Universidad Pública vs Desarrollo

El 22 de abril de 2012, el Laboratorio de Análisis Institucional del Sistema Universitario Mexicano (Laisum) publicó mi artículo “Universidad Pública vs Desarrollo”, en su sección Voz de los Universitarios. Lo reproduzco hoy aquí. El Laisum es coordinado por el investigador  de la UAM Dr. Eduardo Ibarra Colado, y su portal en Internet está en: laisumedu.org/

I. El desarrollo como visión del mundo

Un tema recurrente de discusión en el ámbito educativo es el que se refiere a la privatización de los fines de la universidad pública. Es decir, su conversión progresiva para que opere como una empresa productora de conocimientos y de “recursos humanos”[1] que alimenten a la economía neoliberal. De ahí todo ese sistema operativo y conceptual que domina el ambiente y que incluye aspectos tales como competitividad, acreditación, certificación, productividad, liderazgo, ranking, competencias, etc. Para quienes defendemos la naturaleza humanista de la universidad pública la cosa pinta difícil. El asunto es que detrás de este proceso de privatización hay un argumento legitimizador poderoso: la universidad debe contribuir al desarrollo (del país, de las regiones, del mundo). ¿Quién en su sano juicio puede oponerse al aparentemente bienintencionado propósito de promover el desarrollo? Al parecer, un creciente número de académicos, científicos y pensadores de todas partes del mundo.

El desarrollo no es sólo un concepto que utilizan los economistas, los políticos y los expertos. Es una manera de ver el mundo y de vernos en ese mundo. Modela nuestras “necesidades”, deseos y consumos. Determina el diseño de nuestras instituciones (incluyendo las educativas) y la organización de nuestras vidas. El desarrollo ha establecido una racionalidad que nos dicta lo que es bueno, conveniente y deseable. Está fundado en términos dicotómicos, como éxito-fracaso, riqueza-pobreza, productivo-improductivo, etc. La racionalidad del desarrollo está tan arraigada en nuestras mentes y acciones, que pocas veces o nunca sometemos a un examen crítico sus consecuencias. El desarrollo ha creado un conjunto de categorías que se imponen en los sistemas de conocimiento, los cuales se reproducen por medio de la educación. Como dice Ashis Nandy, la dominación se ejerce hoy no tanto mediante la fuerza, sino a través de categorías, incrustadas en los sistemas de conocimiento:

Durante las últimas décadas, las definiciones hicieron que por lo menos dos mil millones de seres humanos se vieran a sí mismos como subdesarrollados, no sólo económicamente, sino también cultural y educativamente (Nandy 2003: 143).

El desarrollo, con la ayuda de la educación, convirtió lo local en algo irrelevante. Si queríamos progresar teníamos que poner los ojos en lo que estaba fuera de nuestras vidas, experiencias y saberes. La educación se encargó de que aprendiéramos el nuevo alfabeto único del desarrollo al tiempo que nos hacía olvidar los alfabetos propios. Dejamos de ver lo que las comunidades y las personas pensaban y hacían en sus lugares (Fasheh, 2002), para aprender que la felicidad y el bienestar se encuentran más allá del horizonte.

La universidad forma los “recursos humanos” para el desarrollo: mano de obra, profesionales, especialistas, administradores y “líderes” que requiere el funcionamiento de la economía global. Prepara a los científicos y tecnólogos que proveen los conocimientos y sus aplicaciones para hacer más provechosas las inversiones[2]. El conocimiento que vale es aquel que sirve a los fines de la economía. Pero no sólo eso. La educación forma a los futuros consumidores y ciudadanos de McWorld, como Benjamin Barber bautizó a la civilización occidental. La educación se privatiza en sus fines y métodos y adopta un enfoque empresarial. Así, se enseña la eficiencia económica y no el bienestar o el equilibrio de la biosfera. Se promueve la competitividad en detrimento de la cooperación. Se privilegia la especialización y la estandarización, y se atenta contra la diversidad.

