Desde el xilófono de 8 notas a Yuja Wang

Tengo escasos y fragmentados recuerdos de mi niñez temprana. Son breves imágenes que han perdurado a través de las eras geológicas. Uno de esos recuerdos proviene de cuando estaba en el kinder. Para una festividad, posiblemente el Día de las Madres, nuestras profesoras creyeron que era una buena idea que los niños interpretáramos la Marcha Turca, de Mozart. Pero debo aclarar que sólo íbamos a tocar instrumentos de percusión, acompañando a una grabación profesional de dicha pieza. Así que entre los niños y niñas se repartieron claves, panderos, tambores, maracas, triángulos, etc. A mi me asignaron un xilófono de 8 notas. No recuerdo cuántas veces ensayamos, pero sí que llegamos a dominar razonablemente los ritmos y cuándo debía entrar  cada uno de los grupos de instrumentos. De las 8 notas disponibles en mi xilófono, debía tocar solamente una. Yo, debo confesarlo, me sentía un verdadero virtuoso con ese despliegue de destreza. Recuerdo bien que nuestra interpretación fue espléndidamente aplaudida (aunque teniendo a nuestras mamás de público uno no puede esperar mucha exigencia). Ignoro si esa experiencia tuvo algún impacto en alguno de nosotros, de tal suerte que haya decidido tomar el camino de la música.

La Marcha Turca, es en realidad uno de los tres movimientos de la Sonata para Piano No. 11, de Wolfgang Amadeus Mozart (Salzburgo, 1756 – Viena, 1791): 1. Andante grazioso, 2. Menuetto y 3. Rondo Alla Turca Allegretto. Este movimiento es muy popular y se suele tocar aisladamente del resto de la Sonata. Constituye uno de los caballos de batalla de estudiantes de piano, quienes lo practican hasta el cansancio para demostrar que el dinero que han pagado los padres por las lecciones ha valido la pena. Pues bien, el pianista ruso Arcadi Volodos (San Petesburgo, 1972), considerado como uno de los mejores, hizo un arreglo muy ingenioso de la Marcha, dándole un toque divertido y a veces jazzeado. Pero no solamente eso: requiere de una maestría técnica impresionante. Yuja Wang (Pekín, 1987) es una pianista china que hoy, con sus 21 años de edad, es una de las intérpretes mejor dotadas técnica e interpretativamente en el mundo. He querido esta vez compartir la versión de Volodos de la Marcha Turca de Mozart, en manos de Yuja Wang.

Yuja Wang, interpretando la Marcha Turca de Mozart, en la versión de Arcadi Volodos. Carnegie Hall. (c) Video tomado de TouTube.

¿No es una maravilla? Tiendo a pensar que hay una conexión cósmica entre mi interpretación de una sola nota en el xilófono en el kinder y esta de Yuja Wang en el famoso Carnegie Hall de Nueva York. Seguramente también su mamá debe estar orgullosa de ella.

De premios, libros, palacios, miniaturas y edificios inexistentes

Veo que mi última publicación tiene fecha del 9 de marzo de 2018. Durante 10 meses he estado alejado de este blog y la única razón dudosamente válida que encuentro es que estuve inmerso en un periodo sabático, escribiendo un libro sobre sustentabilidad. En mi página descubro varios borradores que nunca vieron la luz… o la oscuridad. Así que después de 300 días de ausencia retomo el ejercicio de escritura en este medio. Dedico esta entrada a mi buen amigo Luis Porter Galetar quien, por cierto, obtuvo el Premio ANUIES 2018 por su Trayectoria Profesional en Educación Superior y Contribución a su Desarrollo.

luis porter
Luis Porter, entrevistado por la publicación Al Momento. Copyright Al Momento, 2018.

Y hablando de Luis Porter, el 22 de febrero del año pasado tuve la oportunidad de participar en la presentación de su libro Lecciones a mí  mismo. Vida y universidad. Esto sucedió en el Palacio de Minería de la ciudad de México, a las cinco de la tarde. Se trata de un libro extraordinario que aborda diversos problemas de la universidad pública mexicana. Pero del libro hablaremos en otra entrada con más calma y detalle. Lo que ahora me ocupa es otro asunto. Después de la presentación, la firma de ejemplares por el autor y el desalojo de la sala, los participantes nos despedimos en el pasillo, en medio de ríos de gente que iba a la caza de buenos libros. Le dije a Luis que quería aprovechar que todavía era temprano y  había luz natural para tomar algunas fotografías en el Centro Histórico. Fue entonces cuando, bajando un poco la voz, me dijo lo siguiente, o algo muy parecido: “Mira, el Centro Histórico es una maravilla y esconde muchos lugares que hay que visitar. La mayoría de esos sitios puedes encontrarlos en las guías turísticas, como el Palacio Postal, el Museo Nacional de Arte, el Café de Tacuba, La Casa de los Azulejos, el Museo de la Estampa o el Franz Mayer, entre muchos más. Pero el Centro Histórico, he podido descubrir en mis largas caminatas, encierra un verdadero misterio”. Fue entonces cuando hizo una breve pausa para despedirse de algunos colegas y estudiantes.

Panorama Palacio de Minería Bis
Palacio de Minería, Ciudad de México. © Arturo Guillaumín T. / 2018.

