Arte, poesía y… trenes

Abordamos el tren de Eurostar poco antes las nueve de la mañana, en la estación Gare du Nord de París. Este tren une, entre otras ciudades, a París, Londres y Bruselas. La velocidad crucero es de alrededor 330 km/h, aunque la reduce a 140 km/h cuando corre por el Eurotunel, por debajo del Canal de la Mancha, a lo largo de 50 kilómetros. Nos dirigimos a Londres, donde nuestros objetivos principales son los museos de Victoria y Alberto y el de Historia Natural, así como la galería Tate Modern. El viaje dura 2 horas y 15 minutos. Con la diferencia de uso horario entre las dos ciudades, llegamos a las 10 de la mañana, hora local.

El primer contacto que tenemos es con la estación londinense de Saint Pancras, un enorme espacio que alberga no sólo la estación, sino también un hotel de cinco estrellas, restaurantes, bares y tiendas de todo tipo. Combina magníficamente la arquitectura victoriana con la arquitectura moderna. En los pasillos hay diversas esculturas, pero la que más nos llama la atención es Meeting Place (Lugar de encuentro), del escultor británico Paul Day.

Lugar de encuentro
Lugar de encuentro
Lugar de encuentro
Lugar de encuentro

En la base de la escultura, el artista esculpió un friso en alto relieve en el que se representan diversas escenas relacionadas con la vida del metro londinense (tube, le dicen los ingleses). Es incréible el grado de detalle de las figuras y la inusual perspectiva de cada escena. A continuación muestro algunas fotografías del friso. Dé click en cada una de ellas y observe los detalles.

Friso 01
Friso 01
Friso 02
Friso 02
Friso 03
Friso 03

 

Friso 04
Friso 04
Friso 05
Friso 05

Tomamos el metro hacia South Kensington, por la línea Picadilly, hacia los museos. De regreso a la estación, por la noche, tendremos oportunidad de explorar más la estación Saint Pancras, incluyendo algún restaurant.

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Ensayos fotográficos (museos, galerías y calles)

Muestro esta vez diez fotografías relacionadas con el arte. Tienen como marco algún museo o alguna calle de la ciudad de París. He utilizado el programa Lightroom, de Adobe, para procesarlas y crear ciertos efectos que enfaticen algunas cualidades de la imagen. Espero que les gusten. Nota: haga click sobre las imágenes para apreciar los detalles.

Fachada Pompidou
Fachada Este del Centre Pompidou
Dynamo Esfera suspendida
Esfera suspendida, Grand Palais.
Pintor Place du Tertre
Pintor en la Place du Tertre
Mona Lisa 01-Editar-Editar
Buscando a la Mona Lisa, Museo del Louvre.
Pintor en la Acera
Artista sobre la acera
Figuras Humanas
Figuras sobre blanco, Centre Pompidou.
Silla de Ruedas
Tela voladora, Gran Palais.
Dynamo Color Rooms - copia
Cuartos de Color, Gran Palais.
Branly 03
Arte australiano, Museo Quai Branly.
Orangerie 02-Editar
Les Nymphéas, de Monet, Orangerie.

 

GO

En 1979, poco antes de partir a Edimburgo, Escocia, a estudiar una maestría, un amigo mío me pidió, me suplicó, que si alguna vez entraba a una tienda de juegos, que por favor le comprara un tablero y las piezas de un antiguo juego llamado Go. Recuerdo que anoté el encargo, pero no haber pedido descripción alguna sobre él. Como suele suceder, al menos en mi caso, olvidé por completo la encomienda. Y así pasaron los meses hasta que, sin pensar en el asunto, me topé con una pequeña y atractiva juguetería, justo frente a donde se encuentra la famosísima estatua del “Bobby de Greyfriars”. Recuerdo que estaba repleta de los juegos más variados, la gran mayoría de ellos desconocidos para mí. Y, por ahí, en uno de los estantes, vi que se asomaba una caja con símbolos orientales y la palabra “Go” impresa en letras muy grandes. Mi mente hizo “click” inmediatamente, y pedí a la empleada que me la enseñara. Ella la abrió y me mostró el contenido: un tablero de madera y dos cuencos con piezas blancas y negras. Compré el juego junto con tres libros: uno para principantes, otro para nivel intermedio y el último para jugadores avanzados. Salí satisfecho de la tienda por haber hecho honor al encargo. La excusa precisa para tomar una cerveza en el pub de junto.

La estatua del Bobby de Greyfriars, en Edimburgo, Escocia.

