Regresar a casa II

Aeropuerto de la Ciudad de México

Conozco la angustia que uno puede experimentar durante las conexiones entre vuelos de avión, sobre todo cuando la distancia entre la llegada y la salida es muy estrecha. Todo depende de una extraña e improbable coreografía sujeta a muchos azares y situaciones inesperadas (evito concientemente la palabra “accidentes”). Recuerdo que, hace años, tuve que correr, con maletas en mano, varios kilómetros por un laberinto horrendo y sin fin en un aeropuerto de Estados Unidos para no perder mi vuelo a México.

Por esa razón, le pedí a la agencia de viajes que, por favor, no me pusiera en vuelos de conexión demasiado juntos, que hubiera cierta holgura para asegurar que no perdiera ningún vuelo. Y así lo hicieron. Salí de Veracruz a las 3:05 de la tarde. Y aquí estoy, en el aeropuerto de la Ciudad de México, a las 4 de la tarde, caminando parsimoniosamente por los pasillos… haciendo tiempo hasta que salga mi vuelo a Londres… ¡a las 9:35 de la noche! Me da tiempo de ver con cierto desprecio y diversión (como lo haría Mr. Bean) a toda la gente que corre por los pasillos, tratando de encontrar su compañía aérea.

Tengo que comprar libras esterlinas. Me doy el lujo de recorrer pasillos y comparar los precios entre las casas de cambio. Voy y vengo. Es increíble que en un tramo de tan solo unos cuantos metros esa moneda pueda variar de 19.85 a 22 pesos. Descubro que incluso entre casas que están una pegada a la otra el precio varíe en más de un peso con 50 centavos. ¿Alguien puede explicar qué lógica de la Economía aplica aquí? Pregunto en una ventanilla de información sobre las casas de cambio de adentro, más allá del puesto de control de salida. Me dicen que ni lo piense. Que adentro es un robo, que mejor compre las libras en los pasillos de aquí afuera.

Acato la sugerencia. Me dirijo al baño a sacar el dinero de mi bolsa secreta que traigo alrededor de la cintura, debajo de la camisa. Es un movimiento que no puedo hacer en público (so pena de que la policía me detenga por intento de exposición indecente, o bien que alguien del otro lado de la justicia –es un decir- se lleve mi dinero). Terminada la operación bursátil cuento con más de cuatro horas para que salga mi avión. Es hora de comer. Tengo tiempo suficiente para seguir leyendo Coming home, de Sean Kelly.

Regresar a casa I (preparándome para la aventura)

Xalapa, Veracruz, México: domingo 13 de junio de 2010

Hoy comienzo en este blog una serie de entradas que he denominado Regresar a casa. Durante dos semanas, a partir del lunes 21 de junio, estaré en el corazón de la campiña inglesa, en Devon, participando en el curso Gaia and the evolution of consciousness (Gaia y la evolución de la conciencia). En esos 15 días tendré la oportunidad de explorar más a fondo la teoría Gaia, propuesta por el científico e inventor inglés James Lovelock (con la valiosa ayuda de Lynn Margulis, una de las biólogas más brillantes de la actualidad). Dicha teoría propone que nuestro planeta constituye un organismo complejo con capacidades de autorregulación. A lo largo de miles de millones de años de evolución terrestre, los organismos vivientes pertenecientes a todas las especies (de los cinco reinos: vegetales, protoctistas, animales, bacterias y hongos) han hecho posible la emergencia de esa capacidad.

Tengo muchas expectativas de mi corta estancia en el Schumacher College (en honor a Fritz Schumacher, autor de ese maravilloso libro lleno de filosofía budista Lo pequeño es hermoso. El estudio de la economía como si la gente importara). Estoy seguro de que me proporcionará un ambiente envidiable: contacto permanente con la naturaleza; un relativo aislamiento de la “civilización”, lo que me permitirá tomar contacto conmigo mismo; y una intensa interacción con una comunidad realmente interesada en incrementar la habitabilidad de nuestro planeta y construir otra noción de desarrollo.

