia. Habrá que hacer una escala técnica antes de llegar al hotel.

Pabellón de la Paz, en el Campo Marte.
Fuegos artificiales sobre la Torre Eiffel.

Rendezvous en París IX (encuentro con Cartier-Bresson)

La Rue Mouffetard es una importante vía desde tiempos romanos, cuando unía Lutecia (antiguo nombre de París) con Roma. Hoy, es una zona muy conocida y visitada por sus mercados al aire libre, especialmente los de la Place Maubert, Place Monge y la Rue Daubenton, una bocacalle donde se organiza un alegre mercado africano. Las tiendas de los pequeños comerciantes conservan celosamente sus rótulos, muy antiguos y a veces pintorescos. Allí nos dirigimos la tarde del domingo, después de haber pasado la mañana en el Jardín de Plantas.

Arriba y abajo: la Rue Mouffetard. Por supuesto, puede dar click en las fotografías (tratadas con la técnica HDR) para ver los detalles por medio de la lente de aumento.

La tarde era lluviosa, pero era una lluvia intermitente y ligera. Las condiciones ideales para tomar fotografías interesantes en las que se mostraran los claroscuros de las nubes. Mientras Tere visitaba cada una de las tiendas (literalmente), yo buscaba ángulos donde emplazar la mirada. Fue en uno de esos momentos de ver la realidad a través de la lente que me vino a la mente una fotografía de Henry Cartier-Bresson (1908-2004) cuyo título es, precisamente, “Rue Mouffetard”. En ella se muestra a un niño que caminaba por esa calle con un par de botellas de vino. Su cara y su mirada mostraban no sólo alegría, sino también un aire de satisfacción y orgullo.

¿Posando para la cámara? ¿Feliz de ir a casa a disfrutar una comida acompañada por el vino que lleva en sus brazos? ¿Cómo saberlo? No importa: con ver ese rostro es más que suficiente. Cartier-Bresson dijo lo siguiente sobre el arte de la fotografía:

El aparato fotográfico es para mi un cuaderno de croquis, el instrumento de la intuición y de la espontaneidad, el maestro del instante que, en términos visuales, cuestiona y decide al mismo tiempo. Para significar el mundo, es preciso sentirse implicado con lo que se recorta a través del visor. Esta actitud exige concentración, sensibilidad, un sentido de la geometría. Es a través de una economía de medios y sobre todo el olvido de uno mismo como se llega a la simplicidad de la expresión

Rendezvous en París VIII (Edgar Morin y Le Marais)

Entre los objetivos del viaje a París estaba visitar a Edgar Morin y entregarle en propia mano un libro que publicamos cinco compañeras universitarias y yo: Una educación emergente para la era planetaria (2010, Arana Editores). Edgar Morin (París, 1921) es uno de los pensadores contemporáneos más influyentes, autor de una impresionante obra que incluye la serie de libros conocida como El Método. Su preocupación ha sido cómo religar los saberes humanos que hoy se encuentran fragmentados en disciplinas, especializaciones y profesiones. Así que dentro de los planes estaba ir al número 7 de la Rue St. Claude, en el corazón del barrio Le Marais.

Este barrio era antes una zona pantanosa, como lo indica su nombre (marais significa “ciénaga”) y adquirió importancia debido a su cercanía al Louvre, que era la residencia predilecta de Carlos V.  Alcanzó su apogeo durante el siglo XVII, cuando se convirtió en el lugar de moda de las clases adineradas y donde construyeron grandes mansiones, denominadas hôtels. Ahora, muchas de esas casas han sido restauradas y convertidas en museos. Recobró vida el barrio debido a una ambiciosa restauración y hoy es una de las áreas más elegantes, poblada por boutiques, galerías y animados restaurantes. Si bien las rentas se han elevado enormemente en Le Marais, han permanecido muchos artesanos, panaderos y pequeños cafés, así como una mezcla étnica de judíos y antiguos inmigrantes de diversas culturas.

Cuando llegué al portón de la casa de Edgar Morin me di cuenta que se trataba de un edificio de departamentos. ¿Qué timbre tocar cuando en el tablero había cerca de 30 botones? “Disculpe usted, ¿vive allí Edgar Morin?”, practicaba yo mentalmente mientras me hacía a la idea de molestar a medio mundo en el edificio. Estaba en ese ejercicio mental cuando, afortunadamente, llegó uno de los inquilinos, a quien abordé inmediatamente para preguntarle en qué departamento vivía Morin. “Él ya no vive aquí desde hace tres meses”, me contestó. Mientras me reponía de la noticia, me invitó amablemente a pasar para preguntarle al portero si sabía su nuevo domicilio. No, no había dejado su nueva dirección. Dejé el edificio con sensación de misión no cumplida pero, sobre todo, con las ganas de saludar, de abrazar, a un amigo.

Dediqué un par de horas a recorrer el barrio, sobre todo su hermosa plaza Les Vosges, considerada como la más bella de París. Visité el Museo Carnavalet y dejé para el final lo que sería el remate perfecto: el Museo Picasso. Frustración. En remodelación. Quizá para el 2012 tenga la oportunidad de recorrerlo. Es hora de comer, verbo que en francés se conjuga con vino.