Cúpula Palacio de Minería
Cúpula del Palacio de Minería, ciudad de México. © Arturo Guillaumín T. /2018.

El Caballito
“El Caballito”, escultura de Carlos IV, de Miguel Tolsá. Centro Histórico de la Ciudad de México. © Arturo Guillaumín T. / 2018.

Y prosiguió: “No sé exactamente a qué se deba, pero algunas veces de forma inesperada encuentras ciertas anomalías – Luis enfatizó la palabra “anomalías” con un gesto bastante anómalo que me sacó de onda momentáneamente . Son anomalías, prosiguió, en el paisaje urbano de este sector de la ciudad. Si vas distraído en tus pensamientos es posible que ni te des cuenta, porque suelen mostrarse de manera muy sutil. Pero si vas con los sentidos muy atentos no tendrás ningún problema. No tengo una explicación, pero sí tengo la intuición de que tiene que ver con una especie de algoritmo o algo así, que depende de cuántas veces dobles las esquinas a la derecha y cuántas a la izquierda, en secuencias que contengan como múltiplo al número áureo phi, siempre y cuando se siga un plano tangencial de la figura fractal más próxima al eje de rotación”. Me quedé viendo la magnífica cúpula del Palacio de Minería como si allí pudiera encontrar alguna pista de lo que acababa de escuchar. Como no la encontré, me limite a contestar que procuraría estar atento, siempre y cuando ningún perro callejero me distrajera. Luis se limitó a encogerse de hombros y decir “Chao”, mientras se encaminaba apresuradamente a la escalera más próxima. Pude notar que iba silvando el tercer movimiento de la décima sinfonía de Mahler (allegretto moderato). Nada mal para no llevar la partitura encima.

Palacio Postal
Escaleras del Palacio Postal, Centro Histórico de la CDMX. © Arturo Guillaumín T. /2018.

Palacio de Bellas Artes
Palacio de Bellas Artes, Ciudad de México. © Arturo Guillaumín T. /2018.

A decir verdad, me desentendí de las apreciaciones de Porter respecto a las supuestas anomalías. Así que torcí a la derecha y a la izquierda según se me antojara en el momento. Fue en ese azaroso deambular que llegué a una esquina del Centro Histórico donde a finales del siglo XIX había una joyería que se llamaba “La Esmeralda”. Ya no hay ni rastro de esa joyería de lujo, excepto que al edificio se le quedó ese nombre. En la planta baja está ocupada por una tienda de discos y en la planta superior hay un lugar muy interesante, aunque puede pasar desapercibido si uno lleva la mirada clavada al nivel de la acera: el Museo del Estanquillo. Hay que entrar por un estrecho y no muy atractivo pasillo que conduce a un pequeño elevador que debe tener una capacidad máxima para cargar 2.5 personas. Es mejor no llevar prisa, pues el elevador se toma su tiempo para cubrir los cinco metros y medio que separan la planta baja y la primera. Pero la subida vale la pena. El Museo alberga varias colecciones del escritor Carlos Monsiváis (Ciudad de México: 1938-2010), que fue enriqueciendo a lo largo de 30 años: fotografía, carteles, miniaturas, juguetes, dibujos y caricaturas, grabados.  Monsiváis visitaba los fines de semana lugares como La Lagunilla y la Plaza San Ángel para comprar los objetos más disímiles (de ahí el nombre del Museo) y llegar a juntar alrededor de 12 000, todos relacionados con la cultura popular mexicana (su debilidad por el mundo de las luchas y de los luchadores es muy conocida). Según veo en una placa, este lugar se encuentra en la calle de Isabel La Católica número 26.

Museo del Estanquillo
Museo del Estanquillo, Ciudad de México. © Arturo Guillaumín T. / 2018.

Ofrenda de muertos miniatura
Ofrenda de muertos miniatura (¡con gato!), Museo del Estanquillo, Ciudad de México. © Arturo Guillaumín T. / 2018.

Marionetas
Marionetas, Museo del Estanquillo, Ciudad de México. © Arturo Guillaumín T. /2018.

Bendición de los animales
Bendición de los animales, Museo del Estanquillo, CDMX. © Arturo Guillaumín T. / 2018.

Panorama Interior La Profesa
Templo San Felipe Neri (La Profesa), Ciudad de México. © Arturo Guillaumín T. /2018.

Edificio Inexistente 04
Edificio inexistente. Centro histórico de la CDMX. © Arturo Guillaumín T. / 2018.

No fue hasta el momento de editar las fotografías que había tomado en el Centro Histórico de la CDMX que pude descubrir la extraña fachada de un edificio, como se puede apreciar en la fotografía de arriba. Basta observar cómo las líneas que debieran ser verticales ahora toman direcciones divergentes, o convergentes, según se mire. Nada que ver con los estilos arquitectónicos de los edificios aledaños. Después de investigar un poco, descubro que se trata del Edificio París, situado en el número 32 de la calle de 5 de Mayo, esquina con Motolinía. Fue construido en 1907 y en su interior alguna vez albergó un cine. Es un emblema del porfirismo afrancesado y de estilo ecléctico. Bueno, al menos cuando no decide convertirse en una anomalía de las que me advertía Luis.