Pero, ¿por qué llamar esta serie de entradas “Regresar a casa”? Esto tiene relación con la idea de Edgar Morin (y otros pensadores) de que los humanos debemos reconocer que tenemos una sola casa, un lugar de origen y destino: nuestro planeta, o Tierra-Patria, como Morin le llama. Dependemos de su integridad y, al mismo tiempo, la integridad del planeta depende de nosotros. Las innumerables culturas que habitamos la Tierra, a lo largo de milenios, hemos olvidado nuestro origen común, que se remonta a unos tres millones de años. También hemos olvidado que hace 200 mil años salimos de África (la gran diáspora humana) para habitar toda la Tierra. Nos separamos y nos fuimos distinguiendo unas de otras. Y hoy no nos reconocemos. Nos combatimos y nos vemos como extrañas. Por ello, es necesario regresar a casa. Reconocer que formamos una unidad, por más diversa que se haya constituido.

Bueno, todavía faltan seis días para emprender el viaje a Devon. También tendré tiempo de pasar unos días en Londres. Quiero conocer la Galería Tate Modern, construida en lo que hace uno años era una planta de electricidad, a la orilla del río Támesis. Perderme en el Soho, lleno de jazz, vida nocturna y, por supuesto, con una enorme variedad de comida. Claro, subirme al London Eye, esa enorme rueda de la fortuna que se eleva por arriba de los 135 metros. La Torre de Londres, Covent Garden, los Jardínes Kew, Hyde Park… Abby Road (para recordar viejos tiempos de beatlemanía)… tantas cosas en tan poco tiempo.

Por ahora tengo que comenzar a empacar. Esa difícil tarea de decidir qué llevar y qué dejar. No olvido que los enchufes eléctricos son diferentes a los de aquí y que tengo que cargar mi juego de adaptadores – asunto importante si quiero utilizar mi laptop y recargar la batería de mi cámara fotográfica. No debo olvidar los dos o tres papeles necesarios para convencer al oficial de la aduana británica de que no soy una amenaza para la seguridad nacional, y para hacerle ver que voy a mi curso sobre Gaia y que… ¡quiero regresar a casa!

Una amistad tardía

Alfredo Gutiérrez falleció en agosto de 2008. Él sabía, desde tiempo atrás, que sobrevendría ese desenlace. Su espíritu y su buen sentido del humor siempre prevalecieron ante lo inminente. En una ocasión lo invité a dar un seminario a la Universidad Veracruzana y su respuesta fue: “Mira mano, en estos momentos mis médicos se están peleando por mí. Si salgo de ésta, con gusto nos vemos pronto por allá”.

Conocí a Alfredo en 2001. Lo primero que me llamó la atención fue la manera de exponer sus ideas y experiencias educativas: clara, informal, conversacional y llena de un gran sentido del humor. Era evidente que su espíritu había abrevado en los textos de Edgar Morin, quien llegó a ser uno de sus mejores amigos. Pero Alfredo había desarrollado un pensamiento autónomo al paso de su ejercicio docente. Lo segundo que me impacto fue su humildad, una humildad genuina. A ella llegó por la vía de la sabiduría, ese estado que viene con la experiencia, con una vida plena de reflexión, autocrítica y amor por lo que se hace. Esta condición de Alfredo contrasta mucho con el medio académico actual, en el que todo mundo saca sus credenciales a la menor provocación, en el que todo mundo se siente experto. Él no. Más bien tendía a señalar, reiteradamente, que no tenía mucho que decir, que no tenía mucho que enseñar. Y, sin querer, acababa diciendo mucho y enseñando mucho.

Alfredo Gutiérrez

Conversar con él siempre fue un aprendizaje, así fuera durante la comida mientras disfrutábamos una cervezas. Alfredo encarnó la educación que tan desesperadamente necesitamos hoy. Es el profesor que a todos nos gustaría haber tenido. Ahí están sus libros de donde podemos seguir abrevando y descubriendo sus lecciones de vida. Pero hay uno muy especial, por medio del cual podemos conocerlo aún mejor. No fue escrito por él, sino por algunos de sus ex-alumnos: Pensar y enseñar desde la complejidad. El oficio y el estilo del maestro Alfredo Gutiérrez Gómez. En su mensaje a los lectores, Edgar Morin escribe: “Es maravilloso que existan sobre la tierra personas de la calidad humana de Alfredo. Eso me da optimismo y esperanza”. En uno de sus capítulos, una de sus ex-alumnas se refiere al ambiente que creaba Alfredo durante sus clases en la Universidad Iberoamericana:

No sé exactamente cómo lo lograba, pero construía un espacio en donde afloraban las preguntas, nuestras preguntas. Nosotros queríamos interrogarnos, pero no sabíamos cómo. Él lo posibilitaba. Sabía que no responder apresuradamente era fundamental: la pausa y el silencio en el diálogo eran centrales; y las preguntas eran nuestras, así también sus respuestas. No se trataba de un consejero, el cual ágilmente nos diera la respuesta acertada; tampoco de un terapeuta o psicoanalista, que pretendiera ir deshilando y analizando nuestro discurso. Es el profesor quien ha decidido acompañarnos y hacerse nuestro amigo. (McKelligan, 2005: 160 y 161).

Creo que en eso consiste la educación. En saber acompañar. En saber suscitar preguntas y  en provocar la búsqueda de respuestas. Es dar la palabra, al tiempo que se enseña a escuchar. Es hacer posible el silencio en medio del ruido. Es resistir a la superficialidad y la burocracia del aparato educativo. Es hacer salir la flor a través de una fisura en el concreto. Es la tarea improbable que a fuerza de amor se puede hacer cotidiana. Por todo esto, hoy, recuerdo a Alfredo, al profesor, al amigo.

Referencia

McKelligan, María Teresa. (2005). “Aprovechándonos de Alfredo”. En César Delgado Ballesteros (editor) Pensar y enseñar desde la complejidad. El oficio y el estilo del maestro Alfredo Gutiérrez Gómez. México: Universidad Iberoamericana. Pp. 157-162.

Una nueva educación… y los nueve dragones

En China, los dragones están asociados a la idea del poder creativo. En 1244, el artista de la Dinastía Song, Cheng Rong, realizó una serie de dibujos que se conocen como el Rollo de los Nueve Dragones. En él se pueden apreciar estos míticos seres emergiendo de elementos sujetos a grandes turbulencias. Así, lo nuevo, lo improbable, emerge del vórtice mismo del caos. No puede haber una mejor representación de la actual situación: en medio de una crisis multidimensional (ambiental, espiritual, cultural, social), tenemos la oportunidad de cambiar el curso de la Humanidad.

Detalle del Rollo de los Nueve Dragones, de Cheng Rong

En los renglones que siguen, he invocado a nueve dragones para que nos asistan en la búsqueda de una nueva educación. Una educación que esté a la altura no sólo de los actuales momentos turbulentos, sino también de una renovada noción de Humanidad y de ser humano que nos permitan proseguir coevolucionando en este planeta.

El Dragón del vacío. Para aprender con una mirada fresca, con otra actitud hacia la vida y para poder comprender otra realidad, es necesario crear un vacío. Un vacío no sólo intelectual y racional, sino también emocional, sensual y espiritual. Estamos tan llenos de cosas, no sólo inútiles sino también nocivas, que hemos recogido a través de una escolarización cerrada, lineal y fragmentadora. Hoy, es necesario deshacerse de ellas, pues son una pesada carga para emprender una transformación que verdaderamente valga la pena. Debemos soltar amarras de nuestras “verdades” y nociones que siempre hemos dado por hechas, incluso de aquellas que nos vienen por medio del “sentido común”. Es tiempo de reaprender tantas cosas: desde cómo miramos, escuchamos y percibimos, hasta cómo nos relacionamos con los demás. La comprensión de una realidad compleja y entrelazada significa dejar a un lado el pesado bagaje de las disciplinas, las especializaciones y las certezas. No es tarea fácil, pues nuestros hábitos están anclados en nociones que hemos cultivado desde hace mucho tiempo. La nueva educación debe proporcionar las condiciones de un desaprendizaje virtuoso… para volver a aprender.

