Cuando la física y la conciencia se encuentran

Entre los libros que estoy leyendo está el de los físicos Bruce Rosenblum y Fred Kuttner, El Enigma Cuántico. La física se encuentra con la conciencia. Es un libro muy interesante en el que los autores sumergen al lector en las profundidades de la teoría cuántica. Lo hacen evitando al máximo las inextricables matemáticas de este campo. Emplean con éxito recursos gráficos, narrativos y ejemplos que nos ayudan a comprender los fenómenos y los experimentos, así como las misteriosas implicaciones de la física cuántica. De ahí que haya escrito unas cuantas líneas sobre el primer capítulo con el fin de interesar a algún lector, lectora, en este campo de la ciencia que actualmente ha acaparado la atención internacional del público. ¿Por qué este interés de la gente?: los extraordinarios descubrimientos del Gran Colisionador de Hadrones del Centro Europeo para la Investigación Nuclear (CERN). Todo indica que los científicos del CERN están a punto de probar la existencia del bosón de Higgs, partícula que explicaría el origen de la masa, hecho que constituiría la posibilidad de una teoría unificadora de la física.

Albert Eintein estaba profundamente preocupado por las misteriosas implicaciones de la teoría cuántica. En la década de los 30 del siglo pasado, solía burlarse de los científicos que desarrollaban esta teoría señalando que se requería de una observación en un lugar para influir instantáneamente lo que sucedía en otro lugar lejano sin que mediara ninguna fuerza física. Se refería a una “acción sobrenatural” (spooky action) que no podía existir. Einstein también estaba molesto por la afirmación de esta teoría de que si uno observaba un objeto pequeño, como un átomo, en un lugar, era esa observación lo que causaba que estuviese allí. ¿Aplica este principio a objetos grandes? Sí, en principio. Ridiculizando la teoría cuántica, Einstein preguntó a un joven físico si creía que la luna estaba allí sólo porque él la miraba. Si se toma en serio a la teoría cuántica, Einstein afirmaba, se niega la existencia de un mundo físico real independiente de su observación. Estas ya son palabras mayores. No obstante, este es el marco sobre el cual descansa toda la física. Ni más ni menos.

Kaleidoscopio Efex 01

El primer misterio comienza con la dualidad onda-partícula. Se trata de una paradoja que, mirando en una dirección, se puede demostrar que un átomo es un objeto compacto concentrado en un lugar. Sin embargo, si se mira en otra dirección, se puede demostrar exactamente lo contrario: que el átomo no es un objeto compacto, sino que es una onda desplegada sobre una amplia región. Es decir, el resultado del experimento depende de lo que queramos demostrar. Pero más allá de estas aparentes contradicciones, la teoría cuántica implica un significado más profundo que trasciende la dualidad onda-partícula.

La teoría cuántica es asombrosamente exitosa. Hasta hoy, ninguna de sus predicciones ha probado ser incorrecta. Una tercera parte de la economía de hoy depende de productos basados en ella. Sin embargo, la visión de la realidad que demanda la teoría cuántica no sólo es más extraña de lo que se suponía: es más extraña de lo que se puede suponer. Veamos por qué. La mayoría de nosotros comparte las siguientes intuiciones del sentido común: 1) un mismo objeto no puede estar al mismo tiempo en dos lugares distantes; 2) lo que uno decide hacer aquí no puede afectar instantáneamente lo que pasa en otro lugar lejano; 3) el “mundo de allá fuera” existe independientemente de que lo veamos o no. Pues bien, la teoría cuántica desafía cada una de estas intuiciones.

Kaleidoscopio Photomatix 01

Pero, ¿qué es la mecánica cuántica? Esta teoría fue desarrollada a comienzos del siglo XX para explicar el mecanismo que gobierna la conducta de los átomos. Poco antes se había descubierto que la energía de un objeto podía cambiar sólo en una cantidad discreta, el quantum o cuanta, de ahí que la teoría se le conozca como mecánica cuántica. Esta teoría se encuentra en la base de todas las ciencias naturales, desde la química hasta la cosmología. La teoría cuántica es necesaria para entender por qué brilla el sol, cómo los televisores producen imágenes, por qué el pasto es verde y cómo se desarrolló el universo a partir del Big Bang. La tecnología moderna está basada en dispositivos diseñados con la teoría cuántica.