Vivian Maier, la niñera misteriosa

La gente creía que era francesa, pero nació en Nueva York el 1 de febrero de 1926. Le gustaba que la llamaran Vivian, Viv o “señorita Meyer”. Murió a los 83 años de edad en Chicago, el 21 de abril de 2009, sumida en la pobreza y sola. Sus padres eran judíos refugiados en los Estados Unidos: su madre de origen francés y su padre de nacionalidad austríaca. Vivian Meier trabajó como niñera durante cuatro décadas en Nueva York y Chicago, principalmente en esta última ciudad y, al mismo tiempo, ejerció con extraordinaria vehemencia una afición por la que hoy es conocida en todo el mundo: la fotografía.

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Vivian Maier. Canadá, sin fecha.

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Vivian Maier. Sin título, 1954.

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Vivian Maier. Nueva York, sin fecha.

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Vivian Maier. Chicago, 1956.

Aparentemente, jamás buscó reconocimiento alguno por esta pasión: nunca mostró sus fotos a nadie. Miles de negativos fueron celosamente guardados sin revelar. ¿Para qué o para quién fotografiaba? Su vida en realidad es todo un misterio, pues era más bien una mujer muy retraída, sin vida social y amistades con quienes se viera regularmente (o al menos eso parece) y nunca se casó. Existen aún enormes vacíos  sobre su vida. Pero esto está cambiando, gracias a la labor de investigación que desde 2007 John Maloof está realizando. Se trata de un joven afortunado que compró un montón de negativos viejos en una subasta (por 380 dólares), sin saber a quien habían pertenecido. Con 150 mil negativos de Vivian Maier sin imprimir y viendo el valor artístico de sus fotos, Maloof solicitó ayuda a algunos museos de renombre, como el Museum of Modern Art (MoMa), de Nueva York, para curarlas. Ninguno aceptó y fue cuando decidió convertirse en curador de su obra él mismo. Ha realizado exposiciones, escribió un libro y dirigió un documental sobre ella: Finding Vivian Maier. Gracias a él hoy podemos disfrutar de su extraordinario arte.

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Vivian Maier. Auto-retrato sin fecha.

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Vivian Maier. Auto-retrato, 1955.

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Vivian Maier. Auto-retrato, sin fecha.

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Vivian Maier. Auto-retrato, 1955.

El dueño de galerías de arte Howard Greenberg, quien se unió a John Maloof para difundir la obra de Vivian Maier, dice: “Durante su vida fotografió compulsivamente y dejó unos 150.000 negativos y diapositivas. En mi experiencia, y en la de otros historiadores de la fotografía, no hay ningún otro fotógrafo que haya trabajado de forma tan exhaustiva sin compartir, o sin necesidad de compartir, tal corpus con el público. Por supuesto, esto está relacionado con la peculiar psicología de una persona a la que nunca podremos conocer. Es un enigma”. Afortunadamente, no sólo Maloof sino también otras personas interesadas en resolver la misteriosa vida de la niñera, han venido descubriendo poco a poco nuevas piezas sueltas de este complejo rompecabezas.

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Vivian Maier. Chicago, octubre de 1976.

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Vivian Maier. Sin título, 1956.

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Vivian Maier. Sin título, 1979.

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Vivian Maier. Sin título, 1980.

Algunos de los niños que Maier cuidaba, hoy ya adultos, recuerdan a su nana dando largos paseos por Chicago, con su cámara Rolleiflex colgando a la altura de la cintura. Ella era una mujer muy alta, de aproximadamente 1.80 metros. Su cámara de formato medio, de 6 x 6, tiene un visor situado en la parte superior, lo que le permitía tomar fotos a las personas de forma desapecibida. Sin embargo, muchos de sus retratos callejeros evidencian que ella se sentía cómoda acercándose a sus sujetos y haciendo que miraran directamente a la lente. Fotografiaba lo mismo gente pobre, pordioseros y borrachos tirados en la acera, que de la alta sociedad, luciendo joyas, zapatos caros y ropa exclusiva. Sus auto-retratos se distinguen porque en la mayoría de ellos su figura aparece reflejada en diversas superficies o proyectada su sombra por el sol.

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Vivian Maier. Audrey Hepburn, Chicago, 1964.

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Vivian Maier. Nueva York, 1954.

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Vivian Maier. Nueva York, 1954.

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Vivian Maier. Chicago, 1962.

Como la mayoría de las cosas en la vida, me topé por pura suerte con la obra de Vivian Maier en Internet hace un par de años. Entonces pensé en escribir una entrada sobre esta misteriosa nanny, pero fue hasta hace un par de días que me acordé de ella y de las notas que había escrito sobre ella. Hay dos sitios en la red que deben visitarse para saber más sobre esta extraordinaria fotógrafa: 1) donde se encuentran sus obras e información sobre su vida, organizado por John Maloof, su descubridor; 2)  donde se puede ver el documental Finding Vivian Maier, de una hora y 20 minutos, dirigida por el propio Maloof, y producida por Charlie Siskel.

Su obra: http://www.vivianmaier.com/

El documental: https://www.documaniatv.com/biografias/finding-vivian-maier-video_91db5aa3d.html

 

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Vivian Maier. Sin título ni fecha.