El Dragón de la soledad. Necesitamos aprender a estar solos. Debemos proporcionarnos los medios, el tiempo y el espacio para hacerlo. Necesitamos dialogar internamente. Dejar el ruido ensordecedor de la vida moderna, pues es sólo eso: ruido. Ya no prestamos atención a nosotros mismos. Estamos tan conectados a la televisión, a las noticias, a Internet. Los pocos espacios que creíamos tener para nosotros van siendo invadidos por el teléfono celular. Estamos disponibles para todos a todas horas. No nos desconectamos jamás y podemos dedicar los fines de semana al trabajo que no pudimos terminar. Pero, es necesario tomar distancia del mundo, de todo lo que nos rodea, aunque sigamos inmersos en el mundo y en las cosas. Tenemos que aprender a mirar el mundo críticamente y vernos a nosotros en ese mundo. ¿Hemos tenido realmente la oportunidad de reflexionar alguna vez? Es poco probable. Apenas pensamos. ¿Pensamos? Creemos que tomamos decisiones cuando lo único que hacemos es escoger entre un menú que nos es asignado externamente. No nos conocemos. Hacerlo es la puerta de entrada para conocer a los demás. La soledad, el aislamiento, que nos procuremos es parte de una nueva concepción de calidad de vida.

El Dragón de la lentitud. No sólo vivimos en multitudes. También vivimos a toda velocidad. Nuestras vidas están cronometradas y todo está en función del número de actividades y tareas que somos capaces de realizar en un día, en una hora, en un minuto. Cada vez tenemos menos tiempo y más cosas que hacer. Resolver este problema es nuestra obsesión y a eso le llamamos productividad, eficiencia, profesionalismo, responsabilidad. El tiempo industrial y productivo ha sustituido los otros tiempos, los otros ritmos: los de la naturaleza, los de la meditación, los de la respiración, los del atardecer, los de la conversación. Nos da vergüenza admitir que no estamos haciendo nada productivo. Ya no tenemos tiempo para disfrutar de una buena comida en compañía de los amigos y de una amena conversación. Hoy todo es chat y fast food. Sin tiempo, no tenemos más remedio que consumir lo que ya viene predigerido. No hay tiempo, pues hay que cumplir con los horarios, los programas y los compromisos.

El Dragón de la visión cósmica. Conocer lo humano es situarlo en el universo y a la vez separarlo de él. Un ¿quiénes somos? es inseparable de un ¿dónde estamos?, ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos? Interrogar nuestra condición humana significa reconocer lo no humano, lo que trasciende la humanidad y nuestra historia. Hay algo que ya estaba antes de que existiéramos y habrá algo después de que hayamos partido. La cosmología nos debe ser tan familiar como las ciencias de la Tierra, la ecología y la biología. Debemos superar la idea de un universo ordenado, perfecto y hecho a la medida de nuestros miedos y necesidades. En cambio, debemos cambiarlo por un universo que nace de la explosión y que evoluciona en medio del orden, del desorden, de la organización, del cataclismo termonuclear. Antes que terrestres, somos seres cósmicos. Estamos atados a las grandes leyes de la Naturaleza. Nuestra aventura se desarrolla en un planeta minúsculo que gira alrededor de un sol errante en la periferia de una galaxia de suburbio. Las partículas constituyentes de nuestro cuerpo aparecieron desde los primeros segundos de nuestro cosmos, hace 15 mil millones de años. Somos seres de carbono. No se trata de reconocer nuestra pequeñez en una escala cósmica, sino de ver nuestra condición humana como parte del desarrollo prodigioso de un universo que se autoorganiza. Todavía es tiempo de reconocer y, sobre todo, apreciar esta improbabilidad que conocemos como Humanidad.

El Dragón de la nueva casa. El espíritu integrador de la ecología es parte de una nueva visión del mundo. La relacionalidad de las cosas no se percibe desde las ciencias, las artes o las humanidades. Ellas la corroboran. Esta percepción emerge del espíritu, de un espíritu que se sabe parte de todo lo que le rodea. Es cuando comprendemos que tenemos una sola casa: monoikos, en griego. Lo que hago de ella y en ella me afecta. Lo que hago con mi cuerpo, mi mente o mi espíritu le perturba. Ecología y economía comparten la misma raíz: oikos = casa. Ambas deben dedicarse al cuidado de la casa: la primera a descubrir sus relaciones; la segunda a administrarla. La nueva economía tendrá que ser no sólo ciencia, sino primordialmente un arte: el arte de cooperar con la Naturaleza para mantener en equilibrio dinámico a nuestra Tierra-Patria. No le son ajenas las leyes de la termodinámica o de la física cuántica. Tampoco los principios de la autopoiesis o de la autoorganización. Pero no menos la ética del cuidado o las fuerzas del amor. La nueva educación debe enseñar que tenemos una carta de identidad terrena y que antes de buscar el paraíso en el más allá hay que conquistarlo en el más acá.

