García Márquez y Los Beatles

Reproduzco un texto de Gabriel García Márquez, escrito en 1980, poco después de la muerte de John Lennon. Tomado del periódico El País, versión digital.

Sí, la nostalgia sigue siendo igual que antes

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ/16 de diciembre de 1980

Ha sido una victoria mundial de la poesía. En un siglo en que los vencedores son siempre los que pegan más fuerte, los que sacan más votos, los que meten más goles, los hombres más ricos y las mujeres más bellas, es alentadora la conmoción que ha causado en el mundo entero la muerte de un hombre que no había hecho nada más que cantarle al amor. Es la apoteosis de los que nunca ganan.Durante 48 horas no se habló de otra cosa. Tres generaciones -la nuestra, la de nuestros hijos y la de nuestros nietos mayores- teníamos por primera vez la impresión de estar viviendo una catástrofe común, y por las mismas razones. Los reporteros de la televisión le preguntaron en la calle a una señora de ochenta años cuál era la canción de John Lennon que le gustaba más, y ella contestó, como si tuviera quince: «La felicidad es una pistola caliente». Un chico que estaba viendo el programa dijo: «A mí me gustan todas». Mi hijo menor le preguntó a una muchacha de su misma edad por qué habían matado a John Lennon, y ella le contestó, como si tuviera ochenta años: «Porque el mundo se está acabando».

Así es: la única nostalgia común que uno tiene con sus hijos son las canciones de los Beatles. Cada quien por motivos distintos, desde luego, y con un dolor distinto, como ocurre siempre con la poesía. Yo no olvidaré nunca aquel día memorable de 1963, en México, cuando oí por primera vez de un modo consciente una canción de los Beatles. A partir de entonces descubrí que el universo estaba contaminado por ellos. En nuestra casa de San Angel, donde apenas si teníamos dónde sentarnos, había sólo dos discos: una selección de preludios de Debussy y el primer disco de los Beatles. Por toda la ciudad, a toda hora, se escuchaba un grito de muchedumbres- «Help, I need somebody». Alguien volvió a plantear por esa época el viejo tema de que los músicos mejores son los de la segunda letra del catálogo: Bach. Beethoven, Brahms y Bartok. Alguien volvió a decir la misma tontería de siempre: que se incluyera a Bozart. Alvaro Mutis, que como todo gran erudito de la música tiene una debilidad irremediable por los ladrillos sinfónicos, insistía en incluir a Bruckner. Otro trataba de repetir otra vez la batalla en favor de Berlioz, que yo libraba en contra porque no podía superar la superstición de que es un oiseau de malheur, es decir, un pájaro de mal agüero. En cambio, me empeñé, desde entonces, en incluir a los Beatles. Emilio García Riera, que estaba de acuerdo conmigo y que es un crítico e historiador de cine con una lucidez un poco sobrenatural, sobre todo después del segundo trago, me dijo por esos días: «Oigo a los Beatles con un cierto miedo, porque siento que me voy a acordar de ellos por todo el resto de mi vida». Es el único caso que conozco de alguien con bastante clarividencia para darse cuenta de que estaba viviendo el nacimiento de sus nostalgias. Uno entraba entonces en el estudio de Carlos Fuentes, y lo encontraba escribiendo a máquina con un solo dedo de una sola mano, como lo ha hecho siempre, en medio de una densa nube de humo y aislado de los horrores del universo con la música de los Beatles a todo volumen.

Como sucede siempre, pensábamos entonces que estábamos muy lejos de ser felices, y ahora pensamos lo contrario. Es la trampa de la nostalgia, que quita de su lugar a los momentos amargos y los pinta de otro color, y los vuelve a poner donde ya no duelen. Como en los retratos antiguos, que parecen iluminados por el resplandor ilusorio de la felicidad, y en donde sólo vemos con asombro cómo éramos de jóvenes cuando éramos jóvenes, y no sólo los que estábamos allí, sino también la casa y los árboles del fondo, y hasta las sillas en que estábamos sentados. El Che Guevara, conversando con sus hombres alrededor del fuego en las noches vacías de la guerra, dijo alguna vez que la nostalgia empieza por la comida. Es cierto, pero sólo cuando se tiene hambre. En cambio, siempre empieza por la música. En realidad, nuestro pasado personal se aleja de nosotros desde el momento en que nacemos, pero sólo lo sentimos pasar cuando se acaba un disco.