 

Voy a dormir

Escuchaba hace rato Radio Dinamarca en Internet, mientras escribía con la computadora. La estación 2  (www.dr.dk/radio/p2/) se dedica principalmente a la música clásica. Como mis conocimientos del danés son nulos, la mayoría de las referencias de la música que transmite me pasan de noche. De vez en cuando reconozco algo que he escuchado antes, como ha sucedido esta vez. Para mi sorpresa, emergieron tres versiones distintas de la canción “Alfonsina y el Mar”: la primera, instrumental con guitarra sola, otra, con una orquesta de cámara y, finalmente, surge la voz inconfundible de Diego El Cigala, en una versión entre tango y flamenco. Esta canción fue compuesta por el pianista Ariel Ramírez y el escritor Félix Luna, ambos argentinos, y hace honor a la poetisa suiza-argentina Alfonsina Storni, quien se suicidó arrojándose al mar en 1938. Esta es la letra.

Alfonsina y el Mar

Por la blanda arena que lame el mar
Su pequeña huella no vuelve más
Un sendero solo de pena y silencio llegó
Hasta el agua profunda
Un sendero solo de penas mudas llegó
Hasta la espuma
Sabe Dios qué angustia te acompañó
Qué dolores viejos calló tu voz
Para recostarte arrullada en el canto
De las caracolas marinas
La canción que canta en el fondo oscuro del mar
La caracola
Te vas Alfonsina con tu soledad
¿Qué poemas nuevos fuiste a buscar?
Una voz antigua de viento y de sal
Te requiebra el alma y la está llevando
Y te vas hacia allá como en sueños
Dormida, Alfonsina, vestida de mar
Cinco sirenitas te llevarán
Por caminos de algas y de coral
Y fosforescentes caballos marinos harán
Una ronda a tu lado
Y los habitantes del agua van a jugar
Pronto a tu lado
Bájame la lámpara un poco más
Déjame que duerma nodriza, en paz
Y si llama él no le digas que estoy
Dile que Alfonsina no vuelve
Y si llama él no le digas nunca que estoy
Di que me he ido
Te vas Alfonsina con tu soledad
¿Qué poemas nuevos fuiste a buscar?
Una voz antigua de viento y de sal
Te requiebra el alma y la está llevando
Y te vas hacia allá como en sueños
Dormida, Alfonsina, vestida de mar

 

Alfonsina Storni.

Alfonsina Storni se arrojó a una escollera de Mar del Plata el 25 de octubre de 1938, agobiada por la enfermedad, a la edad de 46 años. Dejó en una carta dirigida al periódico La Nación su último poema de despedida: “Voy a dormir”.
Voy a dormir

Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación; la que te guste;
todas son buenas; bájala un poquito.

Déjame sola: oyes romper los brotes…
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases

para que olvides… Gracias. Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido…

Una emocionante sorpresa surgió en medio de la noche en la radio danesa. Me pregunto a quién se refiere Alfonsina Storni en la última estrofa de su despedida.

 

Arte Africano en Medio de un Bosque

La fotografía de abajo fue tomada por el fotógrafo Mark Shaw en 1955. En ella aparecen Pablo Picasso y la modelo Bettina Graziani. En el estudio se pueden apreciar varias pinturas del pintor, pero también una gran cantidad de objetos colgados y amontonados sobre mesas y en rincones. Todos son parte de la colección de arte primitivo que Picasso comenzó a coleccionar desde joven. Escribió en una carta a su amigo Apollinaire: “Mis mayores emociones artísticas las sentí cuando se me apareció, de repente, la sublime belleza de las esculturas realizadas por artistas anónimos de África. Esas obras son lo más bello que la imaginación humana haya producido”. Por cierto, Picasso y Apollinaire fueron sospechosos por algún tiempo del robo de la Gioconda del Museo del Louvre, en 1911 (con sobrada razón, pues este par tuvo algunos antecedentes medio turbios relacionados con la desaparición de otros objetos del Museo).

Picasso y Bettina Graziani, en el estudio de La Californie, en Cannes. © Mark Shaw, 1955.

El título de la entrada no es ninguna exageración. La Fundación Louis Vuitton (FLV) se encuentra en medio del Bosque de Boulogne, el cual tiene una extensión de 846 hectáreas. Cuenta con dos lagos (con renta de botes), diversos jardínes e invernaderos, senderos peatonales y para bicicletas, caminos para andar a caballo, áreas para hacer días de campo, juegos para niños, dos hipódromos, museos, varios restaurantes y un teatro. Vamos, como el Bosque de Chapultepec de la ciudad de México, sólo que con 168 hectáreas más… y los hipódromos. La FLV, diseñada por el arquitecto canadiense Frank Gehry, fue abierta al público en 2014. Se puede llegar a pie a este centro cultural, en una caminata pausada de unos 20 minutos desde la estación del metro Les Sablons, o bien tomar un minibús eléctrico que tiene su estación a unos metros del Arco del Triunfo (un euro, si se tiene ya un boleto para algún evento). Pues bien, la Fundación presentó en 2017 la exposición Art/Afrique.

Entrada de la Fundación Louis Vuitton (París). © A. Guillaumín T/2017.

Rosa en el vestíbulo de la FLV (París). © A. Guillaumín T/2017.

Estructura exterior de la FLV (París). © A. Guillaumín T/2017.