La educación de hoy alienta a los jóvenes a encontrar carrera antes de que puedan encontrar una vocación (Orr 2004). Una carrera es un trabajo, una manera de ganarse el sustento, una forma para hacerse de un curriculum. Es símbolo de movilidad social y de un “estilo de vida” (medible en niveles de consumo). En cambio, una vocación tiene que ver con propósitos más trascendentales en la vida, con valores más profundos, con lo que uno quiere legar al mundo. La escolarización deja impreso un paradigma disciplinario en las mentes de los jóvenes, con la creencia de que el mundo está organizado en campos separados, como en el curriculum. Llegan a creer que la economía no tiene nada que ver con la física o con la biología. No se puede mantener esta creencia sin causar daño, tanto al planeta como a las mentes y vidas de las personas que lo creen así.

II. La historia que no se cuenta en las universidades

Un alud de crecientes evidencias científicas ha corroborado que nuestro planeta tiene una “habilidad” extraordinaria para mantener las condiciones habitables (Lovelock, 2010). La temperatura del planeta nunca ha estado demasiado fría o demasiado caliente (a pesar de periodos muy fríos y muy calientes) en los últimos 3 000 millones de años. Esta estabilidad es extraordinaria en virtud de que la temperatura del sol se ha incrementado sostenidamente y, actualmente, es ¡25 por ciento más caliente que hace 3 500 millones de años! (Harding, 2010: 72). La vida, por medio de un proceso autopoiético (que se produce a sí misma) y de continuas emergencias ha construido un mega-sistema con capacidades de auto-organización: la Tierra.

La autorregulación y la capacidad autopoiética de individuos, especies y biosfera son posibles gracias a la cooperación y a la dependencia mutua. El resultado es una creatividad sistémica que les permite coevolucionar. El fenómeno de la simbiosis constituye un proceso cognitivo global[3], y nuestro cálido planeta es expresión de constantes creaciones locales y emergencias globales entre organismos vivos y su ambiente no vivo. Esta compleja dinámica se ha venido perfeccionando durante 4 600 millones de años, con la participación de individuos y especies de los cinco reinos: monera (bacterias), protoctista (algas, moho, protozoa), animales, plantas y hongos.

La teoría del planeta como un sistema complejo auto-organizado llevó a otro nivel la teoría evolutiva de Darwin, con un giro inesperado: la vida no se tuvo que adaptar a las azarosas fuerzas de la geología, la química y la física planetarias, sino que la vida creó su propio entorno que mantiene y regula las condiciones ambientales. El nivel de oxígeno, la formación de las nubes y la salinidad de los océanos, por ejemplo, son todos regulados por procesos químicos, físicos y biológicos en constante interacción. La auto-regulación del clima y la composición química emerge de la estrecha evolución acoplada de rocas, aire, océanos y organismos (Harding, 2009).

La organización de lo vivo, fundada en relaciones y acciones locales, no es jerárquica (no hay un elemento central que organice o controle los procesos), sino holárquica: cada parte del todo se comporta como totalidad y como parte (Margulis y Sagan, 2005). La paulatina diferenciación dentro de la biosfera a partir de variables geográficas, climáticas, oceanográficas, edafológicas y biológicas, hizo emerger una gran variedad de hábitats, los ecosistemas, cuyas interacciones locales siguieron modificando la biosfera para seguir creando mejores condiciones para la vida.

Pongamos las cosas en perspectiva. Durante 4 600 millones de años el proceso evolutivo produjo un sistema que se comporta como un mega-organismo con capacidades de auto-regulación. Todas las especies forman un tejido bio-cognitivo por medio de procesos autopoiéticos, de acoplamiento estructural y de intercambios energéticos, materiales e informacionales. La biodiversidad, la verdadera riqueza con la que contamos (Margulis y Sagan, 2005), es la diversidad de la vida a varios niveles de organización, desde los átomos constituidos en moléculas y cadenas orgánicas, hasta especies, ecosistemas, bio-regiones, biosfera y planeta.

III. Lo peligroso del desarrollo

El problema es que las expresiones concretas del desarrollo económico, contrario a lo que predica su discurso y su teoría, constituyen hoy la principal causa de destrucción de la naturaleza, de las relaciones ecológicas y sistémicas de las que depende la integridad del planeta y, por tanto, de la integridad de la especie humana. El desarrollo, el proyecto del progreso de la Modernidad, no sólo no ha resuelto los problemas de desigualdad social, pobreza, hambre e injusticia, sino que los ha agravado. Hoy podemos constatar que ningún avance científico y tecnológico ha ayudado a eliminar, o al menos disminuir, ninguno de los grandes flagelos de la humanidad.