Esta tarde, pensando todo esto frente a una ventana lúgubre donde cae la nieve, con más de cincuenta años encima y todavía sin saber muy bien quién soy, ni qué carajos hago aquí, tengo la impresión de que el mundo fue igual desde mi nacimiento hasta que los Beatles empezaron a cantar. Todo cambió entonces. Los hombres se dejaron crecer el cabello y la barba, las mujeres aprendieron a desnudarse con naturalidad, cambió el modo de vestir y de amar, y se inició la liberación del sexo y de otras drogas para soñar. Fueron los años fragorosos de la guerra de Vietnam y la rebelión universitaria. Pero, sobre todo, fue el duro aprendizaje de una relación distinta entre los padres y los hijos, el principio de un nuevo diálogo entre ellos que había parecido imposible durante siglos.

El símbolo de todo esto -al frente de los Beatles- era John Lennon. Su muerte absurda nos deja un mundo distinto poblado de imágenes hermosas. En Lucy in the sky, una de- sus canciones más bellas, queda un caballo de papel periódico con una corbata de espejos. En Eleanor Rigby -con un bajo obstinado de cielos barrocos- queda una muchacha desolada que recoge el arroz, en el atrio de una iglesia donde acaba de celebrarse una boda. «¿De dónde vienen los solitarios?», se pregunta sin respuesta. Queda también el padre MacKenzie escribiendo un sermón que nadie ha de oír, lavándose las manos sobre las tumbas, y una muchacha que se quita el rostro antes de entrar en su casa y lo deja en un frasco junto a la puerta para ponérselo otra vez cuando vuelva a salir. Estas criaturas han hecho decir que John Lennon era un surrealista, que es algo que se dice con demasiada facilidad de todo lo que parece raro, como suelen decirlo de Kafka quienes no lo han sabido leer. Para otros, es el visionario de un mundo mejor. Alguien que nos hizo comprender que los viejos no somos los que tenemos muchos años, sino los que no se subieron a tiempo en el tren de sus hijos.

Copyright, 1980, Gabriel García Márquez (ACI).

24 Preludios y Fugas, Op 87, de Dimitri Shostakovich

Disfruto mucho de la música clásica. Y si hay algo que supere ese gusto es, precisamente, mi falta de conocimientos sobre ella. Se trata de una deficiencia de graves proporciones, sobre todo cuando intento compartir mis gustos con los demás. Es decir, ¿cómo ir más allá de un variado juego de calificativos?, ¿cómo transmitir, al menos en parte, la riqueza y las complejidades que la música encierra? Esto se debe a dos cuestiones relacionadas. Una, no me he comprometido seriamente con el aprendizaje formal de instrumento alguno (apenas conocimientos elementales de la guitarra y el piano). Otra, la falta de lecturas en temas como apreciación y teorías musicales, historia de la música, vida y obra de compositores, etc. Mea culpa.

Así que aquí estoy, tratando de escribir sobre las impresiones que me han causado los 24 Preludios y Fugas, Op 87, de Dimitri Shostakovich (1906-1975). Esta obra fue inspirada por el estudio de la música de Johann Sebastian Bach (1685-1750), en particular del Clavecín bien Temperado. No siguió la progresión por semitonos utilizada por Bach (do, do sostenido, re, re sostenido…), sino por el círculo de quintas, lo cual le permitió a Shostakovich celebrar su propia creatividad, al margen de las restricciones políticas y sociales prevalecientes en la U.R.S.S. Los 24 Preludios y Fugas fueron escritos en 1950 y 1951, poco después de que entró en vigor el Decreto Zhdanov, que prohibía toda manifestación artística que no estuviera en alineación con las ideas del Partido Comunista, esto es, las ideas de Stalin. Por ello, la mayor parte de las obras de Shostakovich no podían ser tocadas en la Unión Soviética. Sus trabajos mayores fueron escritos esencialmente para el “cajón del escritorio”, para mejores tiempos. Sú única fuente de ingresos en esos años fueron sus composiciones para películas soviéticas.

