Urbanidad mínima en la era de la comunicación

Vivimos la misma estupidez, una y otra vez. Nunca falta una persona cuyo teléfono celular suena en medio de un concierto de la sinfónica. En esos casos, el o la portadora recibe ipso facto su castigo: la mirada de “seca-papayo” (como diría mi abuelita) de asistentes enardecidos, el “¡shh!” de otros más. En ocasiones, el director detiene la orquesta y espera a que el ruido cese. Segundos interminables. Esas ya son vergüenzas mayores. Y quizá no sea suficiente. Sigue sucediendo una y otra vez. Yo votaría por una requisa de los aparatejos esos antes de entrar a una sala de conciertos.

Pero, ¿qué hacer en otras situaciones? Seguramente les ha sucedido que en medio de una conversación el o la interlocutora recibe una llamada y, sin pedir disculpas, contesta y se enfrasca una conversación que uno se ve forzado a (medio) escuchar. En otros casos, la persona simplemente se da la media vuelta y se aleja, haciendo elegantes ademanes con las manos en el aire, para atender asuntos urgentes que no pueden esperar.

Este tipo de situaciones me ha convertido en un interesado observador de las conductas humanas (es un decir) alrededor del celular. Quizá uno de los casos más desagradables sea aquel en el que la persona, hombre o mujer, adopta esa actitud de mírenme-y-escuchen-que-tan-importante-soy. A pesar de que tienen el celular a escasos dos milímetros de la boca, levantan la voz para asegurarse de que todo ser viviente a cincuenta metros a la redonda escuche y se percate de su voz de mando: “Sí, ahora salgo a Nueva York a cerrar ese jugoso contrato”… o cualquier otra sandez por el estilo, aunque del otro lado no haya nadie, o se trate del perro de la casa.

Pero hay situaciones peores. Usted va a desayunar o comer con alguien, mujer u hombre, y lo primero que hace su acompañante es poner su celular sobre la mesa. ¿Qué clase de mensaje nos está enviando? Creo que no hay mucho que especular. El mensaje es muy claro “Mira, mis llamadas son más importantes que tú; no puedo hacer esperar a las otras personas; hay jerarquías… o sea”.

Es increíble, pero una vez que se popularizaron los celulares, las personas creen que es más urgente atender lo que no está frente a ellas. Hay algunas, muy pocas por desgracia, que tienen la sensatez de apagar su celular cuando entran a una sala de conciertos, cuando van a comer con alguien, cuando tienen una cita, cuando dan clases, cuando hacen algo con alguien por quien sienten respeto.

Soundtracks de la infancia

Al igual que el aroma de una galleta dispara recuerdos lejanos, una pieza de música nos puede hacer recordar todo un periodo de nuestra infancia. A principios de los años sesenta, me aficioné a una serie de televisión llamada “Peter Gunn” (ahora sé que en Estados Unidos fue transmitida de 1958 a 1961). Su creador fue Blake Edwards, quien posteriormente ganara fama con la serie de películas de la Pantera Rosa (con el genial Peter Sellers). Peter Gunn, protagonizado por Craig Stevens, era un investigador privado en la clásica tradición del film noir. Sin embargo, a diferencia de los demás detectives, Gunn era sofisticado y elegante, además de tener un especial gusto por el cool jazz. Los episodios no sólo eran muy emocionantes, sino que estaban envueltos en un ambiente musical extraordinario.

En la serie, Peter Gunn era un asiduo cliente del club de jazz “La casa de mamá”, y su novia, Edie Hart (Lola Albright), era una cantante que trabajaba regularmente en ese lugar. Famosos jazzistas (de la vida real) hacían apariciones ocasionales en ese club de set televisivo, como es el caso de Shorty Rogers, en uno de los primeros episodios. El compositor de toda esta extraordinaria música era Henry Mancini (1924-1994). Recuerdo haber comprado el disco de vinil en aquellos años, en una discotea local. Podía entonces disfrutar de esta magnífica colección de cool jazz, con títulos tan evocadores como “Sorta Blue”, “Dreamsville”, o “Brief and Breezy”.

La portada original del disco

Con el tiempo, y con los cambios tecnológicos, ese long play “se perdió” junto con otras cosas cuyo destino ignoro: libros, juguetes, etc. Hace unos meses me enteré en Amazon que había una nueva edición de toda la música que compuso Mancini para esa serie en dos discos compactos. Una colección de las 23 piezas originales, cada una tocada en dos versiones distintas, y grabadas entre 1958 y 1959. Ahora que las he escuchado ahora en casa, es extraordinario ver cómo recuerdo con precisión cada riff de los metales, cada fill de la bateria. El sonido de big band es impresionante, lleno de diversas texturas creadas por el vibráfono, el piano, el bajo y los metales. Y con todo esto vienen muchos recuerdos de cuando tenia diez años de edad.

La portada del nuevo album doble