En nombre del desarrollo se ha venido desmantelando, racional y eficientemente, el tejido bio-cognitivo de la Tierra (que tomó 4 600 millones de año de evolución). Con cada acción destructiva (deforestación, contaminación de océanos, extinción de especies, etc.) se disminuyen las capacidades de auto-regulación del planeta, debido a la destrucción de cadenas y ciclos bio-físico-químicos a partir de los cuales se crea la diversidad y la riqueza que sustenta nuestra especie. Con el incremento de la pobreza, el agotamiento de los combustibles fósiles del que depende la economía global, y la escasez de alimentos,[4] nos encontramos en una senda de colapso civilizacional.

No se trata de una catástrofe futura. La catástrofe ya se ha producido (Latouche y Harpagès, 2011). Estamos acabando con las especies a una tasa 10 000 veces la tasa de extinción natural (Wilson, 2002). Dicho de manera prosaica: cada día perdemos 80 especies, principalmente en los bosques tropicales, gracias a nuestro insaciable apetito de madera, soya, aceite de palma y carne (Harding, 2010). En un día típico en el planeta, se pierden 300  kilómetros cuadrados de bosques lluviosos, otros 190 kilómetros cuadrados se convierten en desiertos, como resultado de programas de “desarrollo”. Se lanzan 2 700 toneladas de clorofluorocarbonos y 15 millones de toneladas de dióxido de carbono a la atmósfera (Orr, 2004). Es decir, cada día la Tierra es un poco más caliente, su agua más ácida y el tejido de la vida más débil.

El tetramotor del desarrollo globalizado, identificado por Edgar Morin, constituido por el acoplamiento entre la ciencia, la tecnología, la industria y el interés económico, es hoy en realidad un penta-motor: ciencia-tecnología-industria-interés económico-universidad. Lo que quiero decir es que la universidad es parte hoy de la maquinaria de un desarrollo a escala global intrínsecamente destructivo. Desde nuestra perspectiva, el problema va más allá de la privatización de la educación: lo que está en juego detrás de todo esto es el futuro y la viabilidad de nuestra civilización.

IV. La Universidad Pública y una otra concepción del desarrollo

Se habla de una pretendida “sociedad del conocimiento”, pero paradójicamente la teoría del desarrollo, en pleno siglo XXI, está fundada en retazos de teorías científicas, imposturas intelectuales (Smith y Max-Neef, 2011) y en supuestos que se han mantenido desde el siglo XVIII (Rifkin y Howard, 1980). La “nueva economía” descansa sobre principios que están en conflicto flagrante con los procesos y fenómenos de la vida. La visión del desarrollo no sólo está equivocada en sus fundamentos científicos (Smith y Max-Neef, 2011), sino que es la visión que se enseña y reproduce en las universidades (Kumar, 2009; Orr, 2004). Éstas ofrecen un conjunto de conocimientos fragmentados (competencias) que satisfacen las necesidades propias de cada mercado laboral, pero que son ajenos a una comprensión sistémica de la realidad humana. David Orr lo expresa de manera contundente:

La verdad es que sin las precauciones necesarias, la educación sólo va a habilitar a las personas para convertirlas en vándalos de la Tierra más eficaces. Si uno presta la debida atención, es posible escuchar a la Creación quejarse cada vez que un nuevo lote de jóvenes Homo sapiens, astutos y deseosos de tener éxito, pero ecológicamente analfabetos, son lanzados a la biosfera. (Orr, 2004: 5)

Se habla de la necesidad de repensar y replantear la Universidad pública. Pero para ello es necesario también repensar y replantear la idea del desarrollo. No podemos hacer avances significativos en este sentido si nuestras instituciones no emprenden un esfuerzo individual y colectivo de análisis crítico a fondo del desarrollo y sus consecuencias, no sólo económicas, sino también culturales, psicológicas, espirituales, entre otras dimensiones.[5] No podemos salir de la caja si no sabemos cuál es la caja en la que estamos encerrados.