Dmitri Shostakovich en 1935
Dmitri Shostakovich en 1935

Stalin designó a Andrei Alexandrovich Zhdanov la tarea de elaborar una lista de los principales infractores quienes, con sus obras, “traicionaran” los ideales del pueblo soviético y de su partido. Por supuesto, nadie quería estar en la lista, pues no se trataba de una lista de premios, sino de exterminación. El mismo Shostakovich nos dice en sus memorias póstumas: “Todo tenía significado aquí, tu posición en la lista, por ejemplo. Si estabas en primer lugar, podías considerarte muerto. Si estabas al final, había algo de esperanza”. Más adelante agrega: “Mi nombre estaba en primer lugar, y el de Prokofiev en segundo” (Shostakovich, 2006: 146). De hecho, Shostakovich vivió permanentemente con la idea obsesiva de que de un momento a otro iban a ir por él. Siempre mantenía una pequeña maleta con un poco de ropa, para cuando llegara ese momento.

Dmitri Shostakovich
Dmitri Shostakovich

Shostakovich asistió en julio de 1950 a las celebraciones del bicentenario de la muerte de Johann Sebastian Bach, en la ciudad alemana de Leipzig. Allí participó, con invitación de última hora, en la ejecución del Concierto para Tres Pianos en Re menor, de Bach. Allí quedó profundamente impresionado con el talento de la joven pianista Tatyana Nikolayeva, quien se convirtió en el catalizador para su ciclo de Preludios y Fugas Op. 87, compuesto entre octubre de 1950 y febrero de 1951. En el verano de 1952, Nikolayeva argumentó, exitosamente, a favor de la obra de Shostakovich ante las autoridades soviéticas, quienes aprobaron su publicación y posterior estreno el 23 y el 28 de diciembre por la propia Tatyana. No obstante, pocas veces los Preludios y Fugas fueron tocados completos, quizá debido a que su duración total rebasa las dos horas y 20 minutos. De ahí que en aquellos años y décadas se solían tocar sólo algunas selecciones, a discreción de cada solista. Pero a partir de mediados de la década de los 80 los pianistas han seguido el ejemplo de Nikolayeva y presentan el ciclo completo. ESta es la única manera de disfrutar y percibir la grandeza, profundidad y libertad creativa de esta obra, escrita en un tiempo y un espacio donde estas cualidades estaban prohibidas.

Referencias

Shostakovich, Dmitri. (2006). Testimony: the memoirs of Dmitri Shostakovich (as related to and edited by Solomon Volkov). Pompton Plains (New Jersey: Limelight Editions. Obra publicada por primera vez en 1979.

CD: Shostakovich, Dimitri (2000). 24 Preludes and Fugues, Op 87. Pianista: Konstantin Scherbakov. Canadá: Naxos. 2 CDs.

Take five

La expresión en inglés take five es una forma abreviada de decir take a break for five minutes, que puede traducirse como “tomar un breve descanso” (no literalmente cinco minutos). En la década de los sesentas, posiblemente alrededor de 1966, escuché por primera vez la pieza “Take Five”, con el cuarteto de Dave Brubeck (1920, Concord, California), escrita por el saxofonista Paul Desmond. El nombre de la composición no hacía alusión a tomar descanso alguno, sino al inusual ritmo en que estaba escrita: 5/4. Grabada en 1959, “Take Five” se convirtió en un éxito masivo no sólo en los Estados Unidos sino prácticamente en todo el mundo. Dave Brubeck falleció hoy, un día antes de cumplir 92 años, camino a un hospital de Connecticut.

20121205-dave-brubeck-306x-1354727632
Dave Brubeck. (c) David Renfern/Redferns

Recuerdo bien el álbum en el que venía “Take Five”, Time Out, con una original portada en la que se mostraba una pintura a la Joan Miró, del diseñador Sadamitsu Fujita. ¿Quién no recuerda “Three to get ready” o “Blue Rondó a la Turk”? El inusitado éxito del álbum entre un amplio público fuera del mundo del jazz pudo haber sido interpretado como el resultado de un conjunto de piezas confeccionadas para el éxito comercial. Nada más alejado de la realidad. En él, Brubeck puso a prueba su formación en música clásica, sus dotes en la improvisación y el dominio de ritmos no convencionales. Basta decir que hoy se considera al nivel musical de otro álbum aparecido en ese mismo año de 1959: Kind of Blue, de Miles Davis. Ni más ni menos.

¿La cantante calva?

Para quienes somos fanáticos de Cecilia Bartoli (Roma, 1966), la portada de su nuevo album, Mission, ha sido motivo de una experiencia traumática (yo apenas me estoy reponiendo). Sobre todo cuando uno está acostumbrado a regocijarse no sólo con las dotes musicales de esta extraordinaria mezzosoprano, sino también con sus otras dotes: pizpiretos ojos oscuros, cuerpo generoso -como debe ser el de las cantantes italianas-, y abundante y salvaje cabellera.