El Dragón de la incertidumbre. El orden es bueno. Siempre es conveniente que los calcetines los encontremos en el lugar que les hemos asignado. También es ventajoso que nuestras casas no cambien de lugar cada día de la semana. El hombre tiene necesidad de regularidad y de certidumbre. Por miles de años hemos creado instituciones para ese fin: para encontrar orden, para alejarnos de lo fortuito y del azar. Hasta parece razonable el dicho de que más vale malo conocido que bueno por conocer. Ahí están siempre el sentido común o la “sabiduría popular” para confortarnos. La gente, en gran medida, tiene la necesidad de sentirse física, psicológica, intelectual, emocional y socialmente segura. La espontaneidad y la novedad son bienvenidas, siempre y cuando se den dentro de un marco general de orden. El sistema se cuida a sí mismo. Las desviaciones deben ser corregidas. La creatividad y la genialidad, por tanto, son casos desviantes, anormales, fuera de la regla. Pero se permiten, siempre y cuando sean marginales. Esta es la verdad que las organizaciones y las instituciones cuidan celosamente. Por eso, el desorden, el caos, son desterrados. Por tanto, la nueva educación debe permitirlos. Debe abrir la puerta de las posibilidades insospechadas. No hay una idea más subversiva que esta. Es hora de desprogramar y desestructurar la educación. Hay que abrir la ventana para que entre la complejidad. Es necesario educar para la incertidumbre y el caos creativo.

El Dragón del espíritu del valle. Debemos, mujeres y hombres, adoptar el espíritu del valle: recoger todas las aguas de los ríos y las montañas. No hay conocimiento que nos deba ser ajeno. Abrevar de las ciencias, la filosofía, la historia, las artes y las humanidades. No se trata del saber enciclopédico, sino de poner en relación y en constelación los saberes que nos ayudan a descubrir la unidad en la diversidad, a descubrir nuestra propia  naturaleza. No podemos seguir fragmentando al hombre y al mundo en miles de conocimientos dispersos en especialidades y disciplinas. La educación debe ser así: un valle donde concurren pequeños arroyos, riachuelos, corrientes subterráneas y enormes ríos. Todos alimentan por igual nuestra mente y mueven los molinos del espíritu. Confluyen, se separan, forman nuevas corrientes, remolinos y turbulencias. Se asientan y serenan. Las aguas en permanente movimiento nos permiten fluir con ellas. Los meandros son las huellas fractales de nuestra experiencia.

El Dragón de la enseñanza. Cualquier dragón lo sabe: la enseñanza es una inclinación natural del hombre. Enseñar es parte constitutiva de nuestra naturaleza humana. Enseñamos como padres o como hijos, como expertos o como aprendices, como profesores o alumnos, como amigos o hermanos. No hay que renunciar a esta inclinación que nos viene de no sé dónde. Pero que está ahí. Que la ejercemos conciente o inconcientemente, pero siempre desinteresadamente. No hay que renunciar a la enseñanza, por más que nos quieran vender la idea de que lo que cuenta hoy es el aprendizaje. Es la trampa para vender una educación anónima, pero interesada. El verdadero aprendizaje tiene como contraparte la enseñanza, a menos que se viva en una isla desierta. La enseñanza es más necesaria que nunca. En medio de un mar de informaciones fragmentadas, de transacciones comerciales y de nuevas formas de entretenimiento, la enseñanza nos puede salvar. La autonomía del aprendizaje no significa aprender de nadie: significa aprender a aprender de todos. Todos podemos enseñar si cultivamos las actitudes y la disposición necesarias. Compartamos nuestras experiencias, incluyendo nuestros errores y nuestras cegueras. Enseñar es aprender. Una nueva educación no ocurrirá por generación espontánea. Surgirá desde la conciencia compartida de que podemos ser mejores como individuos como condición para ser mejores como sociedad y como Humanidad. Renunciar a la enseñanza es renunciar a ser humanos.