Hoy contamos con suficientes evidencias científicas acerca del fracaso del proyecto de la Modernidad: el control de la naturaleza por el hombre para beneficio del hombre mismo. Hemos vivido demasiado tiempo con la idea arrogante de que la humana es la especie más evolucionada, cuando en realidad somos los recién llegados. En tan solo 0.00000086 por ciento de la historia evolutiva de la Tierra estamos a punto de destruir lo que tomó 4 600 millones de años en crearse. Hoy ya nos queda claro que no somos el centro del universo ni somos más inteligentes que las bacterias (de quienes descendemos y a quienes debemos el acondicionamiento de nuestro planeta). Es hora de adoptar una visión más humilde y más realista y comprender que nuestra integridad depende de la integridad de cada una de las demás especies.

Es por ello que aún me siguen inquietando esos ampulosos discursos sobre la “sociedad del conocimiento” y esos carteles que están pegados en los muros de nuestras facultades, en los que expresan su misión y que, palabras más, palabras menos, rezan más o menos así: “Formar profesionistas que sean capaces de insertarse exitosamente al proceso de globalización”. Estoy seguro de que hay otro desarrollo  que se pueda evaluar a escala local, a la luz de principios que tienen que ver con el tejido físico-químico-biológico-social de la biosfera y el incremento de la habitabilidad. Es decir, que recupere la autonomía perdida en aras de un desarrollo que nunca llegó y, al parecer, nunca llegará. Ahí está el verdadero reto de las universidades públicas.

Referencias

Fasheh, Munir. (2002). “Abundance as a central idea in ecological approaches in education”. En Jean-Paul Hautecoeur (ed.) Ecological Education in Everyday Life. Toronto: Toronto University Press. Pp. 44-50.

Harding, Stephan. (2010). “Gaia and Biodiversity”. En Eileen Crist y Bruce Rinker (eds.) Gaia in Turmoil. Climate change, biodepletion, and Earth ethics in an age of crisis. Cambridge (MA): The Massachussetts Institute of Technology Press. Pp. 107-124.

Harding, Stephan. (2009). Animate Earth. Science, Intuition and Gaia. Totnes: Green Books.

Kumar, Satish. (2009). Earth Pilgrim. Totnes: Green Books.

Latouche, Serge y Didier Harpages. (2011). La hora del decrecimiento. Barcelona: Ediciones Octaedro.

Lovelock, James. (2010). “Our Sustainable Retreat”. En Eileen Crist y Bruce Rinker (eds.) Gaia in Turmoil. Climate change, biodepletion, and Earth ethics in an age of crisis. Cambridge (MA): The Massachussetts Institute of Technology. Pp. 21-24.

Margulis, Lynn y Dorion Sagan. (2005). ¿Qué es la Vida? Barcelona: Tusquets Editores.

Nandy, Ashis. (2003). “Recuperación del conocimiento autóctono y futures contrapuestos de la Universidad”. En Sohail Inayatullah y Jennifer Gidley (comp.) La universidad en transformación. Perspectivas globales sobre los futuros de la universidad.  Macanet de la Selva (Girona): Ediciones Pomares. Pp. 143-154.

Orr, David W. (2004). Earth in Mind. On education, environment, and the human prospect. Washington: Island Press.

Rifkin, Jeremy y Ted Howard. (1980). Entropy. A new world view. Nueva York: The Viking Press.

Smith, Philip B. y Manfred Max-Neef. (2011). Economics Unmasked. From power and greed to compassion and the common good. Totnes: Green Books.

NOTAS:


[1] Vale la pena preguntarse en qué momento los sujetos nos convertimos en “recursos”. El concepto mismo nos hace saber que nos hemos convertido en instrumentos de algo que nos supera y está por encima de nuestras vidas: la economía global.

[2] La ciencia y sus aplicaciones está guiada por las ganancias, sin importar los “efectos secundarios”, como los daños ambientales y sociales. Así, las corporaciones alimentaria y farmacológica (las más rentables del mundo, junto con el negocio de la guerra) dedican miles de millones de dólares anuales  a la investigación en biotecnologías de manipulación genética para obtener ganancias en tiempos cada vez más cortos.

[3] Simbiosis significa “convivir”, de acuerdo a su etimología griega. En la teoría evolutiva, se refiere a la estrecha y persistente relación entre dos organismos de diferentes especies, con efectos benéficos para ambos (Margulis, 1998).

