La necesidad de un nuevo comienzo

En los últimos 300 años, el daño ecológico, el hambre, la pobreza, la injusticia y la violencia se han expandido geométricamente por todo el mundo. La fragmentada inteligencia humana ha producido problemas y daños que no puede solucionar ni reparar. Nuestros sentidos de proporción y de propósito han corrido muy atrás de nuestras habilidades técnicas y científicas. Lo que ostentosamente denominamos “sociedad del conocimiento” está al borde del colapso, precisamente por la estrechez de su concepto de conocimiento. Las instituciones y organizaciones de hoy son obsoletas e inútiles ante la complejidad de los problemas.

Gaia 09, AGT

Si vamos a construir otro mundo, uno que sea ecológicamente sustentable y que nos sostenga espiritualmente, debemos trascender la visión de la era industrial. Hoy podemos decir, con abundancia de pruebas, que el proyecto de la modernidad ha fracasado. Reconocerlo constituiría el primer paso hacia un futuro más esperanzador. El problema es que todas nuestras vidas están montadas sobre las ideas, conceptos y mitos creados en la modernidad. He ahí la razón para hacer emerger una educación distinta, que pueda aportar las semillas de posibilidad para continuar la aventura humana.

Pero, ¿Cómo reconstruir la habitabilidad del planeta? ¿Cómo detener una civilización arrogante y centrada en sí misma? ¿Cómo parar una economía depredadora? ¿Cómo comenzar a ver las diferentes culturas como parte de una misma comunidad terrena? ¿Cómo re-imaginar y rehacer la presencia humana sobre la Tierra en formas que funcionen en el largo plazo, en un horizonte de miles o de millones de años? Estas preguntas se encuentran en el corazón de lo que Thomas Berry (1999) llamó “el Gran Trabajo”. Ese gran trabajo no es otra cosa que el esfuerzo para armonizar la aventura humana con el resto de la comunidad del planeta Tierra.

Gaia 21, AGT

Necesitamos conservar lo mejor de la civilización humana con una perspectiva mucho más amplia de nuestro lugar en el cosmos. Esa filosofía será la que nos conecte con la vida, con nosotros mismos, y con las generaciones por venir. Los fundamentos de una sabiduría capaz de articular la cultura con la naturaleza se encuentran en los 4,600 millones de años de evolución terrestre. Esta historia nos provee el registro de pautas y estrategias de vida en toda su variedad desplegada en una eflorescencia de creatividad biológica (Orr, 2004b).

La gran presunción fallida del mundo moderno ha sido la creencia de que los humanos estamos exentos de las leyes que gobiernan el resto de la creación, y que la naturaleza es una materia que debe ser subordinada y amoldada a nuestros deseos. Por el contrario, debemos reeducar las intenciones humanas con un conocimiento de nuestro planeta, de nuestra casa, para lograr una armonía que no cause daño ni a los humanos ni a las demás especies ni a su hábitat. Se trata de rehacer nuestra presencia en el mundo de manera que se honre la vida y se proteja la dignidad humana.

Gaia 14, AGT

Es necesario un nuevo comienzo. No tenemos mucho tiempo, como nos lo hacen saber científicos comprometidos con la unidad planetaria, como James Lovelock (2009) en su último libro, La evanescente cara de Gaia. Una advertencia final. En este sentido, quizá el descubrimiento más importante de las últimas décadas es que los humanos somos parte de un experimento muy frágil, vulnerable a eventos fortuitos, al mal juicio, a la miopía, a la avaricia y al rencor. Aunque estamos divididos por naciones, etnias, religiones, lenguaje, cultura y política, somos co-participantes de una empresa que se extiende hacia el pasado mucho más allá de nuestra memoria, pero hacia el futuro no más allá de nuestra habilidad para reconocer que somos simples miembros y ciudadanos de una gran comunidad (Orr, 2005).

Referencias

Berry, Thomas. (1999). The Great Work. Nueva York: Bell Tower.

Lovelock, James. (2009). The vanishing face of Gaia. A final warning. Nueva York: Basic Books.

Orr, David W. (2004). The Nature of Design. Ecology, culture and human intention. Nueva York: Oxford University Press.

Orr, David W. (2005). “Foreword”. En Michael  K. Stone y Zenobia Barlow (ed.) Ecological Literacy. Educating our children for a sustainable world. San Francisco: Sierra Club Books. Pp. ix-xi.

Regresar a casa XI (a very long journey)

Un metro = un millón de años

Guiados por Stephan Harding, el martes salimos a caminar por el sur de Devon. Subir y bajar por un sinuoso camino que, en una sucesión de paisajes de extraordinaria belleza, nos llevó a la ciudad puerto de Dartmouth. El propósito no era estirar las piernas, hacer un poco de ejercicio, distraernos de la intensa actividad en el Schumacher College.

En camino

La propuesta era emprender una caminata de 4,600 metros. ¿Por qué tal distancia?  La intención era darnos la oportunidad de sentir y experimentar la larga transformación de nuestro planeta. El reto era cómo hacer que un calendario geológico, que rebasa por mucho la escala humana, tuviera sentido. El desafío de esta experiencia consistía en crear un vínculo físico, emocional y mental con la evolución terrestre.