El Dragón de la resistencia. Debemos resistirnos a lo que separa, a lo que desintegra, a lo que aleja, sabiendo que la separación, la desintegración, el alejamiento ganarán la partida. La resistencia es lo que acude en ayuda de esas débiles fuerzas, es lo que defiende lo frágil, lo perecedero, lo hermoso, lo auténtico, el alma. Es lo que puede abrir una brecha en el plexiglás de la indiferencia para, de sonrisa en sonrisa, consolar los llantos. Sonreír, reír, bromear, jugar, acariciar, abrazar es también resistir. Sí, con Edgar Morin debemos resistir a la crueldad del mundo, sea la crueldad anónima del mercado y del capital o la crueldad con nombres y apellidos. Debemos resistirnos a la cultura de masas, al consumo irreflexivo, a la ideología de la excelencia, la competitividad y la productividad contable. Resistir desde la educación es crear y multiplicar las posibilidades de que, al fin, algún día, podamos ser completamente humanos.

Desacelerar, recuperar la lentitud

Estoy cada vez más convencido de que es necesario desacelerar. Vivimos en tiempos de gran velocidad. No sabemos a dónde vamos, pero eso no importa. Lo que cuenta es la rapidez. Todo se mueve a ritmo del cronómetro y de la productividad. Hay que hacer más cosas en menos tiempo. Cada vez dormimos menos y comemos más rápido. Carl Honoré (2004) nos dice que el culto a la velocidad nos ha empujado hasta el punto de ruptura. Los japoneses tienen ya una palabra para denominar la muerte debido a exceso de trabajo: karoshi. Es un mal mundial que nos arrastra a todos. El teléfono celular nos recuerda en todo momento y a todas horas que nuestras vidas no son realmente nuestras. Las laptops extienden las horas de trabajo a los fines de semana, las noches, las madrugadas. Bien decía Marshall McLuhan que “el medio es el mensaje” (después dijo que “el medio es el masaje”).

Ya no hay tiempo para contemplar un atardecer (incluso a muchos les puede parecer cursi o una pérdida de tiempo), para conversar, para degustar la comida, para compartir con los amigos o la familia, o simplemente para no hacer nada. Ya no hacemos sobremesa. No hay tiempo para el arte, para aprender a tocar un instrumento o a cocinar, arreglar el jardín,  intentar dibujar y pintar, aprender otro idioma, leer y escribir por puro gusto, sin que nadie nos lo exija. A los jóvenes se les dificulta mucho apreciar una película lenta (como Lo que queda del día o incluso como Odisea del espacio 2001), o una música con un tempo pausado (como la Sinfonía Pastoral de Beethoven), con sutiles riquezas. Hoy todo es acción, ruido, muchos decibeles, informaciones fragmentadas y mensajes obvios. La escuela no esta a salvo: “En el mundo competitivo, la escuela es el campo de batalla donde lo único que importa es ser el primero en la clase” (Honoré, 2004: 205). Hoy las universidades enseñan para ser productivo, competitivo y exitoso, en un mundo globalizado.

Ernesto Sábato nos dice:

En el vértigo no se dan frutos ni se florece. Lo propio del vértigo es el miedo, el hombre adquiere un comportamiento autómata, ya no es responsable, ya no es libre, ni reconoce a los demás. Se me encoge el alma al ver a la humanidad en este vertiginoso tren en marcha en que nos desplazamos, ignorantes atemorizados sin reconocer la bandera de esta lucha, sin haberla elegido.

Al tiempo que nos volvemos más “productivos”, los pocos momentos de ocio los rellenamos de horas frente al televisor, o consumiendo los productos ya predigeridos de la cultura de masas (hoy multimillonario negocio): música, noticias, diversión, libros de superación personal, comida rápida, Internet…

¿Qué tal si un día nos desconetamos del celular, la televisión y la Internet? ¿Qué tal si decidimos comenzar algo nuevo, algo que rompa completamente nuestras rutinas y hábitos? Eso en realidad puede ser algo subversivo. Porque nos podría dar la oportunidad de ver la realidad desde otra perspectiva, descubrir que hay otras prioridades en la vida, de pensar por nosotros mismos, de realizar proyectos que nadie nos exige. Es tiempo de recuperar la lentitud, la pausa, la conversación con los demás, nuestra capacidad de dialogar con nosotros mismos. En fin, comenzar a construir nuestra propia autonomía y vivir nuestras propias vidas. Quizá descubramos que la felicidad está más cerca de lo que pensábamos, y no allá en ese mundo del éxito y la competitividad.