La periodista británica Louisa Buck dijo en un artículo en The Telegraph que puede ser que hoy se hable mucho sobre la globalización del mundo del arte contemporáneo, pero que el arte de África está lamentablemente sub-representado (www.telegraph.co.uk, del 5 de mayo de 2017). Aunque la exposición tiene un título muy abarcador, nos dice, es imposible que dé cuenta del alcance y variedad de un continente que está integrado por 54 países diferentes (debo reconocer que en el ejercicio de recordar el nombre de esos países, sólo logré hacerlo con 16… y algunos de ellos no figuraban en mi repertorio). Muy quisquillosa la señora Buck, pero hay que concederle la razón de que en efecto, se habla poco del arte africano. Habría que agradecer entonces a la FLV el esfuerzo de brindar una pequeña muestra de la riqueza y calidad del arte en este inmenso continente: el tercero en extensión de los seis continentes, con una superficie de 30 257 466 kilómetros cuadrados (20.2 por ciento de la superficie terrestre) y 1 196 millones de habitantes (más o menos).

Después del 11 de septiembre de 2001, exposición Art/Afrique en la FLV (París). © A. Guillaumín T/2017.

El Problema del agua, exposición Art/Afrique en la FLV (París). © A. Guillaumín T/2017.

Pájaros, exposición Art/Afrique en la FLV (París). © A. Guillaumín T/2017.

En la exposición Art/Afrique pudimos apreciar y disfrutar una gran variedad de objetos de arte: máscaras, pinturas, fotografías, murales, instalaciones, cortometrajes, maquetas, esculturas individuales y grupos escultóricos. Todos llenos de ingenio (como las esculturas realizadas con materiales de desecho), en los que se puede expresar lo mismo un gran sentido del humor que una realidad atravesada por enormes problemas sociales y ambientales. Una de las enormes sorpresas, entre muchas, fue descubrir cómo incluso el peinado de las mujeres puede llegar a convertirse en un verdadero arte portátil. Había una pequeña sala en la que se exhibían más de 100 fotografías de mujeres con diferentes peinados. ¿Cómo no admirar la joven con ese peinado tan elaborado? (Ver más abajo)

Esfera elaborada con recipientes de combustible, exposición Art/Afrique en la FLV (París). © A. Guillaumín T/2017.

Moto alada, exposición Art/Afrique en la FLV (París). © A. Guillaumín T/2017.

Máquina de escribir, exposición Art/Afrique en la FLV. © A. Guillaumín T/2017.

La exposición Art/Afrique en verdad fue extensa y estuvo compuesta por tres colecciones: 1) Colección Pigozzi (Los Iniciados); 2) Colección Être Lá (Estar ahí), de África del Sur; y 3) la Colección de la propia FLV. No pude encontrar la numeralia de los objetos exhibidos, pero eran cientos (nótese la precisión), a los que dedicamos varias horas… ¿cuatro? La esfera metálica (ver arriba) se encontraba en un piso superior y reposaba sola y misteriosa en una pequeña sala rodeada de ventanales. Había una puerta, pero estaba cerrada, y no había ningún letrero que invitara “Pase usted y juegue un rato con la esfera, ruede con ella”. Al fin nos animamos a atravesar la puerta  para ver sus detalles. Nos dimos cuenta que las piezas, recipientes para combustible, estaban perfectamente ensambladas y ninguna había sido pintada para la obra y mantenían  su color original desgastado por el uso. Fue una sensación extraña estar ahí dentro solos con la esfera. ¿La podemos llevar de recuerdito, emulando la pareja Picasso-Apollinaire? Pero el gusto duró poco: a los cinco minutos, la gente, animada por vernos dentro,  comenzó a entrar y en poco tiempo estaba lleno el lugar. Hora de continuar por otras salas.

Dog Sleep Manifesto, exposición Art/Afrique en la FLV (París). © A. Guillaumín T/2017.

Infantería con Bestia 01, exposición Art/Afrique en la FLV (París). © A. Guillaumín T/2017.

Infantería con Bestia 02, exposición Art/Afrique en la FLV (París). © A. Guillaumín T/2017.

El conjunto escultórico “Infantería con Bestia”, de la artista sudafricana Jane Alexander, es realmente impresionante, tanto por el tamaño natural de las piezas como por el número de las esculturas, 29.  Esta inquietante obra fue realizada con fibra de vidrio, pintura al óleo, zapatos y alfombra de lana. La Bestia, supongo, es el perro que parece dar órdenes a este grupo de… ¿ otros perros con forma humana? Como contraparte, las maquetas, como la de Station Vampires (ver más abajo), resultan tan divertidas como interesantes, pues fueron elaboradas con plástico, aluminio, piezas recuperadas de basureros y material eléctrico. El artista Rigobert Nimo, de la Republica del Congo, transformó todos esos materiales en estructuras alucinantes de ciencia-ficción. Sí, las maquetas emitían luces de colores, atrayendo a algunos niños: “¿Puedo pedir unos de estos a Santa Claus?”.

Observador en la exposición Art/Afrique en la FLV (París). © A. Guillaumín T/2017.

Retrato de mujer, exposición Art/Afrique en la FLV. © A. Guillaumín T/2017.

Retrato de mujer joven con peinado muy elaborado, exposición Art/Afrique en la FLV (París). © A. Guillaumín T/2017.