Un campo de flores

Cada metro caminado equivalía a un millón de años del proceso evolutivo de la Tierra. Cada paso representaba 500 mil años. En total 4,600 millones de años, desde que nuestro planeta era una esfera incandescente de metal fundido y gases, pasando por la aparición de la vida y su arborescente proliferación cámbrica, hasta el presente: un organismo inteligente al borde de la sexta extinción masiva de especies, al borde de la destrucción.

El mar

En ciertos puntos del recorrido, Stephan nos detenía para decirnos dónde estábamos parados, en qué momento de la evolución terrestre nos encontrábamos. Ésto nos ponía en perspectiva el largo, lento y complejo proceso creativo de Gaia, es decir la Tierra vista como un organismo inteligente. Así, nos deteníamos durante la aparición de los océanos, hace 4,200 millones de años… cuando apareció la vida en forma de células bacterianas, hace  3,900 millones de años…

Vista desde el periodo Cámbrico

Caminar sobre el tiempo geológico es revelador. El pensamiento racional cede a otras formas de conocimiento que nos permiten enriquecer nuestra experiencia (o mejor dicho, que la hacen emerger). Se comprometen nuestros sentidos de manera orgánica y se amplía nuestra percepción de la realidad. La descubrimos interconectada, diversa y única. Tal sensación nos abre a un sentido de reverencia por lo viviente y por lo no viviente.

Caminamos durante tres horas. No podía falta el agudo sentido de humor de Stephan. Llegamos a la explosión cámbrica (la aparición y proliferación de organismos macroscópicos multicelulares), hace 530 millones de años. Para festejar semejante orgía de la vida, nos refrescamos en una heladería, ya en la bahía de Dartmouth.

Finalmente, meditamos sobre esos 30 centímetros finales del camino, cuando apareció el Homo sapiens. Guardamos un momento de silencio, de agradecimiento al planeta. Pensé en la monumental arrogancia de la especie humana de creerse la cúspide de la evolución. En su afán de dominar la naturaleza para su propio beneficio. En su infinita ignorancia en una era que no ha tenido el menor sonrojo de llamarse “sociedad del conocimiento”.

Los últimos 30 centímetros

Aún así, Gaia no nos ha abandonado. Quizá está esperando a que, al fin, surja en nosotros los humanos, los recién llegados, una chispa de inteligencia.

Regresar a casa VII (peregrinaje a Dartmoor)

Stephan, antes de emprender la larga caminata

Escribo esta entrada al ritmo de Jean-Jacques Milteau y Terry Callier (Paris Blues). La música que llena mis audífonos proviene de la estación Radio Swiss Jazz, en Internet. Son casi las 12 de la noche. Creo que la mayoría de los moradores del Schumacher College debe estar descansando. Ha sido un día muy intenso. Stephan Harding y Sean Kelly son profesores extraordinarios, y lo que ha sucedido hoy hace difícil meterse a la cama. Hay demasiadas ideas, conexiones e intuiciones en el aire como para ir a dormir. Stephan, durante la mañana, nos condujo por las complejidades de la teoría Gaia. Con guitarra en mano, nos puso en la frecuencia adecuada, por medio de unos acordes que yo percibí abiertos y envolventes (después tocó algo del preludio de la suite para cello No. 1, de Bach).

En el corazón de Dartmoor

Nos acercó no sólo a los aspectos teóricos, científicos, al modelo Daisyworld de Lovelock, a los ciclos, feedbacks y cualidades emergentes de nuestro planeta. También nos abrió las puertas de la percepción (para utilizar una conocida frase de William Blake) para sentir y experimentar Gaia.

Sean, después de su viaje al Sol.

Durante la tarde, hicimos un viaje a Dartmoor, una región situada en el centro de Devon: un Parque Nacional que comprende 953 kilómetros cuadrados, en una extensa meseta de granito que data del periodo Carbonífero, con una edad de 170 millones de años. Allí, Stephan nos propuso diversos ejercicios, para sentir la Tierra (su atracción, su curvatura, su inmensidad, y también su cuidado hacia nosotros), para percibir las piedras, las plantas, no como objetos sino como sujetos activos. Finalizamos con un viaje al sol (a estas alturas comienzo a dudar que haya sido con la imaginación).

El público, listo para la “open night”

De regreso al Schumacher College, y después de cenar, acudimos a lo que aquí llaman una “open night”. Es decir, una noche en la que también vienen personas de la localidad de Totnes a escuchar y participar en alguna actividad del curso. Sean Kelly nos ofreció una extraordinaria plática sobre la era planetaria, concepto que él ha elaborado a partir de las ideas de Edgar Morin (quien, por cierto, fue su mentor en París y a quien le ha traducido al inglés algunos libros, entre ellos Tierra Patria). Las palabras y frases las acompañó con lentos movimientos de brazos y manos, lo que revela su pasión por el tai chi y otras disciplinas orientales. Una experiencia completa, estética y emotiva.

Al final, unos bocadillos. Un poco de música. Armamos un trío. Philippe (Francia) improvisa con la guitarra, Alessandra (Brasil) canta y acompaña con una segunda guitarra, y yo los sigo con el piano. No estuvo mal. El viernes en la noche, ya quedamos, hacemos nuestro numerito.

A descansar.