La física pre-cuántica, la mecánica clásica o física clásica, también llamada física newtoniana, es una excelente aproximación al estudio de los objetos que son más grandes que las moléculas, y es mucho más simple que utilizar la mecánica cuántica. Es, sin embargo, una mera aproximación. No funciona en absoluto para los átomos de que están hechas todas las cosas. No obstante, la física clásica es la base de nuestra sabiduría convencional, de nuestra visión newtoniana del mundo. Pero hoy sabemos que esta visión clásica del mundo es fundamentalmente defectuosa.

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Ahora, los experimentos cuánticos niegan una realidad física producto del sentido común. Ya no es una opción lógica. ¿Puede la visión del mundo sugerida por la mecánica cuántica tener alguna relevancia fuera de la ciencia? La teoría cuántica es sobre el aquí y ahora, e incluso en ella se encuentra la esencia de nuestra humanidad y de nuestra conciencia. Si es así, ¿por qué sus implicaciones no han tenido el impacto social que se podría esperar? Se pueden resumir las implicaciones de las teorías de Copérnico y de Darwin de manera sintética, en unas cuantas oraciones, las cuales parecerían razonables a la mente moderna. Pero cuando se trata de sintetizar las implicaciones de la teoría cuántica es inevitable que comience a sonar como algo místico. Veamos. La teoría cuántica nos dice que la observación de un objeto puede influir en el comportamiento de otro objeto situado a gran distancia (digamos 500 kilómetros… 500 años luz), incluso si ninguna fuerza física conecta a los dos. Einstein rechazaba todo esto como “acciones sobrenaturales”, pero se ha demostrado plenamente que existen y que nada tienen que ver con lo sobrenatural.

Erwin Schrödinger, uno de los fundadores de la teoría cuántica, contó su famosa historia del gato para enfatizar que la teoría cuántica decía algo “absurdo”. El gato no observado de Schrödinger, de acuerdo a la teoría cuántica, estaba simultáneamente muerto y vivo hasta que la observación causara que estuviera muerto o vivo. Pero hay algo que es más difícil de aceptar: encontrar el gato muerto implica crear la historia del rigor mortis; encontrar el gato vivo implica crear la historia del desarrollo del hambre del gato. La reversibilidad del tiempo.

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El enigma planteado por la teoría cuántica ha desafiado a los físicos por décadas. Y quizá uno de los aspectos más desafiantes se refiere al encuentro entre la física y la conciencia. Esto no implica algún tipo de “control mental” que con sólo nuestro pensamiento podemos controlar directamente el mundo físico. ¿Los resultados indiscutibles de los experimentos cuánticos implican un papel misterioso para la conciencia en el mundo físico? Este es un acalorado debate en los límites de la física.

Aunque los hechos cuánticos no están en disputa, el significado detrás de esos hechos acerca de lo que la mecánica cuántica nos dice acerca de nuestro mundo está en plena discusión. Por ello, la mecánica cuántica ha dejado de ser un campo de interés exclusivo de los físicos. Se suman hoy estudiosos de las ciencias sociales, filósofos y teólogos.

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Referencia bibliográfica:

Resenblum, Bruce y Fred Kuttner. (2011). Quantum Enigma. Physics encounters consciousness. Nueva York: Oxford University Press. Segunda edición. 287 páginas.

Fotografías tomadas con una cámara Nikon D7000 (18-105 mm), a través de un caleidoscopio. Derechos reservados.

Lynn Margulis (1938- 2011)

La científica estadounidense Lynn Margulis, conocida por sus trabajos sobre el origen y evolución de las células, y considerada una autoridad en biología evolutiva, acaba de fallecer a los 73 años en su domicilio en Amherst (Massachusetts). En particular, fue conocida por su teoría de la simbiogénesis, que desafió las teorías neodarwinistas con el argumento de que las variaciones heredadas no se deben a mutaciones al azar, sino a la interacción entre los organismos a largo plazo. Según ella, el origen de las primeras células con núcleo se dio a partir de la fusión de bacterias primitivas hace miles de millones de años.