[4] Escasez provocada por la pérdida diaria de millones de toneladas de suelo fértil, el incremento de la población, y el uso de cosechas para producir biocombustibles y forrajes.

[5] Yo propondría un proyecto académico-científico de alcance nacional (incluso internacional) en el que las universidades públicas no sólo realizaran una crítica al desarrollo y sus principios, sino también aportaran propuestas alternativas, con fundamentos en las aportaciones científicas recientes en campos como la biología, la ecología profunda, la teoría de la evolución, la física, la permacultura, la biomimética, el estudio de los sistemas complejos con capacidades de auto-regulación, etc.

Una introducción

A finales de este mes voy a asistir a un congreso internacional sobre estudios organizacionales. Mi participacion será en una mesa que tiene el sugerente nombre de “Reinventando la universidad: desafíos más allá de las reformas neoliberales”. En verdad un tema tan necesario como desafiante. Así que he decidido publicar en este blog la introducción de mi ponencia con la expectativa de generar interés en un tema tan importante como es el futuro de la educación superior. Por cierto, el título de mi trabajo es: Reinventando la universidad a partir de una noción no antropocéntrica del desarrollo: ecopoiesis. Espero picar la curiosidad de algunos lectores y lectoras.

I. Introducción

Pensar y reinventar la universidad pública fuera de la lógica neoliberal es, sin duda, uno de los ejercicios más desafiantes de imaginación que podamos realizar. Al respecto, se pueden destacar cuatro aspectos por los que el tema resulta de la mayor importancia. Primero, porque la universidad pública ha estado sujeta en años recientes a un proceso de privatización progresiva, tanto de sus contenidos y métodos como de sus fines. Segundo, este proceso no está desprovisto de una lógica legitimadora: las universidades deben contribuir al desarrollo de los países y a la construcción de una sociedad del conocimiento, ambas nociones íntimamente atadas a una economía global que ha impuesto una racionalidad en apariencia inescapable. De ahí que las reformas no logren alejarse del campo gravitacional de ese objeto masivo que es el neoliberalismo, cuya ideología ha penetrado cada rincón de nuestras geografías, sociedades y psiques.

Tercero, las expresiones concretas del desarrollo, contrario a lo que predican su discurso y su teoría, constituyen hoy la principal causa destructiva de la naturaleza, de las relaciones ecológicas y sistémicas de las que depende la integridad del planeta y, por ende, la especie humana. Podemos incluso poner en tela de juicio, a la luz de los avances de la ciencia en los últimos 60 años, la validez científica de las llamadas teorías del desarrollo. Cuarto, las universidades públicas pueden estar contribuyendo, sin proponérselo, a la construcción de un mundo tan absurdo como inviable. Por todo esto es necesario pensar la universidad pública desde una perspectiva que no sea la de los intereses corporativos y de la racionalidad del mercado.

En medio de un alud de problemas, demandas y expectativas internas/externas, las universidades no tienen tiempo ni espacio para pensar a fondo su misión y su filosofía. La urgencia de los problemas exige rapidez de respuesta, por lo que se ven forzadas a adoptar, irreflexivamente, las reformas de moda, relegando indefinidamente el cuestionamiento a fondo sobre cuál debe ser el papel de la universidad pública en tiempos de crisis global, qué tipo de ciencia y de conocimientos son necesarios para hacerle frente a problemas que desbordan cualquier aproximación disciplinaria o profesional, qué valores enseñar en un mundo atravesado por la violencia, la corrupción y la codicia.

Al mismo tiempo, cada vez más crece la conciencia de que hay algo profundamente mal con la universidad y que no se puede resolver con una reforma educativa. A más de cuatro décadas de mayo de 1968, los estudiantes y los profesores han salido nuevamente a las calles para rebelarse contra el embate de los mercados sobre la universidad pública. El “No a Bolonia” es tan solo una de sus manifestaciones. La revuelta internacional busca contener la irrupción de la economía neoliberal e impedir que las universidades se conviertan en empresas que alimenten el mercado global de personas y conocimientos. De este tipo de resistencias depende que la educación, la ciencia y la cultura sean bienes públicos. De otra manera, se iría el último bastión de nuestras sociedades al servicio de la libertad, pues a la educación superior se le quiere convertir en el “mercado del saber”, donde el conocimiento es la mercancía susceptible de apropiación privada y explotación comercial.