La Bartoli con piano

La Bartoli, hija de cantantes profesionales, se ha especializado en la interpretación de obras de compositores tan conocidos como Mozart, Rossini y Puccini, pero también de otros menos conocidos o injustamente olvidados. Para ello dedica una buena parte de su tiempo a andar hurgando, desenpolvando y leyendo/descifrando documentos, libros y partituras en bibliotecas, archivos y oscuras iglesias. Es decir, es una investigadora entusiasta y consumada.

Su último trabajo está dedicado a la interpretación de obras de uno de esos compositores olvidados: Agostino Steffani (1654-1728). Steffani es un personaje “curiosísimo”, según nos cuenta la Bartoli, del que se sabe muy poco aunque todo es “jugoso”: había sido cantor, probablemente un castrato, y después compositor operístico de mucho éxito en Alemania, diplomático para la Santa Sede, obispo titular, nuncio apostólico en la Corte protestante del Norte, y urdidor de matrimonios reales, involucrado, quizá, en… espionaje y asesinato…

Cecilia frente al espejo.

En su investigación encontró copias de sus óperas en la Ancient Academy of Music de Londres y en la Biblioteca Nacional de Viena y descubrió algo realmente sorprendente: que estaba frente a un “pre Haendel” o a un “pre Bach”. Esto la llenó de la energía suficiente para recuperar una música que ella describe como “espiritual sin ser necesariamente sacra”, así como “dulce, virtuosa, cósmica, trascendental y de una gravedad inexplicable”. Ya metida en el chisme de hurgar vidas ajenas, leyó sus cartas y le pareció que era una buena idea ahondar en una vida paradójica y de grandes contrastes.

El resultado de todo esto, además del nuevo CD de Cecilia Bartoli, es una novela de misterio de su amiga la escritora norteamericana Donna Leon, basada en la vida de Steffani, Las Joyas del Paraíso, la cual, seguramente, pronto será una pelicula de enorme éxito. Como no quise dejarlos en suspenso respecto a la portada de Mission, aquí abajo la he insertado. ¿No es para impresionarse? Sea como sea, recomiendo la compra de este CD, que viene profusamente ilustrado y con mucho material que leer sobre este trabajo artístico y musicológico de la Bartoli.

Portada de Mission.

4′ 33″, de John Cage

Este mes de septiembre, el día 5 para ser exactos, se celebraron los 100 años del nacimiento del músico, compositor, teórico musical, poeta y pintor John Cage (1912-1992). Cage fue una figura destacada del movimiento avant garde y uno de los músicos estadounidenses más influyentes del siglo XX. Pionero de la música aleatoria y electrónica, así como en el uso de instrumentos no convencionales.

Una de sus obras más conocidas es 4′ 33″. El título alude a su duración: 4 minutos con 33 segundos. Ha sido interpretada por innumerables solistas, ensambles y orquestas del mundo. Yo, por supuesto, tengo mis preferencias de interpretes tanto de solistas como de sinfónicas. ¿Cuál es la suya?

Abajo hay dos ligas a Youtube. La primera, la obra de John Cage con orquesta sinfónica y la segunda con piano solo. Estoy seguro que, después de escucharla, querrán adquirir un CD.

http://www.youtube.com/watch?v=zY7UK-6aaNA&feature=related

http://www.youtube.com/watch?v=JTEFKFiXSx4&feature=related

Soundtracks de la infancia

Al igual que el aroma de una galleta dispara recuerdos lejanos, una pieza de música nos puede hacer recordar todo un periodo de nuestra infancia. A principios de los años sesenta, me aficioné a una serie de televisión llamada “Peter Gunn” (ahora sé que en Estados Unidos fue transmitida de 1958 a 1961). Su creador fue Blake Edwards, quien posteriormente ganara fama con la serie de películas de la Pantera Rosa (con el genial Peter Sellers). Peter Gunn, protagonizado por Craig Stevens, era un investigador privado en la clásica tradición del film noir. Sin embargo, a diferencia de los demás detectives, Gunn era sofisticado y elegante, además de tener un especial gusto por el cool jazz. Los episodios no sólo eran muy emocionantes, sino que estaban envueltos en un ambiente musical extraordinario.

