Regresar a casa V (los elefantes invaden al West End)

Perdido entre la multitud del West End, Londres

El West End

Mañana lunes salgo temprano a Totnes. Mientras, tengo la tarde-noche del domingo. Decido ir al West End, esa amplia y rica zona que tiene como eje la avenida Shaftesbury. Ahí están los famosos teatros londinenses. Cientos de restaurantes, bares y clubes. Por supuesto, allí está la estatua de Eros, en el centro de la glorieta de Picadilly Circus.

Elefante-Conejo

Veo que los elefantes han invadido el West End. Todo mundo quiere retratarse con ellos. Los hay de todos los colores y sabores. La mayoría unas verdaderas obras maestras. Me llama mucho la atención ese con la figura de un conejo. ¿Será el exceso de cervezas? Como sé que no me van a creer mis dos lectores, van aquí algunas fotos.

Elefante psicodélico

No me puedo resistir a incluir una curiosa foto. Me di una vuelta a la Trafalgar Square y allí me encontré con esta botella. ¿Cómo habrán metido ese colorido barco de velas allí dentro? (darle click a la foto y usar la herramienta de ampliación para ver el detalle)

El velero dentro de la botella

Ya son cerca de las 11 de la noche. Tengo que ir a dormir temprano. ¿O me voy a dar una vuelta a Soho? (zona de perdición de las almas) Lo dejo a la suerte: de tín marín de do pingüé… perdón: Eenie, meenie, miney, moe…

Regresar a casa IV (Monsi)

Londres, cerca de la estación de Paddington.

Monsiváis con uno de sus gatos

Me acabo de enterar de la muerte de Monsiváis. Elena Poniatowska pregunta “¿Qué vamos a hacer sin ti, Monsi?” Yo pregunto: ¿Qué van a hacer los gatos sin Monsi?

Regresar a casa III (en busca del tiempo perdido)

En alguna parte sobre el Atlántico

Problema: un avión de la British Airways despega de la Ciudad de México a las 21:35 hrs del sábado y aterriza en Londres el día siguiente a las 14:35 hrs (todas horas locales). La diferencia entre usos horarios entre esas ciudades es de 6 horas. Pregunta: ¿cuántas horas pierden los pasajeros en su vuelo? Pistas. El capitán de la nave se llama Robert. La Tierra gira de izquierda a derecha, siempre y cuando se le mire de frente (en caso de duda, vea el comienzo de alguna película de la Universal Pictures). El avión vuela a una velocidad de crucero de 980 km/h. La cena consistió en chicken and beef.

A primera vista, el problema parece no muy complicado. Estoy trabajando en él, mientras miro una noche sin luna por mi ventanilla (desde la 44K). Pero tengo la intuición de que no todos los pasajeros pierden el mismo número de horas. Depende mucho de lo que dejan atrás y de lo que esperan encontrar adelante. Me temo que hay que combinar la teoría de la relatividad de Einstein y algo de mecánica cuántica. Después de algunos cálculos preliminares, preveo que en algunos extraños casos puede ser que no se pierda nada tiempo, sino al contrario, que se gane. Creo que ese es mi caso. Algo me dice que voy a encontrar el tiempo perdido en otros viajes. Hay una sensación de deja vu.

Regresar a casa II

Aeropuerto de la Ciudad de México

Conozco la angustia que uno puede experimentar durante las conexiones entre vuelos de avión, sobre todo cuando la distancia entre la llegada y la salida es muy estrecha. Todo depende de una extraña e improbable coreografía sujeta a muchos azares y situaciones inesperadas (evito concientemente la palabra “accidentes”). Recuerdo que, hace años, tuve que correr, con maletas en mano, varios kilómetros por un laberinto horrendo y sin fin en un aeropuerto de Estados Unidos para no perder mi vuelo a México.

Por esa razón, le pedí a la agencia de viajes que, por favor, no me pusiera en vuelos de conexión demasiado juntos, que hubiera cierta holgura para asegurar que no perdiera ningún vuelo. Y así lo hicieron. Salí de Veracruz a las 3:05 de la tarde. Y aquí estoy, en el aeropuerto de la Ciudad de México, a las 4 de la tarde, caminando parsimoniosamente por los pasillos… haciendo tiempo hasta que salga mi vuelo a Londres… ¡a las 9:35 de la noche! Me da tiempo de ver con cierto desprecio y diversión (como lo haría Mr. Bean) a toda la gente que corre por los pasillos, tratando de encontrar su compañía aérea.