No obstante, desde nuestra perspectiva, el problema va más allá de la privatización de la educación: lo que está en juego detrás de todo esto es el futuro y la viabilidad de nuestra civilización. En este trabajo trataremos de explicar por qué. Asimismo, vamos a ofrecer otra manera, entre tantas posibles, de ver la realidad, desde una perspectiva no centrada en las intenciones del Homo oeconomicus, ni en las llamadas “necesidades” humanas, hoy modeladas por los intereses corporativos y la mercadotecnia. Lo que proponemos es otra manera de contextualizar la educación, desde una visión evolutiva del hombre, una especie cuya integridad depende de la integridad de todas las demás especies y del complejo ambiente físico terrestre.

Son dos los propósitos centrales de este trabajo. Uno, proveer una mirada distinta de la realidad que nos ayude a concebir otra noción de desarrollo, fundado en conocimientos científicos recientes y en principios en los que se ha sustentado la evolución de la vida en nuestro planeta. Otro, abrir otras posibilidades para concebir la universidad, como una institución con la trascendental responsabilidad, no de capacitar para los mercados de trabajo, sino de formar para la vida y la construcción de un planeta habitable para ésta y las generaciones futuras. También debo decir que este trabajo está dedicado a las pacientes e inteligentes bacterias que han hecho posible lo improbable: el florecimiento y evolución de la vida en la Tierra y que nosotros, hoy, podamos discutir sobre la universidad.

Un domingo en una comunidad de Coacoatzintla

Gracias a la invitación de Reyna, tuve la oportunidad de convivir unas horas con habitantes, especialmente niños, de una comunidad rural cercana a Xalapa. La idea era darles una plática breve, en el marco de un trabajo de investigación-acción que ella realiza con otros colegas suyos. Lo que más me impresionó, además del paisaje de una zona montañosa, de “malpaís”, fue la gente de allí: cálida, abierta y con sentido del lugar (sensibilidad que hemos perdido los citadinos).

Niña con vasito de plástico.

Los miembros del pequeño grupo de académicos saben muy bien que ellos no “llevan el desarrollo” a la comunidad ni van a “empoderar” (uno de los verbos más arrogantes que hemos importado del inglés) a sus habitantes. Saben, en cambio, que se trata de un proceso de participación respetuosa en el que todo mundo aprende y lleva a su propio nicho vital lo aprendido. Sobre todo aquello que tiene que ver con nuestra relación con la naturaleza.

Niño en verdad muy serio.
Cerca de piedra.

Fue esta una oportunidad para tomar algunas fotografías, tanto de la comunidad y sus habitantes como de los paisajes circundantes. Muestro aquí una pequeña muestra de ellas, sobre todo de los niños. Todos posan, les gusta ser el centro de atención (¿a quién no?), aunque algunos fingen cierta indiferencia. Pueden hacer click sobre ellas para ver los detalles con la lupa de aumento.

Tres niñas jugando.
Niña con Osito.

Un eBook muy interesante (por decir lo menos)

En el 2010, cinco compañeras y yo publicamos un libro: Una educación emergente para la era planetaria. Se trata de un texto escrito a doce manos (¿o debieran ser seis?) en el que abordamos una manera distinta de contextualizar la educación. Se trata de un viaje que nos lleva al origen del universo, la evolución de nuestro planeta y la breve historia humana. Esta mirada nos revela que el llamado problema de la educación es de escala civilizacional, al tiempo que nos muestra la pobreza de las intenciones humanas en un mundo finito, sensible e inteligente.

Nuestro libro colectivo.