Rendezvous en París VII (Montmartre)

La Butte, como le llaman los parisinos a Montmartre, es una colina que destaca sobre la geografía más o menos plana de París. Es uno de los lugares más pintorescos (nótese lo original del adjetivo) y lleno de contrastes de la ciudad. Se puede subir en funicular, pero es mucho mejor hacerlo por alguna de las laberínticas callejuelas que llevan a la cima (hay que advertir que lo mismo sirven para bajar), coronada por la impresionante basílica del Sagrado Corazón (Sacré-Coeur).

Montmartre y el arte son inseparables, pues desde el siglo XIX este barrio fue el centro de pintores, escritores y poetas, quienes, después de pintar o escribir se iban a divertir a los cabarés, revistas y otros locales de espectáculos, incluyendo casas de mala nota. Por algún tiempo, Montmartre se ganó la reputación de lugar de depravación. Por desgracia ya no lo es más. Uno de los lugares que atrae más a la gente es la antigua plaza del pueblo, la Place du Tertre, donde se concentra un buen número de retratistas. Fue aquí donde en 1956 Salvador Dalí pintó su famoso Don Quijote con un cuerno de rinoceronte, ante los ojos atónitos de los turistas.

La basílica del Sagrado Corazón es una de las pocas iglesias construidas con bloques de piedra blanca, lo que la hace destacar desde lejos. Se construyó entre 1876 y 1914. Su arquitecto, Paul Abadie, se inspiró en las antiguas iglesias románicas. En el campanario (83 metros de altura) se encuentra alojada la campana Savoyarde, una de las más grandes del mundo, con sus 19 toneladas de peso. La cúpula central es el lugar más alto de París, después de la Torre Eiffel.

Este barrio está lleno de pequeñas tiendas, restaurantes, creperías, galerías de arte y locales donde se puede escuchar música y beber. Es una verdadera mina para los fotógrafos, con sus minúsculas plazas, calles sinuosas, terrazas con vistas impresionantes de París, largas escalinatas y el famoso viñedo, donde se lleva a cabo la vendimia a principios de otoño en un ambiente de jolgorio. Es el lugar perfecto para perderse, para caminar por instrumentos, sin mapa y sin guía turística.

Con tanta caminata, con tanto subir a bajar, el hambre hace acto de presencia. Es hora de hacer un alto para disfrutar un entrecot que, como su nombre lo indica claramente, significa “entre las costillas”. Una cerveza para acompañar la carne… o un vinillo tinto. Aunque no estaría mal comenzar por una clásica sopa de cebolla. Lo bueno es que el regreso es de pura bajada.

Rendezvous en París VI (un museo de plantas)

No todos los museos son de arte. En París, el Jardín de las Plantas (Jardin des Plantes) es considerado un museo en el estricto sentido de la palabra. Es una institución que mantiene colecciones de plantas vivas documentadas con la investigación científica, la conservación, la difusión del conocimiento y la exposición abierta al público. La construyó Luis XIII en 1635, y comenzó como un jardín de plantas medicinales. Hoy, está formado por diversos jardines, invernaderos, la Casa de los Animales (Menagerie), la Escuela de Botánica, la Gran Galería de la Evolución, Galerías de Paleontología y Anatomía Comparada, un laberinto con un mirador en el centro, auditorio, salas de exposición… ah, y, lo imprescindible, un excelente restaurante: La Ballena (La Baleine).

A los 32 años, Georges Louis Leclerc, conde de Buffon (1707-1788), se convirtió en conservador del Jardin des Plantes en una época en que la historia natural alimentaba el pensamiento de la época. Buffon fue el cerebro de la reorganización del Jardín y lo elevó a un nivel preeminente en el ámbito científico. En 1752, fue elegido miembro de la Academia Francesa a raíz de sus trabajos: Historia Natural y Las Épocas de la Naturaleza. Los Jardines están asociados a los trabajos científicos de Jean-Baptiste Lamarck, el genio que puso de cabeza al mundo con su teoría de la evolución.

En este jardín aprendí que hay hoteles para abejas, como el que se muestra  en la foto de abajo. Junto a él, hay un letrero que dice”¡Bienvenidas todas las abejas a este hotel!” Supongo que sólo podrán leer este aviso las abejas que hablan francés.

También aprendí que hay árboles que crecen hacia los lados, más que hacia arriba, formando una especie de cueva a la que hay que entrar agachándose. Una vez adentro, se descubre un lugar que  a cualquier niño le parecería maravilloso: el refugio ideal para aislarse del mundo, incluyendo de los padres y de las sopas de fideo.

Cuando viajo, me gusta tomar nota de los pequeños detalles que hacen que los lugares sean lo que son. Cuando uno está en París, no importa hacia dónde se mire, allí habrá algo donde estacionar la mirada por un buen rato. Esta vez, no fue un objeto de hace dos o tres siglos, sino un elemento moderno: las bancas situadas a lo largo de las calzadas del Jardín. No sólo son bellas y simples: ¡son extraordinariamente cómodas! Creo que resumen el propósito del buen diseño. Nótese que son de una sola pieza: ni un tornillo, ni una tuerca.