Tengo que comprar libras esterlinas. Me doy el lujo de recorrer pasillos y comparar los precios entre las casas de cambio. Voy y vengo. Es increíble que en un tramo de tan solo unos cuantos metros esa moneda pueda variar de 19.85 a 22 pesos. Descubro que incluso entre casas que están una pegada a la otra el precio varíe en más de un peso con 50 centavos. ¿Alguien puede explicar qué lógica de la Economía aplica aquí? Pregunto en una ventanilla de información sobre las casas de cambio de adentro, más allá del puesto de control de salida. Me dicen que ni lo piense. Que adentro es un robo, que mejor compre las libras en los pasillos de aquí afuera.

Acato la sugerencia. Me dirijo al baño a sacar el dinero de mi bolsa secreta que traigo alrededor de la cintura, debajo de la camisa. Es un movimiento que no puedo hacer en público (so pena de que la policía me detenga por intento de exposición indecente, o bien que alguien del otro lado de la justicia –es un decir- se lleve mi dinero). Terminada la operación bursátil cuento con más de cuatro horas para que salga mi avión. Es hora de comer. Tengo tiempo suficiente para seguir leyendo Coming home, de Sean Kelly.

Regresar a casa I (preparándome para la aventura)

Xalapa, Veracruz, México: domingo 13 de junio de 2010

Hoy comienzo en este blog una serie de entradas que he denominado Regresar a casa. Durante dos semanas, a partir del lunes 21 de junio, estaré en el corazón de la campiña inglesa, en Devon, participando en el curso Gaia and the evolution of consciousness (Gaia y la evolución de la conciencia). En esos 15 días tendré la oportunidad de explorar más a fondo la teoría Gaia, propuesta por el científico e inventor inglés James Lovelock (con la valiosa ayuda de Lynn Margulis, una de las biólogas más brillantes de la actualidad). Dicha teoría propone que nuestro planeta constituye un organismo complejo con capacidades de autorregulación. A lo largo de miles de millones de años de evolución terrestre, los organismos vivientes pertenecientes a todas las especies (de los cinco reinos: vegetales, protoctistas, animales, bacterias y hongos) han hecho posible la emergencia de esa capacidad.

Tengo muchas expectativas de mi corta estancia en el Schumacher College (en honor a Fritz Schumacher, autor de ese maravilloso libro lleno de filosofía budista Lo pequeño es hermoso. El estudio de la economía como si la gente importara). Estoy seguro de que me proporcionará un ambiente envidiable: contacto permanente con la naturaleza; un relativo aislamiento de la “civilización”, lo que me permitirá tomar contacto conmigo mismo; y una intensa interacción con una comunidad realmente interesada en incrementar la habitabilidad de nuestro planeta y construir otra noción de desarrollo.

Pero, ¿por qué llamar esta serie de entradas “Regresar a casa”? Esto tiene relación con la idea de Edgar Morin (y otros pensadores) de que los humanos debemos reconocer que tenemos una sola casa, un lugar de origen y destino: nuestro planeta, o Tierra-Patria, como Morin le llama. Dependemos de su integridad y, al mismo tiempo, la integridad del planeta depende de nosotros. Las innumerables culturas que habitamos la Tierra, a lo largo de milenios, hemos olvidado nuestro origen común, que se remonta a unos tres millones de años. También hemos olvidado que hace 200 mil años salimos de África (la gran diáspora humana) para habitar toda la Tierra. Nos separamos y nos fuimos distinguiendo unas de otras. Y hoy no nos reconocemos. Nos combatimos y nos vemos como extrañas. Por ello, es necesario regresar a casa. Reconocer que formamos una unidad, por más diversa que se haya constituido.

Bueno, todavía faltan seis días para emprender el viaje a Devon. También tendré tiempo de pasar unos días en Londres. Quiero conocer la Galería Tate Modern, construida en lo que hace uno años era una planta de electricidad, a la orilla del río Támesis. Perderme en el Soho, lleno de jazz, vida nocturna y, por supuesto, con una enorme variedad de comida. Claro, subirme al London Eye, esa enorme rueda de la fortuna que se eleva por arriba de los 135 metros. La Torre de Londres, Covent Garden, los Jardínes Kew, Hyde Park… Abby Road (para recordar viejos tiempos de beatlemanía)… tantas cosas en tan poco tiempo.

Por ahora tengo que comenzar a empacar. Esa difícil tarea de decidir qué llevar y qué dejar. No olvido que los enchufes eléctricos son diferentes a los de aquí y que tengo que cargar mi juego de adaptadores – asunto importante si quiero utilizar mi laptop y recargar la batería de mi cámara fotográfica. No debo olvidar los dos o tres papeles necesarios para convencer al oficial de la aduana británica de que no soy una amenaza para la seguridad nacional, y para hacerle ver que voy a mi curso sobre Gaia y que… ¡quiero regresar a casa!