El libro constituye un esfuerzo integrador y transdisciplinario que abreva lo mismo de la biología y la cosmología que de la teoría del caos y el pensamiento complejo. Su propósito es encontrar pistas de una nueva noción de desarrollo para la especie humana. Se avanzan ideas sobre aspectos que rompen el orden impuesto por las fronteras disciplinarias: ciencia biosférica, tecnología biomimética, educación coevolutiva, planetarización…

Después de haberlo publicado en versión impresa, ahora ha sido editado y puesto a la venta en forma de eBook. Les recomiendo que lo consigan y lo lean (qué más puedo decir). Les aseguro que este libro les abrirá una nueva visión de lo que somos y de lo que puede ser una nueva educación. Una de las ligas para adquirir esta versión es la siguiente:

www.todoebook.com/UNA-EDUCACION-EMERGENTE-PARA-LA-ERA-PLANETARIA—ARANA-EDITORES-LibroEbook-9786079091033.html

Un libro colectivo

Escribir un libro uno solo ya tiene sus dificultades. Entre dos, la complicación aumenta más que proporcionalmente. Tres autores, no se diga. Pero, ¿seis? Bueno eso fue lo que emprendimos cinco compañeras y yo. Se trata de un ensayo a doce manos que aborda de manera original la educación. Es un viaje que nos lleva a los orígenes del universo, la evolución de nuestro planeta Tierra y la breve historia humana. Esta mirada nos revela que el llamado problema de la educación es de escala civilizacional, al tiempo que nos muestra la pobreza de las intenciones humanas en un mundo finito, sensible e inteligente.

El libro Una educación emergente para la era planetaria es un esfuerzo integrador y transdisciplinario que abreva lo mismo de la cosmología y la biología que de la teoría del caos y el pensamiento complejo. Su propósito es encontrar pistas de una nueva noción de desarrollo para la especie humana. Los seis autores (¿o debiera decir autoras, dada la mayoría de mujeres?) avanzan algunas ideas sobre aspectos que rompen el orden impuesto por las fronteras disciplinarias: ciencia biosférica, tecnología biomimética, planetarización.

El libro se presenta el viernes 6 de mayo, a las 20:00 hrs., en la Galeria de Arte Contemporáneo de Xalapa (Xalapeños Ilustres # 135, Centro Histórico). Los presentadores son los colegas y amigos académicos de la Universidad Veracruzana José Luis Martínez Suárez (escritor) y Abel Juárez Martínez (historiador). Si no tienen algo mejor que hacer, por allá nos vemos. Andrea, Cristina, Reyna, Elba, Laura y yo los estaremos esperando. Habrá suficientes ejemplares para que adquieran el suyo… también habrá bocadillos (por si lo del libro no les atrae lo suficiente).

La reinvención de uno mismo y la academia-ficción

Todo mundo sabe, bueno, al menos los mexicanos, que en la Plaza Santo Domingo, de la ciudad de México, existe toda una industria de falsificación de documentos de todo tipo. Allí fabrican desde facturas de hoteles y restaurantes para comprobar que, efectivamente, se gastaron todos los viáticos asignados a la misión defeña, o una acta de defunción del pariente rico, para cobrar el correspondiente seguro de vida. A continuación presento un texto de Luis Porter sobre las enormes posibilidades que se abren en un lugar como este.

Hace tiempo que defiendo el plagio, la copia inspirada, la reinvención de uno mismo,  y la deconstrucción de la identidad que nos impone una academia fracturada en carreras, campos y demás. Creo que la plaza de Santo Domingo es una mina de oro a la que deberíamos recurrir reiteradamente, sobre todo hoy que, entre el Halloween gringo y el Día de Muertos mexicano, se permiten disfraces. De hecho defiendo a los que acuden a Santo Domingo por una nueva acta de nacimiento. Es una gran oportunidad dejar de ser argentino, por ejemplo, y tener un acta donde conste que nacimos en Santa Inés Zacaltenco, Tlaxcala. ¡Qué respiro! Qué forma de rehacernos desde la oxigenación que nace en los valles de Apan, entre magueyales y vestigios prehispánicos.

¿Y por qué no, entonces, dejar de ser simples licenciados para ser algo más y mejor? ¿Por qué no aspirar a ser doctores en antropología, psicoterapeutas lacanianos o alguna de esas múltiples posibilidades tan bien catalogadas en los archivos completos de Santo Domingo? Allí guardan celosamente las firmas de Nabor Carrillo, Barros Sierra, Ignacio Chávez, y muchas más, de hecho todas, incluyendo abogados generales, y demás.