En la serie, Peter Gunn era un asiduo cliente del club de jazz “La casa de mamá”, y su novia, Edie Hart (Lola Albright), era una cantante que trabajaba regularmente en ese lugar. Famosos jazzistas (de la vida real) hacían apariciones ocasionales en ese club de set televisivo, como es el caso de Shorty Rogers, en uno de los primeros episodios. El compositor de toda esta extraordinaria música era Henry Mancini (1924-1994). Recuerdo haber comprado el disco de vinil en aquellos años, en una discotea local. Podía entonces disfrutar de esta magnífica colección de cool jazz, con títulos tan evocadores como “Sorta Blue”, “Dreamsville”, o “Brief and Breezy”.

La portada original del disco

Con el tiempo, y con los cambios tecnológicos, ese long play “se perdió” junto con otras cosas cuyo destino ignoro: libros, juguetes, etc. Hace unos meses me enteré en Amazon que había una nueva edición de toda la música que compuso Mancini para esa serie en dos discos compactos. Una colección de las 23 piezas originales, cada una tocada en dos versiones distintas, y grabadas entre 1958 y 1959. Ahora que las he escuchado ahora en casa, es extraordinario ver cómo recuerdo con precisión cada riff de los metales, cada fill de la bateria. El sonido de big band es impresionante, lleno de diversas texturas creadas por el vibráfono, el piano, el bajo y los metales. Y con todo esto vienen muchos recuerdos de cuando tenia diez años de edad.

La portada del nuevo album doble

9 de Diciembre de 1980 (the dream is NOT over)

El 9 de diciembre de 1980 me despertó, como todos los días, el aparato de música. El despertador estaba sintonizado a una de las estaciones de la BBC. Eran las seis y media de una mañana muy fría. Los vidrios de la recámara estaban empañados y por la ventana pude ver que había algo de nieve. Desde allí la vista era magnífica: la empinada calle hacía levantar la mirada para descubrir, por enésima vez, una de las laderas de Calton Hill, una colina que se levanta cerca del centro de Edimburgo.

Calton Hill, Edimburgo.

Siempre me intrigó esa extraña colección de monumentos neoclásicos sobre Calton Hill: ¡Grecia y Roma al norte de la Muralla de Adriano! La BBC seguía tocando “Woman”, de John Lennon, lo cual era un poco extraño para una estación dedicada a la música clásica, a otras expresiones de las artes y a las noticias internacionales. Estaba viviendo mi segundo año en la capital escocesa y ahora estaba enfrascado en la redacción de mi tesis. Así que ahí estaba yo frente a la máquina de escribir con mis cuadernos de notas.

Una vez que concluyó la bellísima canción de Lennon, el locutor tomó un profundo respiro y dijo sin más que la BBC rendía tributo a este compositor, recién asesinado la noche anterior en Nueva York, a manos de un maniático. Mi primera reacción fue la de no haber escuchado lo que había escuchado, así que me puse a sintonizar otras estaciones, como queriendo huir de esa frecuencia. Corroboré al instante la noticia: todo el espectro estaba dedicado a reproducir Double Fantasy, el último disco de John Lennon. No había duda.

John Lennon y Sean en Nueva York.

Debía ir a la universidad, pero esa mañana sentía que no tenía sentido nada de lo que tenía programado hacer ese día. Una vez que salí a la calle, pude ver que la mayoría de las tiendas habían colocado televisores en sus aparadores para sintonizar las noticias y homenajes que se multiplicaban por todas partes. Era conmovedor ver a niños, adultos y ancianos frente a los televisores con las miradas empañadas. No tenía la menor idea de lo que Lennon significaba para esta nación.

Fue entonces cuando supe que Lennon se había retirado de la música durante cinco años para dedicarse a criar a su hijo Sean. Aprendió a hacer pan, cocinar y cambiar pañales. Pasaba largas horas haciendo dibujos para su hijo. Una vez que terminaba uno, le preguntaba qué era lo que había dibujado. Así, fue titulando cada uno de ellos. Hoy se pueden disfrutar todos ellos en la publicación Real Love: The drawings for Sean.

A cat climbing, de John Lennon.

Hace 31 años de esa fría y terrible mañana. Hace 31 años que la frase de Lennon adquirió sentido para mí: “The dream is over”. Pero ahí está su música, sus libros de relatos y poemas, sus dibujos y diseños, sus himnos a favor de la paz. Quizá el sueño no haya terminado del todo. Es que la vida es así: “Life is what happens to you while you are busy making other plans” (Lennon).