Lynn Margulis

Margulis, doctora honoris causa por diversas universidades del mundo, entre ellas la UNAM y la Universidad Autónoma de Madrid y galardonada con la Medalla Nacional de Ciencia de los Estados Unidos en 1999, fue además una de las impulsoras, junto al británico James Lovelock, de la “Teoría Gaia”. Según la hipótesis planteada en esta teoría, el medio ambiente ha cambiado debido al comportamiento de los seres vivos que lo habitan y a su interacción con el entorno, mientras que otras teorías hablan de adaptación de los organismos a un ambiente determinado.

Su obra ofreció una visión nueva de la microbiología y ha ayudado a posicionar la figura de la especie humana en armonía con el resto de la naturaleza, microorganismos incluidos. Lynn Margulis ha publicado numerosos artículos y libros. Su texto Simbiosis en la evolución de la célula (1981) es considerado un clásico de la Biología del siglo XX. Entre sus otras obras destacan Microcosmos, cuatro billones de años de evolución microbiológica (1986); El jardín del gozo microbiológico (1988); ¿Qué es la vida? (1995); ¿Qué es el sexo? (1998); Planeta simbiótico: Una nueva perspectiva sobre la evolución (1998); Peces luminosos. Historias de amor y ciencia (2001); y Una revolución en la evolución (2002).

Margulis estuvo casada con el astrónomo Carl Sagan, un científico y divulgador de la ciencia que saltó a la fama mundial con su programa de televisión “Cosmos”, fallecido en 1996, y era madre del ensayista y poeta Dorion Sagan, quien colaboró con ella en diversas publicaciones. Es una gran pérdida no sólo para ciencia sino para todo el planeta… para todas las especies.

Rendezvous en París XIII (The River: una instalación asombrosa)

Encargado por el Musée du Quai Branly, The River (El Río) es una instalación del artista escocés Charles Sandison. Es una invitación al visitante a sumergirse en un flujo de palabras en movimiento a diferentes velocidades, simulando arroyos que alimentan a un gran río. Esto se logra con la sincronización de diversos proyectores dirigidos por una computadora. En lugar de agua lo que fluye son 16 mil 597 palabras que constituyen los nombres de las personas y lugares que conforman las colecciones del museo.

Cartel de la instalación en el Museo Quai Branly

El río es alimentado por el discurso que resulta de la combinación de software y los ciclos hidrológicos, mezclando técnicas de simulación para la creación de vida artificial y para demostrar las leyes de la física. El agua representa la riqueza de las culturas como el flujo de palabras en el tiempo y el espacio. Se puede apreciar la diversidad humana al ver la diversidad de lenguajes que aparecen en su superficie. En este medio ambiente, el visitante puede imaginar las relaciones, ser cautivado por los movimientos de cambio de estos signos, juntarlos, interpretar el sueño.

Puede dar click al mini-video que tomé en el Museo. No olvide reproducirlo en alta definición (oprimir botón que dice “HD”) y a pantalla completa.

La obra de Charles Sandison, hoy residente de Finlandia, puede apreciarse en su página en Internet: www.sandison.fi

Rendezvous en París XII (breve intermedio: Midnight in Paris)

Woody Allen dirigiendo Midnight in Paris.

De nuevo el genio de Woody Allen. Anoche fui a ver su película Medianoche en París (Midnight in Paris), una ingeniosísima comedia que se desarrolla en esta ciudad, con un reparto alucinante y con un relato de pura fantasía… bueno, en parte.

Midnight in Paris

No, no voy a comentar nada acerca de la historia. Basta decir que es un viaje en el tiempo donde los actores reviven a personajes del pasado en una inteligente y divertida trama. ¿Habían soñado con ver juntos alguna vez a Carla Bruni (la esposa del presidente de Francia y co-princesa de Andorra), Cathy Bates, Adrien Brody, Marion Cotillard (bella, extraordinaria) y Owen Wilson?