Dos años después, de regreso a casa, Tere y yo desempacamos las cuatro enormes y pesadas maletas que venían completamente llenas de ropa y quién-sabe-qué-tantas-cosas-más. Cuando saqué el juego y los libros, los puse en uno de los armarios de la recámara. Allí, tablero, fichas y libros reposaron por años. Como ya no volví a ver a Mariano, que es el nombre de mi amigo, el asunto quedó completamente olvidado. Al menos por un tiempo. Una mañana de otoño (en realidad no recuerdo la estación, pero le da más sabor al relato) leí en la sección de “Oportunidades” del periódico un pequeño anuncio que decía más o menos así: “Doy clases gratuitas de Go, un juego oriental muy antiguo. Interesados hablar al teléfono…”. No hace falta decirlo (pero lo digo de todas maneras), pero hablé inmediatamente a ese teléfono y concerté una cita para mi primera sesión de Go. Debo decir que fue uno de los descubrimientos más fascinantes de mi vida en torno a cualquier clase de juego. Recuerdo haber asistido a unas seis sesiones de Go, en las que aprendí no sólo las reglas, sino también el sentido general del juego y algunas estrategias básicas.

Tablero y piedras de Go.

Pero, ¿qué es el Go? Se cree que este juego se inventó en Tibet, en el norte de India o posiblemente en China, alrededor del año 2 000 antes de Cristo. De hecho es el juego más viejo que se sigue jugando más o menos en su forma original. El Go es un juego de territorio. El tablero está marcado con un cuadrado de 41.5 x 44.5 centímetros, formado por 19 líneas verticales y 19 líneas horizontales. Las líneas forman 361 intersecciones sobre las cuales se colocan las piezas, conocidas como “piedras”. Para que el lector tenga una idea de la complejidad de este juego, basta recordar que el ajedrez tiene 64 casillas, mientras que el Go cuenta con 361 espacios. Los grandes maestros afirman que jugar Go equivale a jugar simultáneamente cuatro juegos de ajedrez. Se comienza con el tablero vacío en el que los jugadores  de manera alternada colocan sobre las intersecciones una piedra a la vez, discos negros y blancos que miden apenas un poco más de un centímetro de diámetro.

Una partida de Go en progreso.

El Go difiere mucho de la mayoría de los juegos occidentales por ser un juego constructivo. El área de juego es muy grande y el análisis exacto de las posiciones es imposible, por lo que uno debe desarrollar un estilo fundado en la intuición y en el dominio de una inmensa variedad de estrategias y tácticas. Hay muchas oportunidades para el análisis lógico, pero el Go se mantiene más como arte que como ciencia. Los principios que subyacen en este juego son construir y compartir. Los dos jugadores, aunque casi siempre hay un ganador (puede haber empate), son compañeros en un ejercicio de coexistencia. Cada uno necesita del otro para jugar ya sea por puro gozo o auto-iluminación. La actitud apropiada hacia el oponente es, por tanto, no una de agresión y animosidad sino de respeto y amistad.

Posición final en una partida.

Aunque he visto de vez en cuando a Mariano en años recientes, él no se ha acordado de aquel encargo que me hizo en 1979. Yo tampoco.

Las cascadas de Texolo y la comida de Xico

El pasado domingo enfilamos rumbo a las cascadas de Texolo, situadas a tres kilómetros de la localidad de Xico (estado de Veracruz). Se llega por un camino empedrado, rodeado (todavía) por una exuberante vegetación, donde predominan los cafetales y las plantas de plátano. Pudimos apreciar que han aparecido un buen número (nótese la exactitud del dato) de restaurantes y de posadas en el trayecto. La misión era tomar algunas fotos en un lugar que tenía por lo menos tres años que no visitábamos.

Después de un par de horas, después de caminar por veredas, miradores, despeñaderos y puentes, el hambre nos advirtió que ya era hora de suspender la sesión fotográfica. Emprendimos el regreso a Xico, donde constatamos lo que ya sabíamos: la variedad y exquisitez de la comida de esta región. Después de una pausada degustación (cursi eufemismo para encubrir un tremendo atracón), decidimos visitar la parroquia de Xico. Debo advertir que para entonces eran casi las siete de la noche.

Una de las corrientes que alimentan a las cascadas.

Lo primero que nos llamó la atención fue la iluminación de la iglesia: un conjunto de reflectores programados que iluminan su fachada en una insólita sucesión cromática. Así que durante un minuto es lila, el siguiente es rosa mexicano… amarillo, verde, azul… Extraña y hermosa visión al mismo tiempo. Más fotos (con tripié, por supuesto, y largas exposiciones).

La Parroquia de Xico.

El remozado parque de Xico (que se funde con el atrio de la iglesia) se veía muy animado: gente, puestos con comida, más gente, más puestos con comida, niños jugando (que son parte de la gente), músicos. Un locutor anunciaba que pronto iba a dar comienzo el baile: “esta es la primera llamada, primera llamada”. Un original toque teatral. Y entre anuncio y anuncio el sistema de sonido reproducía un disco de… ¡Ray Conniff! Un fondo musical improbable en una localidad pequeña de tradiciones vivas y ancestrales.

Regresamos a casa, después de una parada técnica en un café de Xalapa, para tomar un “lechero” acompañado de unas “banderillas”. La combinación perfecta para terminar un día de paisajes extraños, bellos e inesperados.

Rendezvous en París XIV (Au Renoir!… perdón… Au Revoir!)