El tiempo se fue como agua. No había vigilantes en las salas (o estaban muy bien camuflados como piezas de madera talladas). Nadie que le dijera a uno: “está muy cerca de la obra”, “no se recargue contra la mampara”, “no tome fotos panorámicas”, “no se tire al suelo para  fotografiar las obras”, “no se suba a ese tótem que se puede venir abajo”.  Una museografía extraordinaria, en donde todo fluye de manera natural (sea lo que quiera decir esta frase), y sin mayores indicaciones. Y eso fue lo que hicimos, fluir… hasta que llegó la hora del cierre de la FLV (9 de la noche). Dejamos fuera una serie de experiencias paralelas que incluían música, poesía y literatura, con un catálogo de texto de escritores africanos. Ya será para la próxima. Con mucha luz solar todavía, emprendimos el regreso al metro. Hora de cenar.

Escultura de hombre formada con cabezas y manos, exposición Art/Afrique en la FLV (París). © A. Guillaumín T/2017.

Station Vampires, exposición Art/Afrique en la FLV (París). © A. Guillaumín T/2017.

Vista de la exposición Art/Afrique en la FLV (París). © A. Guillaumín T/2017.

No soy experto en arte. Más bien muestro mi gran ignorancia en este terreno a la menor provocación. Pero, como habría dicho mi querido amigo Alfredo Gutiérrez (qepd), con saber sorprenderse a tiempo es más que suficiente. Y ya encarrerado quizá me anime a seguir con una próxima entrada sobre Picasso Primitivo, una interesante exposición de este artista en el Museo Quai Branly, dedicado, precisamente, al arte de las culturas tradicionales de todo el mundo.

Autobús eléctrico que lleva a la FLV. © A. Guillaumín T/2017.

El Museo Soumaya… o lo que se puede hacer con las tarifas telefónicas

Advertencia # 1: “Oiga, usted no puede recargarse sobre las mamparas para tomar fotografías”

Uno de los objetivos de nuestro viaje a la Ciudad de México fue visitar el Museo Soumaya, construido por Carlos Slim en 2011, al norte de la Colonia Polanco. En este lugar se aloja parte importante de la colección personal de este personaje, que en algún momento fue el hombre más rico del planeta, según la revista Forbes. Las fotografías que había visto del edificio ya auguraban un encuentro interesante. Yo iba preparado con una discreta cámara Nikon Coolpix (con un zoom 18-x muy bueno), que cabe perfectamente en la palma de la mano, en caso de que estuviera prohibido tomar fotografías (se dan casos). Pero pronto descubrimos que, además de que la entrada es libre (bueno, ya la pre-pagamos con las tarifas del servicio telefónico), se pueden tomar fotos, con la condición de no usar tripié ni flash. Lo usual.

Fachada 2 Soumaya
Fachada del Museo Soumaya, Ciudad de México. © Arturo Guillaumín T. / 2017.

Fachada y Escalinata
Escalinata y parte de la fachada del Museo Soumaya. Ciudad de México.© Arturo Guillaumín T. / 2017.

Advertencia # 2: “Está usted pisando dentro de las líneas blancas que están en el suelo”

El edificio es obra del mexicano Fernando Romero, quien contó con la asesoría del arquitecto canadiense Frank Gehry (sí el mismo que tiene edificios que parecen que los golpeó un meteorito), de quien se nota su influencia. Por ejemplo, echar un ojo al Museo Guggenheim de Bilbao… bueno, más o menos. En realidad no es tan impresionante como el del País Vasco que, en verdad, es una maravilla. La fachada del Soumaya esta recubierta por más de 16 000 placas hexagonales de alumnio que no se tocan, semejando un panal. Por dentro, la colección se distribuye en seis pisos de dimensiones variables (el edificio es asimétrico) que se conectan por medio de una rampa perimetral y ascensores. Bajar esa rampa en patineta debe ser divertido, pero no creo que lo permitan.

Rampas
Rampas. Museo Soumaya. © Arturo Guillaumín T. / 2017.

Mural Baño en el Río
Mural “Baño en el Río”, de Diego Rivera. Museo Soumaya. © Arturo Guillaumín T. /2017.

Dama con velo, de Giovanni Battista Morelli. Museo Soumaya. © Arturo Guillaumín T. / 2017.

Advertencia # 3: “Su cámara está demasiado cerca de las obras. Va a disparar las alarmas”

El Museo (por cierto hay dos museos Soumaya: el de aquí en Polanco, y el otro en Plaza Loreto) tiene una colección de 70 000 piezas que incluyen obras de Rodin, Monet, Degas, Renoir, Van Gogh, Murillo y otros artistas europeos. También hay obras de maestros novohispanos, así como pintores como Velasco, Dr. Atl, Rivera, Orozco, Siqueiros, etc. Sí, la colección no es nada despreciable e incluye monedas, relojes, joyería, vajillas, relicarios, devocionarios, objetos decorativos, fotografía mexicana contemporánea, entre otras muchas cosas. Hay una amplia sección dedicada a Venecia, a sus artistas y a las películas que han sido inspiradas por esta ciudad, como “Muerte en Venecia”.  Quizá una de las secciones más interesantes es la que se dedica a obras orientales talladas en marfil (aunque a los pobres elefantes no debe hacerles mucha gracia).