Nota: Las fotos son del sitio oficial de la película, en español: www.midnightinparislapelicula.com (Si no la ha visto aún, absténgase de visitar esta página).

Rendezvous en París XI (Museo de Quai Branly)

Como comenté en una entrada anterior, uno de los descubrimientos más conmovedores en París fue el Museo del Muelle de Branly (Musée du Quai Branly). Aquí se encuentra una  vasta colección del arte de las culturas tradicionales de todo el mundo en un ambiente realmente sobrecogedor. Más de 300,000 muestras ocupan sus numerosas salas y serpenteantes pasillos.

Una de las fachadas del Museo Quai Branly.

Si bien el Museo tiene especial énfasis en las culturas asiáticas, africanas y de Oceanía, igualmente se pueden admirar obras de América Latina y los pueblos indígenas de Norteamérica. El edificio, diseñado por Jean Nouvel, es en sí ya un motivo para visitarlo, con sus formas curvas e irregulares y su increíble integración a los enormes jardínes que lo rodean.

Esculturas en madera.

El ingenioso empleo del cristal incorpora de manera creativa el entorno como telón de fondo a las exposiciones. El interior, compuesto de diversos niveles irregulares y pasillos, permite al expectador elegir la secuencia y ruta que quiera. No hay un orden impuesto por la arquitectura, sino que hay una libertad que tiende a crear orden dentro de un caos aparente.

Espíritu volador.
Tambores africanos.
Esculturas en cerámica.

El Museo de Quai Branly no sólo cuenta con espacios para las exposiciones, sino también con una mediateca, diversos nichos donde se pueden ver videos y escuchar grabaciones de música, salas de espectáculos, conferencias y proyecciones, áreas para actividades culturales, educativas y de investigación. No menos importante es su extraordinaria colección de instrumentos musicales.

Canoa.

París no es sólo el Museo del Louvre. La ciudad ofrece una cantidad y variedad inimaginable de museos. Algunos son pequeños y engañosamente modestos. Unos están en las principales avenidas, mientras que otros se encuentran en pequeñas calles, como si quisieran evitar la vista de los turistas. El Museo del Muelle de Branly es uno de esos lugares que hay que visitar. El visitante no va a encontrar las obras de artistas famosos, como Monet, Picasso o Dalí. Va a descubrir, en cambio, las extraordinarias obras de artistas anónimos cuyas culturas hemos tenido por “subdesarrolladas” por mucho tiempo. Este museo nos hace preguntar si dichas culturas no son los últimos vestigios de la cordura humana.

Rendezvous en París III (lirios acuáticos en el naranjal)

Recuerdo que hace unos seis años tomé una fotografía de la Mona Lisa o Gioconda, de Leonardo da Vinci. Había que cumplir el ritual, el mismo que hacen los 8 millones 400 mil personas (dato del propio museo) que anualmente visitan el Louvre. Pero no fue la foto habitual. Entre el cuadro y mi cámara se interponían unos veinte turistas, así que decidí capturar la imagen de la misteriosa sonrisa a través de las pantallas de las cámaras digitales. Creo que la foto expresa algo interesante: la masificación del consumo cultural (válgase la expresión que me inventé al bote-pronto). No hay tiempo, ni interés, para la observación detenida y cuidadosa de una pintura, para que los sentidos se sumerjan en las sutilezas de los colores, los trazos, las luces y sombras. Lo que importa es el click que demuestra que estuvimos allí.

Durante siete años, de 1999 a 2006, estuvo cerrado al público, debido a obras de remodelación (hay quienes se toman en serio las remodelaciones). Siete interminables años durante los cuales las obras del museo de l’Orangerie estuvieron en las tinieblas. Ya de por sí la colección Walter-Guillaume es un agasajo para los sentidos, con obras de Picasso, Modigliani, Cézanne y Renoir, entre otros. Pero el plato fuerte, desde mi perspectiva, es el conjunto de estudios con dimensiones de mural que Claude Monet (1840-1926) pintó en los jardines de su casa en Giverny: Nymphéas (Nenúfares o Ninfeas). Los tardíos paisajes de ninfeas han de entenderse como síntesis de las sensaciones que se alimenta tanto de la observación exacta como del recuerdo (Monet, en sus últimos años, vio drásticamente disminuida su visión debido a las cataratas).