Referencia

Honoré, Carl. (2004). Elogio de la lentitud. Un movimiento mundial desafía el culto a la velocidad. Barcelona: RBA Libros.

En busca de una nueva era geológica

Hace cinco siglos, siguiendo los grandes viajes de descubrimiento (y de conquista), comenzó una nueva etapa histórica que significó un insólito incremento sin paralelo de las comunicaciones y el flujo de habitantes entre todos los rincones del mundo. Al mismo tiempo, gracias a Copérnico y sus seguidores, los intelectuales europeos comenzaron a aceptar la idea de que la Tierra, junto con otros cuerpos celestes, es un planeta (Kelly, 2010). La palabra planeta, por cierto, viene del griego planeté que quiere decir “errante”. Fue entonces cuando comenzó la era planetaria (Morin y Kern, 1993). El intercambio entre continentes fue material (oro, plata), biológico (plantas, animales, virus), tecnológico (instrumentos, armas), pero sobre todo cultural (ideas, religiones, modos de vida). El proceso, obviamente, fue desigual, como corolario inevitable de la dominación colonial por parte de los países europeos.

Esta red de relaciones y comunicación a escala global condujo a una creciente interdependencia económica y cultural. Hoy constituye un tejido humano sumamente complejo que, aunque es mucho más delgado que la atmósfera o el resto de la biosfera, ejerce una enorme influencia sobre el resto del sistema. No obstante, esta capa humana, que podríamos llamar antroposfera, es muy débil y propensa a romperse. Esta debilidad no proviene de los materiales con que está constituida (de hecho son los mismos con los que está hecho el resto del universo), sino de su organización y de los principios que guían esa organización.

La organización humana no sólo constituye hoy una seria amenaza para ella misma, sino para el resto del planeta. A tal punto que está provocando el fin de todo un periodo geológico y el comienzo de otro. Nuestras acciones están dando fin a la era Cenozoica, la cual duró los últimos 65 millones de años (Kelly, 2010). En griego significa “animales nuevos”. Paradójicamente, hoy estamos presenciando la sexta extinción masiva de especies, la cual se ha acelerado durante las últimas décadas. La reducción de la biodiversidad ha llegado a un grado tal que hemos comprometido la viabilidad de todo el sistema biosférico. Nos guste o no, estamos al borde del fin de una civilización dominada por la economía y el complejo tecno-industrial, basada en nuestra obsesión por la posesión.

La cuestión ahora es ¿cómo podríamos llamar la nueva era geológica que estamos a punto de inaugurar? La comunidad científica internacional ha debatido este asunto y ha propuesto que se llame Antropoceno, en reconocimiento de que los humanos constituimos la principal fuerza de cambio del planeta. Thomas Berry, por el contrario, ha sugerido el término Era Ecozoica para describir, esperanzadoramente, una era en la que finalmente el hombre reconozca la importancia de restituir la ecología planetaria. Morin (2008), en este sentido, habla de un “año cero de la era ecológica”.

Desde mi punto de vista, me parece poco afortunado llamar Antropoceno a la nueva era. No sólo reflejaría nuestra arrogancia como especie, y nuestro autismo dentro de una comunidad planetaria, sino que aludiría a la continuación de una tendencia suicida y estúpida. Yo propondría, en cambio, una era que reconociera la unidad sistémica de nuestro planeta, así como la interdependencia entre todo lo vivo y lo no vivo para constituir una inteligencia emergente y superior: la biosfera. En consecuencia, mi apuesta es a una Era Biosférica.

Referencias

Berry, Thomas. (1999). The Great Work. Nueva York: Bell Tower.

Kelly, Sean M. (2010). Coming Home. The birth and transformation of the planetary era. Great Barrington (MA): Lindisfarne Books.