Después de la tormenta 02
Después de la tormenta, de Vincent van Gogh. Museo Soumaya. © Arturo Guillaumín T. /2017.

Detalle de un colmillo de elefante tallado
Detalle de un colmillo de elefante tallado. © Arturo Guillaumín T. / 2017.

Juego de Ajedrez tallado en marfil
Juego de ajedrez tallado en marfil. © Arturo Guillaumín T. / 2017.

San Pedro
San Pedro en Penitencia (detalle), Giovanni Battista. © Arturo Guillaumín T. / 2017.

Advertencia # 4: “No puede tomar fotografías hacia abajo, por encima de estos muros. Su cámara puede caer al vacío”

No hay nada que le advierta al visitante que hay un cuadro que le va a “hacer ojitos” desde lejos. Se trata de una escena panorámica (66.3 cm x 128.6 cm) que atrae por su oscuridad que contrasta con la línea del horizonte. Un poco en la penumbra se puede ver un pastor con sus ovejas. Parece como si las acabara de reunir como para tomar una selfie. Se trata del óleo Después de la tormenta, de Vincent van Gogh. Lo pintó por encargo en 1884 para un tal Antoon Hermans, quien lo quería para adornar su comedor. Seguramente lo colgó entre el retrato de la abuela y el clásico bodegón de mal gusto. El Museo lo adquirió en una subasta en 1997 en Sotheby’s de Londres. ¿No hubo ese año hubo un incremento de tarifas?

Detalle La Piedad
Detalle de La Piedad, de Miguel Ángel. Museo Soumaya. (c) Arturo Guillaumín T. / 2017.

La Piedad
La Piedad, de Miguel Ángel. Museo Soumaya. © Arturo Guillaumín T. / 2017.

El Beso en bronce
El Beso, de Auguste Rodin. Museo Soumaya. © Arturo Guillaumín T. / 2017.

Advertencia # 5: “No está permitido tomar panorámicas de las salas de exhibición, sólo de las obras”

Después de tres horas y media de recorrido en el Museo Soumaya, me quedó una clara convicción y una sensación medio escurridiza. La primera se refiere a que cuenta con una colección de objetos de arte realmente extraordinaria y que vale la pena hacer el peregrinaje a esa zona de la Ciudad de México para ver y disfrutar esas obras en vivo. La segunda es un poco difícil de definir. Se trata de la combinación entre una arquitectura que no cuaja y la disposición de las obras. Si bien no tengo conocimientos de museografía y curaduría (sólo conozco el curado de nanche), me quedó la sensación de que algo no hace “click” en el Museo y que otra organización de los espacios habría sido mejor. Pero dada mi ignorancia sobre este asunto, quizá sea sólo eso: mi ignorancia… o quizá un cierto resentimiento por haber sido amonestado varias veces por los y las guardias de las salas de exhibición.

Venecia
Dos bancas con pantalla. Sala dedicada a Venecia, Museo Soumaya. © Arturo Guillaumín T. / 2017.

Muerte en Venecia
Una familia viendo una escena de Muerte en Venecia, Museo Soumaya. © Arturo Guillaumín T. / 2017.

Advertencia # 6:  “Este es un baño, no una sala de exposición. Por favor no tome fotos aquí”

Sí, me amonestaron varias veces en el Museo. Respecto a recargarme en una de las mamparas, jamás sucedió tal cosa. Debe haber sido una ilusión óptica. Me declaro culpable de haber cruzado las líneas marcadas en el piso y de acercarme demasiado a las obras. Eso lo solucioné después con el zoom de la cámara. Eso de tomar fotos hacia el vestíbulo por encima del muro de protección es cierto. Vino a mi mente de inmediato la fórmula de la caída libre de los objetos, donde “h” es la altura, “t” es el tiempo de duración de la caída del objeto (en este caso, mi cámara), y, por supuesto, la aceleración de la gravedad, que se designa con “g” y que es de 9.81 metros/segundo. Le dije al vigilante que tenía razón y que podía causar un serio accidente. A lo que él respondió “Sí, imagínese, más con el peso de su cámara”. Y ahí fue cuando nos enfrascamos en una acalorada discusión, pues le dije que ni el peso del objeto ni su forma eran variables relevantes para la fórmula. Finalmente estuvo de acuerdo cuando le recordé el experimento de Galileo en la Torre Inclinada de Pisa. Eso de que no podía tomar fotografía panorámicas de las salas de exhibición fue algo que se sacó de la manga la señora vigilante. Cuándo se ha visto semejante restricción. Quizá sólo quería hacerme plática.

Los baños del Soumaya. Vista panorámica de los mingitorios. © Arturo Guillaumín T. / 2017.

Los baños del Soumaya. ¿Piezas de arte o aromatizadores? © Arturo Guillaumín T. / 2017.