Con esta entrada termino la serie “Rendezvous en París”. Han quedado fuera, por supuesto, muchos lugares, fotografías, anécdotas, comentarios. Pero mi propósito nunca fue dar cuenta pormenorizada de mis últimas andanzas en esa increíble ciudad. Más bien he querido picar la curiosidad, motivar el interés por conocerla, sea por medio de libros y películas, o de una visita en vivo y a todo color. Tiendo a pensar que París no es sólo de los parisinos y de los franceses (habría que preguntarle también a Sarcozy), sino de todos: allí se encuentran claves, testimonios, vivencias, gérmenes, corrientes, movimientos artísticos, sociales, filosóficos, científicos, religiosos, que han alimentado a la cultura occidental, que han nutrido nuestras sociedades. No nos es tan ajena como puede pensarse.

Los dejo, por ahora, con varias fotografías, un poco sin orden, sino como las voy sacando de mis archivos. Espero que las disfruten, pero sobre todo que les abran la perspectiva de visitar París en el futuro cercano. “Aikir”, como diría nuestro buen Germán Dehesa. Después de esa primera visita, ya podemos decir, como Humphrey Bogart le dijo al oído a la deliciosa Ingrid Bergman en Casablanca: “Siempre tendremos París”.

Vista desde La Madeleine
Museo del Louvre
Museo D’Orsay, antigua estación de tren.
Dibujante en la acera
Fuente en el Centro Pompidou.
Pirámide invertida en el Museo del Louvre.
Basílica del Sacre Coeur.

Rendezvous en París XIII (The River: una instalación asombrosa)

Encargado por el Musée du Quai Branly, The River (El Río) es una instalación del artista escocés Charles Sandison. Es una invitación al visitante a sumergirse en un flujo de palabras en movimiento a diferentes velocidades, simulando arroyos que alimentan a un gran río. Esto se logra con la sincronización de diversos proyectores dirigidos por una computadora. En lugar de agua lo que fluye son 16 mil 597 palabras que constituyen los nombres de las personas y lugares que conforman las colecciones del museo.

Cartel de la instalación en el Museo Quai Branly

El río es alimentado por el discurso que resulta de la combinación de software y los ciclos hidrológicos, mezclando técnicas de simulación para la creación de vida artificial y para demostrar las leyes de la física. El agua representa la riqueza de las culturas como el flujo de palabras en el tiempo y el espacio. Se puede apreciar la diversidad humana al ver la diversidad de lenguajes que aparecen en su superficie. En este medio ambiente, el visitante puede imaginar las relaciones, ser cautivado por los movimientos de cambio de estos signos, juntarlos, interpretar el sueño.

Puede dar click al mini-video que tomé en el Museo. No olvide reproducirlo en alta definición (oprimir botón que dice “HD”) y a pantalla completa.

La obra de Charles Sandison, hoy residente de Finlandia, puede apreciarse en su página en Internet: www.sandison.fi

Rendezvous en París XI (Museo de Quai Branly)

Como comenté en una entrada anterior, uno de los descubrimientos más conmovedores en París fue el Museo del Muelle de Branly (Musée du Quai Branly). Aquí se encuentra una  vasta colección del arte de las culturas tradicionales de todo el mundo en un ambiente realmente sobrecogedor. Más de 300,000 muestras ocupan sus numerosas salas y serpenteantes pasillos.

Una de las fachadas del Museo Quai Branly.

Si bien el Museo tiene especial énfasis en las culturas asiáticas, africanas y de Oceanía, igualmente se pueden admirar obras de América Latina y los pueblos indígenas de Norteamérica. El edificio, diseñado por Jean Nouvel, es en sí ya un motivo para visitarlo, con sus formas curvas e irregulares y su increíble integración a los enormes jardínes que lo rodean.

Esculturas en madera.

El ingenioso empleo del cristal incorpora de manera creativa el entorno como telón de fondo a las exposiciones. El interior, compuesto de diversos niveles irregulares y pasillos, permite al expectador elegir la secuencia y ruta que quiera. No hay un orden impuesto por la arquitectura, sino que hay una libertad que tiende a crear orden dentro de un caos aparente.

Espíritu volador.
Tambores africanos.
Esculturas en cerámica.

El Museo de Quai Branly no sólo cuenta con espacios para las exposiciones, sino también con una mediateca, diversos nichos donde se pueden ver videos y escuchar grabaciones de música, salas de espectáculos, conferencias y proyecciones, áreas para actividades culturales, educativas y de investigación. No menos importante es su extraordinaria colección de instrumentos musicales.

Canoa.

París no es sólo el Museo del Louvre. La ciudad ofrece una cantidad y variedad inimaginable de museos. Algunos son pequeños y engañosamente modestos. Unos están en las principales avenidas, mientras que otros se encuentran en pequeñas calles, como si quisieran evitar la vista de los turistas. El Museo del Muelle de Branly es uno de esos lugares que hay que visitar. El visitante no va a encontrar las obras de artistas famosos, como Monet, Picasso o Dalí. Va a descubrir, en cambio, las extraordinarias obras de artistas anónimos cuyas culturas hemos tenido por “subdesarrolladas” por mucho tiempo. Este museo nos hace preguntar si dichas culturas no son los últimos vestigios de la cordura humana.