Como el lector seguramente sospecha, la palabra orangerie tiene que ver con naranjas. Es el nombre que se les da a los jardines con arcadas, bajo las cuales se plantan árboles de naranjas para protegerlos del intenso frío de invierno. La orangerie del palacio del Louvre (situado en los Jardines de las Tullerías) es quizá la más conocida. Se edificó en 1852 y al paso del tiempo tuvo muchos usos, incluyendo el de bodega, hasta que finalmente se convirtió  en uno de los museos más importantes de París, justo a unos cuantos metros del Louvre. La obra culminante de Monet se expone en este lugar desde que se presentó al público en 1927, un año después de su muerte. Los lirios acuáticos fueron su pasión en sus años postreros: pintó más de 250 pinturas en los que parece revelar cada sutileza posible.

Así que, finalmente, mi encuentro con Monet en l’Orangerie se lleva a cabo en las dos salas ovaladas cuyos curvados muros proporcionan la perspectiva exacta para observarlos casi desde cualquier punto. Reina un silencio como si estuviéramos en una iglesia. Apenas nos atrevemos a susurrar, como si con nuestras voces fuéramos a perturbar las suaves ondas del estanque de Giverny. Estar rodeado por Nymphéas es una experiencia que pocas veces se puede experimentar en el arte: es como si, por unos instantes tuviéramos la capacidad de ver a través de los ojos de Claude Monet.

Sí, estuve allí y tomé fotografías. Muchas. Pero lo más importante queda en la memoria del espectador y, más importante aún, en una renovada mirada que nos hace (re) descubrir que la vida vale la pena.

 

Tsunami

Katsushika Hokusai nació en 1760 en Edo, hoy Tokio, y murió en 1849. Fue un destacado artista y grabador que se especializó en la escuela del arte ukiyo-e (“escenas del mundo flotante”). Sus primeros trabajos representan el espectro completo de este arte, incluyendo impresiones de paisajes y actores, pinturas hechas con la mano, y surimono (“cosas impresas”), tales como felicitaciones, comunicados, diseños para libros.

Más tarde se concentró en los temas clásicos de la vida samurai y de China. De su obra destaca su serie de grabados “Treinta y seis Vistas del Monte Fuji”, publicada entre 1826 y 1833. Quizá una de sus obras más conocidas sea Ola rompiendo en Kagana a (algunas veces referida como Tsunami). Se trata de un grabado a color sobre superficie de madera y que realizó para dicha serie.

Ola rompiendo en Kaganawa, conocida como Tsunami, de Katsushika Hokusai.

El Tsunami de Hokusai, de una belleza extraordinaria, muestra complejos detalles que le imparten una dinámica realista. La naturaleza fractal de la ola (que se reproduce a escalas más pequeñas en la cresta) ayuda a crear una imagen amenazadora. Los japoneses han conocido por siglos a estos monstruos que conservan su energía durante su recorrido, hasta que chocan violentamente contra las costas. El 11 de marzo de 2011, una amplia región de Japón fue sacudida por un sismo de 8.9 grados y arrasada por un tsunami que causó más daño que el terremoto mismo.

Mujer en medio de la devastación. Fotografía del diario japonés Asahi Shinbun /Reuters).

De todas las fotografías que he visto sobre el desastre en Japón, es esta la que más atrajo mi atención. No hay mucho que decir. O quizá haya tanto que decir. Imposible resistirse a su fuerza estética (esto es, que compromete al límite nuestros sentidos). No veo a una mujer japonesa. Tampoco a Natori, en el norte de Japón. Veo a nuestra civilización. A todos nosotros. En todas partes. Nuestra vulnerabilidad, como consecuencia de tanto desarrollo, de tanto progreso.