No solamente Santo Domingo demuestra que el Registro Civil mexicano podría funcionar maravillosamente bien, si se asesorara con sus agentes y coyotes, sino que es una instancia que ofrece vías de remedio a cualquier debilidad mental de todo ciudadano, haya o no haya egresado de una escuela o institución educativa. Si el gobierno los apoyara con mayores recursos, México podría llegar a estar en lugares mucho más altos de la escala OCED, o en las certificaciones del Ceneval, los indicadores del Banco Mundial… recibiríamos loas de la Carnegie Foundation, y muchas universidades transnacionales renunciarían a querer copar el mercado mexicano ante los resultados producidos por esta sencilla plaza céntrica que venturosamente se encuentra tan cerquita de la Secretaría de Educación Pública.

De modo, amigos, que no despotriquemos contra la imaginación, destreza técnica y dechado de imaginación del pirata documental que todos llevamos dentro. Santo Domingo nos brinda la oportunidad única de ser otros, de ser mejores, de superarnos sin tener que pasar por las fauces del profesor de metodología, ni los caninos de los que enseñan estadística con un leve sentimiento de ser superiores… ¡no!… Santo Domingo hace realidad nuestros sueños, no importa si vienes de provincia o si eres un elegante catrín chilango. En este sitio, por cierto, no discriminan, solo catalogan, identifican, psicoanalizan en segundos, y te ofrecen el título que te mereces, el que siempre te mereciste. ¡Un voto por ellos!

Luis Porter

He tomado este texto de Luis sin consultárselo. Al fin que desde hace tiempo viene defendiendo el plagio y la copia inspirada. Además le doy su debido crédito. ¿O no?

“Tiene 3 minutos”

Ay, los rituales académicos. Hace unos días me apunté a un foro sobre educación, transdisciplina y desarrollo local y regional. Sonaba bien. Envié mi ponencia a tiempo. Me hiceron saber reiteradamente que dispondría de 15 minutos para hacer mi presentación. Un poco apretado el tiempo para poder expresar algo de manera coherente y clara, sobre todo sobre un tema lleno de malabarismos teóricos y conceptuales: educación coevolutiva.

Desde hace un poco más de un año he venido realizando una investigación sobre ese tema. Todo indica que soy el primero en hacerlo (sí, hice una búsqueda con Google).  No es la primera vez que expongo sobre esta propuesta educativa. Cuando lo hago, suelo tomarme al menos una hora (me he tomado hasta cinco).  Así que hacer una exposición de 15 minutos cuando se va a hablar sobre cosas tan extrañas como autopoiesis, teoría Gaia, trama biocognitiva y entropía, es todo un desafío.

El evento ya llevaba una hora y media de retraso respecto al programa (la conferencia inaugural se había tomado más del doble del tiempo anunciado). Llegado mi turno, nadie me lo advirtió. Comencé a soltar mi rollo y, habiendo pasado 7 (miserables) minutos me pasan una tarjetita que dice “Tiene 3 minutos”. Así que tuve que utilizar el conocido recurso de leer un párrafo sí y un párrafo no.  Adiós coherencia. Adiós claridad. Adiós Premio Nobel.

Pero es lo que suele suceder en estos rituales académicos. Lo que importa es cumplir con el programa. No importa cómo. Por eso no avanzamos en los temas que son importantes. ¿Dónde están las posibilidades de diálogo, de debate, de intercambio de saberes? Esto lo he platicado mucho con Luis Porter (experto saboteador de formalidades). Nosotros proponemos encuentros “unplugged”. Donde no haya cronómetros, power points, micrófonos, discursos ni lecturas de largos curriculums vitaes (nótese mi habilidad para manejar el plural en latín). Sino donde prevalezca la lentitud y atención que requiere cualquier tema que merezca el adjetivo de “académico”.

Pero no todos los eventos son así. Ahora mismo estoy en el aeropuerto de El Lencero esperando mi avión que me llevará al DF. De ahí me traslado en autobús a Toluca. Me han invitado a participar en un encuentro internacional sobre gastronomía y turismo (sí, leyeron bien). La institución convocante es la Universidad Autónoma del Estado de México. Participo en un panel donde se va a debatir sobre complejidad, transdisciplina y universidad. Contamos con hora y media para explorar este interesante tema. Eso es lo que dice el programa. Promete. Ya reportaré qué pasó. No le abran a nadie.