Morin, Edgar. (2008). El año 1 de la era ecológica. Barcelona: Paidós.

Morin, Edgar y Ann Brigitte Kern. (1993) Tierra Patria. Barcelona: Editorial Kairós.

Una presentación de libro

Una de las ventajas de participar en la presentación de un libro es que uno se ve, de alguna manera, en medio de una doble tensión productiva. Por una parte, la oportunidad de leer un texto completamente nuevo, inédito, recién salido del horno. Es como una especie de descubrimiento de un misterio por encargo. Por otra parte, está la limitación de tiempo para leer, anotar, comprender, ensayar alrededor de la lectura, y finalmente tomar una decisión sobre qué hablar en los contados quince minutos disponibles (incluyendo ingeniosos recursos para evitar que el público se duerma o se ponga a chatear con los celulares).

Entrada al diseño. Juventud y universidad, de Luis Porter.

Y es que yo tengo un problema (en realidad no sé si llamarlo problema): entre más me parece interesante un libro, más lenta su lectura. Lo disfruto, lo voy saboreando palabra por palabra, párrafo por párrafo. Se me vienen a la cabeza nuevas ideas y mis neuronas toman extrañas rutas sinápticas. Imagino situaciones improbables. Me conecto con el cosmos, y también con el inframundo. Subrayo, hago anotaciones al margen y, por si fuera poco, me da por elaborar mapas conceptuales (dibujitos, vamos). Y mientras yo vivo mi mundo de diálogo con el texto, la fecha de presentación se viene acercando silenciosa, lenta e inexorablemente.

Los organizadores no se habían comunicado conmigo, hasta hace apenas unos cuantos minutos. Dos meses atrás, sólo me habían dicho que la presentación sería a finales de abril. Y los días pasaban y pasaban, y me hacía la pregunta (con graves implicaciones epistemológicas): ¿a qué se le puede llamar legítimamente “finales de abril”? Este cuestionamiento alcanza altos niveles de urgencia cuando se toma en cuenta que al mes de abril sólo le quedaban unas 36 horas para que concluyera. Pero afortunadamente los propios organizadores me han dado la respuesta precisa: abril puede extenderse hasta el 7 de mayo. Uno aprende algo nuevo todos los días.

En esta ocasión se trata de un libro de Luis Porter: Entrada al Diseño. Juventud y universidad (2009, UAM). Un libro extraordinario, como todos los de Porter. Si bien surge a partir de las vivencias cotidianas del autor con sus estudiantes de diseño en la UAM Xochimilco, el texto trasciende el campo del diseño y la arquitectura. Es un libro que debiera ser leído no sólo por los estudiantes de cualquier carrera, sino también por los profesores y los funcionarios universitarios (ojalá llegara a las manos de la profesora Elba Esther, pero dudo si entendería algo de lo que allí se dice).

Entrada al Diseño habla sobre los estudiantes, no como parte de una borrosa y anónima comunidad llamada universitaria, sino como verdaderos sujetos. Cada uno de ellos con historias, experiencias, saberes y visiones de futuro. Al autor le interesa saber cómo conocerlos, cómo poner en concierto todas esas potencialidades individuales, todos esos mundos que son ocultos o negados por los contenidos, el programa y la productividad académica. La aspiración de Porter es liberar al estudiante de las ataduras que le impiden expresarse con alegría y comodidad en el medio universitario, a contracorriente del orden, la jerarquía y las reglas establecidas.

Porter utiliza la narrativa como método de investigación. Pone en movimiento un conjunto de estrategias para que los estudiantes se expresen, jueguen y, de paso, se conozcan a sí mismos en ese trance de convertirse en universitarios. El autor abreva de muchos autores, entre ellos Edgar Morin, Paulo Freire, John Dewey, Donald Schön y Kieran Egan. Una excelente prosa en la que se articulan el arte, la literatura, la ciencia, la arquitectura, la filosofía y el diseño. 254 páginas sin desperdicio alguno. Así que si no tienen otra cosa más importante que hacer (lo dudo), nos vemos en el auditorio de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Veracruzana (Xalapa). La cita es a las 11 de la mañana del viernes 7 de mayo… finales de abril, pues.