GO

En 1979, poco antes de partir a Edimburgo, Escocia, a estudiar una maestría, un amigo mío me pidió, me suplicó, que si alguna vez entraba a una tienda de juegos, que por favor le comprara un tablero y las piezas de un antiguo juego llamado Go. Recuerdo que anoté el encargo, pero no haber pedido descripción alguna sobre él. Como suele suceder, al menos en mi caso, olvidé por completo la encomienda. Y así pasaron los meses hasta que, sin pensar en el asunto, me topé con una pequeña y atractiva juguetería, justo frente a donde se encuentra la famosísima estatua del “Bobby de Greyfriars”. Recuerdo que estaba repleta de los juegos más variados, la gran mayoría de ellos desconocidos para mí. Y, por ahí, en uno de los estantes, vi que se asomaba una caja con símbolos orientales y la palabra “Go” impresa en letras muy grandes. Mi mente hizo “click” inmediatamente, y pedí a la empleada que me la enseñara. Ella la abrió y me mostró el contenido: un tablero de madera y dos cuencos con piezas blancas y negras. Compré el juego junto con tres libros: uno para principantes, otro para nivel intermedio y el último para jugadores avanzados. Salí satisfecho de la tienda por haber hecho honor al encargo. La excusa precisa para tomar una cerveza en el pub de junto.

La estatua del Bobby de Greyfriars, en Edimburgo, Escocia.

Dos años después, de regreso a casa, Tere y yo desempacamos las cuatro enormes y pesadas maletas que venían completamente llenas de ropa y quién-sabe-qué-tantas-cosas-más. Cuando saqué el juego y los libros, los puse en uno de los armarios de la recámara. Allí, tablero, fichas y libros reposaron por años. Como ya no volví a ver a Mariano, que es el nombre de mi amigo, el asunto quedó completamente olvidado. Al menos por un tiempo. Una mañana de otoño (en realidad no recuerdo la estación, pero le da más sabor al relato) leí en la sección de “Oportunidades” del periódico un pequeño anuncio que decía más o menos así: “Doy clases gratuitas de Go, un juego oriental muy antiguo. Interesados hablar al teléfono…”. No hace falta decirlo (pero lo digo de todas maneras), pero hablé inmediatamente a ese teléfono y concerté una cita para mi primera sesión de Go. Debo decir que fue uno de los descubrimientos más fascinantes de mi vida en torno a cualquier clase de juego. Recuerdo haber asistido a unas seis sesiones de Go, en las que aprendí no sólo las reglas, sino también el sentido general del juego y algunas estrategias básicas.

Tablero y piedras de Go.

Pero, ¿qué es el Go? Se cree que este juego se inventó en Tibet, en el norte de India o posiblemente en China, alrededor del año 2 000 antes de Cristo. De hecho es el juego más viejo que se sigue jugando más o menos en su forma original. El Go es un juego de territorio. El tablero está marcado con un cuadrado de 41.5 x 44.5 centímetros, formado por 19 líneas verticales y 19 líneas horizontales. Las líneas forman 361 intersecciones sobre las cuales se colocan las piezas, conocidas como “piedras”. Para que el lector tenga una idea de la complejidad de este juego, basta recordar que el ajedrez tiene 64 casillas, mientras que el Go cuenta con 361 espacios. Los grandes maestros afirman que jugar Go equivale a jugar simultáneamente cuatro juegos de ajedrez. Se comienza con el tablero vacío en el que los jugadores  de manera alternada colocan sobre las intersecciones una piedra a la vez, discos negros y blancos que miden apenas un poco más de un centímetro de diámetro.

Una partida de Go en progreso.

El Go difiere mucho de la mayoría de los juegos occidentales por ser un juego constructivo. El área de juego es muy grande y el análisis exacto de las posiciones es imposible, por lo que uno debe desarrollar un estilo fundado en la intuición y en el dominio de una inmensa variedad de estrategias y tácticas. Hay muchas oportunidades para el análisis lógico, pero el Go se mantiene más como arte que como ciencia. Los principios que subyacen en este juego son construir y compartir. Los dos jugadores, aunque casi siempre hay un ganador (puede haber empate), son compañeros en un ejercicio de coexistencia. Cada uno necesita del otro para jugar ya sea por puro gozo o auto-iluminación. La actitud apropiada hacia el oponente es, por tanto, no una de agresión y animosidad sino de respeto y amistad.

Posición final en una partida.

Aunque he visto de vez en cuando a Mariano en años recientes, él no se ha acordado de aquel encargo que me hizo en 1979. Yo tampoco.

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