También hay que estar preparado para lo inesperado, desde lo más pequeño, como un “insecto palo”, de apenas unos cuantos milímetros, hasta un estegosaurio con mirada de malas intenciones. Parece acecharme. Pero también parece asecharme. ¿Conocerá la diferencia entre ambos verbos? ¿Será su hora de almuerzo?

La mañana se ha ido demasiado rápido en el Jardin des Plantes. Más de 400 fotografías para ayudar a la memoria. Increíble que un lugar como éste se encuentre en medio de Paris, con sus enormes reservas de especies. Un lugar donde se forman botánicos de primera línea y jardineros movidos por el amor a la vida. Hay que regresar. Algún día. Por ahora hay que enfilarse hacia la calle Mouffetard, a unas cuantas cuadras. Dicen que allí se puede comer muy bien. Habrá que ver, pues uno no puede confiar de los dichos de la gente.

Rendezvous en París V (la catedral en medio de las aguas)

La visita a la catedral de Notre-Dame (1163) es una de las muchas visitas  obligadas de los turistas en París. Estoy conciente que escribí “obligadas” y “turistas”. Con esto queda claro que es una especie de trámite para la mayoría de los visitantes que van a sacarse la foto frente a la fachada principal, o junto a una de esas (literalmente) monstruosas gárgolas que adornan y sirven de goteras en los techos del edificio. Pero también estoy seguro de que no pocos de quienes van a cumplir con ese protocolo llegan a sentir algo especial cuando se encuentran bajo la influencia de esta imponente iglesia medieval. Y no es difícil. Es cuestión de ponerse en otra modalidad: desacelerar, hacer una pausa, poner atención, hacer a un lado la guía verde de Michelin, y dejarse llevar por la percepción y los sentidos. Un esfuerzo nada del otro mundo, pero que se nos dificulta tanto en esta era inundada de Blackberries y otros instrumentos nómadas de trabajo y “productividad”.

Si estamos frente a Notre-Dame, o debajo de ella, nos encontramos justo en el corazón de París. En esta pequeña isla, la Isla de la Cité, nació París, hace unos 2 mil 260 años (ignoro la hora). Todo comenzó con el asentamiento de un grupo de pescadores galos de la tribu de los Parisi. Es el nacimiento de Lutecia, nombre celta que significa “casas en medio del agua”. Y aquí estoy, en esta magnífica catedral en medio del agua, dejándome llevar por los sentidos (y una que otra distracción que se cruza por mi campo visual). Esta vez son las puertas, las tres impresionantes puertas de la fachada principal. Hay que verlas de lejos, en conjunto. Pero también de cerca. De muy cerca. Casi tocarlas y sentir sus detalles. Cerrar los ojos. Son un agasajo.

Voy con mi Nikon D7000 y su lente original de 18-105 mm. Desde donde estoy parado, no puedo abarcar toda la fachada de Notre-Dame en una sola toma, pues necesitaría un gran angular muy abierto, quizá un “ojo de pescado”. Así que tomo tres fotos: la base, la parte media y la parte superior del edificio. Procuro mantener el mismo eje vertical para que después pueda unir las tres fotos (mediante un programa especial) y se vea como una sola. De esta manera mato dos pájaros con tres disparos (sé que la frase no suena muy afortunada). Por una parte, tener toda la fachada a una distancia razonable. Por otra, contar con una fotografía que muestre las tres puertas principales y con una resolución que permita al espectador apreciar los detalles mediante un “click” con el ratón.

Los tres pórticos son desiguales. Si se miran con cuidado, se puede advertir que la puerta del centro es más alta y más ancha que las otras dos. En la Edad Media, este era un truco muy efectivo para evitar la monotonía de las grandes superficies. Pero, repito, hay que tener la calma y la atención para descubrir estos detalles. De hecho, la intención con estos pórticos era muy interesante: los fieles que no sabían leer podían aprender la historia sagrada admirando y “leyendo” las estatuas y bajorrelieves allí expuestos. El pórtico de la izquierda está dedicado a la Virgen María, el del centro al Juicio Final (tema omnipresente para infundir el miedo entre los pecadores potenciales… o sea todos), y el de la derecha a Santa Ana (abuela de Jesús).

Con tanta cultura e historia da mucha hambre y mucha sed. Es necesario recargar las baterías. Lo maravilloso de París es que por todas partes hay restaurantes y brasseries. Una buena panadería (boulangerie) nos quedaría también muy bien: un baguette con una combinación de jamón y quesos. Y un vinillo, para no cerrar en falso (que es lo peor que podría suceder en estos casos).

Nota: Las fotografías (derechos reservados) fueron procesadas mediante la técnica de HDR (high dynamic range), con el fin de obtener el mayor rango posible de contraste en luces y sombras. Los invito a verlas con detenimiento, dando click en ellas y utilizando el instrumento de aumento.