Epílogo

Esta es la reacción, desde Canadá, de Luis Porter a la publicación de esta entrada dedicada al Museo Soumaya:

Estimado visitante del Pasumaya
que se cruza del borde de la raya
– ¡si no cumple las reglas con cuidado
tendrá que regresarse al otro lado! –
Un gusto encontrarte en este blog
y leer tus relatos con esmero
temprano en la mañana y sin esmog
entre Frank Ghery y el tal Equis Romero
No sé bien sobre tus inclinaciones
pero si la de las rampas en funciones
o la de los raros muros del museo
y no sé cual es peor, ni cual mas feo.
Todo puede ocurrir allá en Polanco
donde el capital asienta sus laureles
y cualquier edificio es como un banco
con forma de tamal o de pasteles
¡No importa! en el primer mundo vivimos
y como tal las leyes las cumplimos
mingitorios, abismos, primer plano
todo cabe en el blog de este mi hermano
Acá en Stratford, tan sin embargo
la nieve cae como por encargo
salirse de la casa es arriesgado
a menos que te disfraces de pescado
Y así las cosas, me gustó tu mofa
y ver tus fotos, (incluso la del baño)
y aprovecho la rima de esta estrofa
para desearte un festivo fin de año…
Luis

Panorámica Pinturas
Sala de pinturas, Museo Soumaya.(c) Arturo Guillaumín T. / 2017.

Arianna Dormida

No recuerdo dónde la vi por primera vez . Es probable que haya sido en una revista o en un diario en Internet. Inmediatamente supe que tenía que conocerla en vivo y a todo color. Ver de cerca su cara, su cuerpo, ¡su ombligo!, y los pliegues de su sensual vestimenta. Si pudiera también pasar la mano sobre ella para percibir mejor sus texturas sería mucho mejor. Pero dudo que tuviera oportunidad alguna de hacerlo sin ser detenido de inmediato y presentado a las autoridades (aparte de la vergüenza de aparecer en la prensa mundial… en estos tiempos de acosos y demandas millonarias).

Ya sabía dónde habitaba esta mujer de dos toneladas de peso: en la Galería Uffizi de Florencia, después de un “peregrinaje” de 220 años por diversas partes de Italia. El mismo Miguel Ángel la admiró y ahora la tenía de nuevo cerca (es un decir), en la Sala 35, dedicada a, precisamente, Miguel Ángel y los Florentinos. Arianna Durmiente (Arianna Addormentata) es una copia romana del siglo III antes de Cristo de una obra helénica. ¡Qué copia! Me imagino a la madre del escultor que la copió: “Hijo, ya te dije que tienes que deshacerte de esa fea manía tuya de copiar. Así no vas a llegar a ninguna parte y vas tener que dedicarte a la política”. Y vaya que si llegó a alguna parte… al menos la escultura.

Los Puentes desde Uffizi
Los puentes sobre el río Arno, desde la Galería Uffizi, Florencia. (C) Arturo Guillaumín T. / 2016.

Y llegó la hora. Entramos a la Uffizi temprano, pero ya había demasiada gente, cientos de visitantes (¿miles?). Uno quisiera entrar a los museos y las galerías con otras 20 o 25 personas, a lo sumo, para poder sentarse con calma a ver las obras y tomar fotografías a gusto y sin que nadie se atraviese a la hora de apretar el disparador. Cabe decir que en esa Sala 35 se encuentra, ni más ni menos, que el cuadro Tondo Doni de Miguel Ángel: una pintura redonda de 120 centímetros de diámetro, de alrededor de 1505, en la que aparecen la Virgen con el Niño y San José, con un marco que el mismo pintor diseñó. Para mí el famosísimo Tondo Doni estaba en segundo lugar: yo iba a ver a Ariannita (nótese ya cierta confianza con la chica).

“Mi scusi, dov’è la stanza trentacinque?”, me hubiera gustado haber preguntado así, con un fluido italiano a alguno de los asistentes de la galería. Pero no, sólo alcancé a balbucear algo incomprensible que me llevó a unos baños que se encontraban al final de un largo corredor. Después de un breve recorrido, al fin nos encontrábamos en el umbral de la Sala 35. Estaba preparado para el complicado encuentro con Arianna: tropiezos, empujones, piquetes de ojo, para abrirme paso y llegar a ella. Pero cuál sería mi sorpresa. Ni mi en mis más fantasiosos sueños lo hubiera imaginado… pero esto es lo que me encontré.

Arianna Dormida (Arianna Addormentata). Galería de los Uffizi, Florencia. © Arturo Guillaumin T. / 2016.

¡Arianna sola para mí! Sí, todo mundo estaba admirando el cuadro de Miguel Ángel y ni quien le echara un ojo a la escultura. Así que pudimos recorrerla centímetro a centímetro. Con una oportunidad como esta tuve que contener las ganas de pasar la mano sobre ella, sobre todo por el ombligo. Eso sí, tomé alrededor de 20 fotografías. Pero ninguna de ellas se compara con la emoción de estar frente a esta obra de arte (no importa que sea copia) de hace más de 2 200 años.

Las sandalias y los pliegues de Arianna. Galería de los Uffizi, Florencia. © Arturo Guillaumin T. / 2016.

La mano, la nariz, de Arianna. Galería de los Uffizi, Florencia. © Arturo Guillaumin T. / 2016.

Después de una experiencia como esta, sólo queda reponerse con una bisteca alla fiorentina, un vinillo tinto y un helado para no cerrar en falso. Bueno, y apenas ese fue el comienzo en esa ciudad, cuna del Renacimiento y el Humanismo, y centro de la Toscana.

El ombligo de Arianna. Galería Uffizi, Florencia. © Arturo Guillaumín T. / 2016.